Rocío Vega, empresaria de moda de 24 años, arrastra la culpa de llevar seis años distanciada de su hermana. Cuando esta fallece trágicamente dejando huérfanos a Lucas (5 años) y Mía (3 años), el mundo de Rocío da un vuelco total.
En la notaría se encuentra con Mario Alva, el atractivo y frío CEO de una corporación de cruceros de lujo. Para su sorpresa, el testamento incluye una cláusula ineludible: para mantener la custodia de los niños y evitar que vayan a un orfanato, deben convivir juntos bajo el mismo techo.
El choque entre la empresaria que regala sueños y el magnate de alta mar es inmediato. Pero entre crisis médicas nocturnas e inspectores judiciales, las defensas caen. La paciencia de Mario empezará a sanar los traumas del pasado de Rocío, encendiendo un deseo irrefrenable.
Sin embargo, una sombra acecha: la muerte de sus hermanos no fue un accidente y alguien en la naviera los vigila. ¿Podrán salvar a los niños y descubrir que la cláusula más estricta era la del amor?
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CAPITULO 7. EL ENGRANAJE DEL CAOS Y UN DIBUJO EN BLANCO
POV ROCÍO
El despertador sonó a las seis y media de la mañana, arrancándome de un sueño inquieto y plagado de recuerdos de mi infancia. Me dolía todo el cuerpo por la tensión acumulada, pero no había tiempo para lamentaciones. Tenía que preparar a dos niños para el colegio y, al mismo tiempo, revisar las alertas que no paraban de vibrar en mi teléfono móvil.
Al encender la pantalla, el pánico empresarial me dio la bienvenida: tres proveedores de telas para mi nueva colección de diseño de hogar se habían retrasado con los envíos y la plataforma web de atención al cliente estaba experimentando una caída técnica. Tenía decenas de mensajes de mi diseñadora principal exigiendo una videollamada urgente.
—Respira, Rocío. Puedes con esto —me dije a mí misma frente al espejo del baño antes de lavarme la cara con agua helada.
Cuando bajé a la cocina, me sorprendió encontrar a Mario de pie frente a la cafetera. Llevaba una camisa blanca impecable con las mangas remangadas hasta los codos y el cabello húmedo. Parecía un anuncio de revista de finanzas, excepto por las marcadas ojeras que delataban nuestra noche en vela.
—Buenos días —dijo, ofreciéndome una taza de café humeante sin que yo se la pidiera. Un detalle que agradecí en el alma.
—Buenos días. Gracias —tomé la taza, sintiendo el calor reconfortante entre mis manos—. He estado revisando mi teléfono. Tengo una crisis con la web de las tiendas y un retraso con los proveedores de diseño. Necesito al menos tres horas seguidas de ordenador esta mañana o perderé la campaña del mes.
Mario soltó una risa amarga, dando un sorbo a su propia taza.
—Únete al club. Justo acabo de recibir una llamada del director de operaciones del puerto de Miami. Uno de nuestros cruceros más grandes tiene un problema con el sistema de filtrado de agua y hay tres mil pasajeros esperando para embarcar en doce horas. Tengo una junta de emergencia por videoconferencia a las nueve en punto. No puedo cancelarla por nada del mundo.
Nos miramos en silencio, dándonos cuenta de que el engranaje de nuestras vidas profesionales estaba colisionando de frente con nuestra nueva realidad como tutores.
—Bien, organicémonos —propuse, sacando mi vena empresarial—. El autobús escolar pasa a las ocho. Yo me encargo de hacerles el desayuno y vestirlos. Tú puedes encerrarte en el despacho a las nueve para tu junta de Miami, y yo me conectaré a mi ordenador en cuanto el autobús se los lleve. ¿Te parece?
Mario me evaluó durante un par de segundos, como si estuviera decidiendo si confiar en mí para la logística doméstica. Finalmente, asintió.
—Trato hecho. Pero ten cuidado con Lucas. Hoy tiene que entregar un proyecto de dibujo muy importante para el mural de su clase de preescolar. Víctor me dijo la semana pasada que el niño estaba muy frustrado porque no le salían bien las formas y se enfadaba enseguida. Le cuesta concentrarse con los colores, e imagínate ahora con todo lo que ha pasado.
POV MARIO
A las siete y cuarto, los niños bajaron al comedor. Mía venía arrastrando los pies, todavía pegajosa por el sueño y aferrada a su oso de peluche, pero visiblemente más fresca que la noche anterior. Se sentó junto a mí y aceptó de buen grado que Rocío le pusiera un plato de frutas cortadas y su biberón frente a ella.
Sin embargo, el ambiente se enfrió un poco en cuanto Lucas entró en la habitación. El niño vestía el chándal del colegio, pero llevaba una zapatilla desabrochada y arrastraba su mochila por el suelo. Se sentó en la silla más alejada, ignorando la comida y abriendo con brusquedad un cuaderno de folios blancos. Tenía el ceño fruncido y pintaba un círculo con una cera roja de forma tan violenta que la punta se rompió con un chasquido. Lucas soltó un bufido de frustración y tiró la cera contra la mesa.
Rocío se acercó despacio, con un plato de tostadas. Intentó mirar el papel por encima de su cabecita, pero Lucas tapó el cuaderno rápido con sus dos manitas.
—¡No mires! ¡Está feo! —lloriqueó el niño, enfadándose de inmediato.
—Solo quería ver tu dibujo, Lucas. El tío Mario me ha dicho que hoy tenéis que colgar vuestros trabajos en el mural de la clase —respondió ella con voz suave, manteniéndose agachada para no intimidarlo.
—No me sale la casa —protestó Lucas, cruzando sus bracitos y mirando hacia la ventana con un puchero—. Mamá siempre pintaba las ventanas conmigo y me ayudaba a no salirme de la raya. Yo no sé pintar solo. Me sale un churro. No lo voy a llevar al cole.
El dolor tan puro de sus palabras nos tocó el corazón a los dos. Estaba a punto de levantarme para abrazarlo, pero Rocío me hizo una sutil señal con la mano para que me mantuviera al margen. Dejó el plato a un lado y se sentó en la silla vecina, guardando una distancia respetuosa para que el pequeño no se sintiera acorralado.
—¿Sabes una cosa, Lucas? —dijo Rocío, apoyando los codos en la mesa y sonriéndole—. A mí tampoco me salían las casas cuando tenía cinco años. De verdad. Hacía unos monigotes tan raros que mis profesores pensaban que dibujaba monstruos en lugar de personas.
Lucas la miró de reojo a través de sus pestañas, la curiosidad infantil ganándole terreno por un segundo al berrinche.
—¿Hacías monstruos? —preguntó con su vocecita, desconfiado.
—¡Sí! Unos monstruos feísimos —Rocío estiró la mano despacio y, con mucha suavidad, apartó las manitas de Lucas del cuaderno. El papel mostraba el dibujo a ceras de una casita torcida, con borrones y rayas cruzadas por el enfado—. Tu mamá tenía razón: pintas muy bien. Mira qué tejado tan grande has hecho. El truco no es pintar perfecto, Lucas. El truco es jugar con los colores.
Rocío sacó una cera marrón de la mochila del niño. Con unos movimientos rápidos, circulares y muy suaves, frotó el color en la base de las paredes, usó la yema de su propio dedo para difuminar el trazo por el papel y, en menos de diez segundos, la casita torcida pareció tener un suelo firme y unas sombras mágicas que la hacían parecer de cuento. El dibujo seguía siendo el de Lucas, pero ahora tenía magia.
El niño se quedó con la boca abierta, mirando el folio y luego los dedos manchados de cera de Rocío. Vi cómo sus defensas infantiles bajaban por primera vez, asombrado por el "truco de magia" de la mujer a la que su mente intentaba rechazar.
—Si usas tu dedito para arrastrar el color así en la ficha de clase, a tu maestro le va a encantar —añadió Rocío, devolviéndole la cera con una sonrisa cálida—. Tu mamá te enseñó a pintar precioso, Lucas. Solo tienes que divertirte.
El niño guardó silencio. No pidió perdón por tirar las ceras, ni dio las gracias, pero tomó el cuaderno con mucho cuidado, lo metió en la mochila y le dio un mordisco enorme a la tostada que Rocío le había arrimado. Para un niño de cinco años herido por el luto, aceptar esa comida era el equivalente a una tregua firmada con el corazón.
Miré a Rocío desde mi lado de la mesa y sentí que algo se derretía dentro de mí. Esa mujer no era el monstruo desalmado que yo había imaginado durante seis años. Tenía herramientas, tenía una empatía tremenda y, sobre todo, estaba dispuesta a encajar los berrinches de Lucas con tal de curar un poquito su dolor.
El claxon del autobús escolar sonó desde la calle, rompiendo el momento mágico. Los niños se pusieron de pie a toda prisa.
—¡Adiós, tío Mario! —gritó Mía, dándome un beso rápido en la mejilla antes de salir corriendo hacia la puerta con su osito. Lucas salió detrás de ella, pero justo antes de cruzar el umbral, se detuvo, miró a Rocío durante un segundo, le dedicó un asentimiento de cabeza tímido y desapareció por el pasillo.
La puerta se cerró y el silencio regresó a la casa unifamiliar. Rocío soltó un largo suspiro, dejando caer el peso de sus hombros contra el respaldo de la silla.
—Vaya... —murmuré, acercándome a ella para recoger los platos sucios—. Eso ha sido... increíble. Has estado genial con él.
Rocío me miró, con una sonrisa cansada pero con los ojos brillando por el pequeño logro.
—Gracias, Mario. Solo... intenté recordar cómo me sentía yo a su edad. Ahora, corre a tu junta de Miami antes de que tus tres mil pasajeros quemen el puerto. Yo tengo una web que rescatar.
Nos sonreímos, una sonrisa real y limpia por primera vez desde que nos conocimos en la planta dieciséis. El engranaje del caos seguía girando, pero al menos hoy, habíamos aprendido a movernos al mismo ritmo.