Sinopsis
Un reino a punto de cambiar. Un secreto congelado en el corazón. Y un amor que desafiará a dos coronas.
A punto de ascender al trono de Arendor, la princesa Aria vive aterrorizada por dos grandes cargas: la abrumadora responsabilidad de gobernar a su pueblo tras la muerte de sus padres y un peligroso don milenario de magia de hielo que apenas puede controlar.
Buscando una tregua antes del día de su coronación, Aria se aventura de incógnito por las calles de la ciudad. Pero lo que debía ser una simple escapada la conduce a un rincón olvidado de Arendor y a los ojos de Erik, un misterioso y atractivo joven del norte que parece entender su soledad como nadie. Entre tardes furtivas en un banco de madera, caricias robadas y un beso desesperado en la penumbra, una chispa imprevista amenaza con consumir sus miedos.
Sin embargo, el destino guarda su propia revelación.
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CAPÍTULO 6: El Beso, la Culpa y el Colapso
La tarde previa a la coronación, el ambiente en Arendor era casi irrespirable. La tormenta marítima había pasado, dejando tras de sí un cielo teñido de un tono carmesí sangre que se fundía con sombras violetas sobre el horizonte. Las campanas de la ciudad ensayaban repiques festivos que resonaban como ecos fúnebres en la mente de la princesa.
En el parque, ni Aria ni Erik hablaban. Caminaban despacio sobre la hierba empapada de rocío, manteniendo sus dedos estrechamente entrelazados. La inminencia del día siguiente flotaba entre ambos como una sentencia de muerte implacable.
—Mañana no podré venir —dijo Aria finalmente, rompiendo el espeso silencio. Su voz sonó pequeña, quebrada por el nudo de angustia que le oprimía la garganta—. Las festividades oficiales del castillo comenzarán al amanecer. Habrá ceremonias, banquetes y compromisos diplomáticos que durarán días... Y después de eso, mi vida cambiará de forma irreversible. Ya no seré libre.
Erik se detuvo junto al grueso tronco del roble. Con una lentitud cargada de gravedad, la tomó suavemente por los codos y la obligó a girarse para enfrentarlo. Sus ojos azules, habitualmente serenos y firmes, reflejaban ahora una lucha interna feroz, una mezcla desgarradora de pasión, dolor contenido y desesperación.
—Lo sé —dijo él en un susurro grave—. Mañana los deberes sagrados nos reclamarán a los dos. Y este parque volverá a ser solo un trozo de tierra olvidado.
Las lágrimas que Aria había retenido con tanto esfuerzo durante días finalmente desbordaron sus pestañas, rodando calientes por sus mejillas pálidas.
—No quiero que esto termine —confesó, rompiendo en un llanto desconsolado—. Tengo miedo, Erik. Tengo tanto miedo del mañana... Tengo miedo de volver a estar sola en la oscuridad.
—Aria... —susurró él, con la cara desencajada por la emoción.
Aria no lo dejó terminar. El terror que la carcomía por dentro, el amor desbordante que había florecido en su pecho en medio de la penumbra y el deseo urgente de pertenecerle antes de que el peso de la corona se la arrebatara para siempre, estallaron en una llama incontrolable.
Se impulsó sobre las puntas de sus pies, envolvió sus brazos alrededor del cuello de Erik y atrajo su rostro con desesperación.
Le dio un beso.
El impacto inicial hizo que Erik ahogara un gemido de pura sorpresa, pero tardó menos de un segundo en responder. Rodeó la cintura de la princesa con sus brazos musculosos, levantándola ligeramente del suelo y pegando su cuerpo firmemente contra el suyo. El contacto de sus labios, dulce y tembloroso en el primer instante, se transformó de inmediato en un encuentro voraz, profundo y apasionado.
Erik abrió los labios, explorando la boca de Aria con una intensidad que hizo que a la joven se le aflojaran las rodillas. Aria se aferró con fuerza al cabello oscuro del joven, entreabriendo la boca para recibirlo, sintiendo cómo el calor invasivo del cuerpo de él inundaba cada rincón congelado de su alma. La mano de Erik bajó firmemente por la espalda de la princesa hasta asentarse en la curva de su cadera, presionándola contra la dureza de su cuerpo. Un gemido agudo y ahogado escapó de la garganta de Aria, fundiéndose con el murmullo del viento invernal entre las hojas.
El deseo que ambos habían reprimido durante siete días estalló en una danza salvaje de besos húmedos, respiraciones entrecortadas y caricias urgentes. Erik la besaba con una devoción casi religiosa, recorriendo con sus labios la línea de su mandíbula y el cuello expuesto de la princesa, mientras sus manos moldeaban las curvas de su cuerpo sobre el pesado tejido de la capa.
De pronto, las risas ruidosas y los gritos de un grupo de niños que corrían por la calle exterior hacia el muelle para ver los fuegos artificiales de prueba rompieron la penumbra del parque.
El sonido trajo a Aria de vuelta a la realidad con la violencia de un jarro de agua congelada.
Se separó de golpe del pecho de Erik, dando tres pasos atrás tambaleante. Tenía los labios hinchados, el vestido desordenado por la presión de las manos de él y el rostro ardiendo en un rubor violento de vergüenza y pánico.
—Aria... espera. Por favor, mírame —pidió Erik con la voz enronquecida por la pasión, extendiendo una mano cuyos nudillos temblaban visiblemente.
Pero el pánico absoluto se apoderó de la mente de la princesa. Las palabras de advertencia de Lyra retumbaron en sus oídos con la fuerza de un treno: «¡Es el perfil perfecto de un espía... No te entregues a ciegas!». El choque brutal entre su deber sagrado hacia Arendor y la pasión descontrolada que acababa de entregarle a un desconocido la abrumó por completo.
—¡Lo siento! ¡Lo siento mucho! —logró articular con la voz destrozada por el llanto.
Se dio la vuelta, se subió la capucha con manos temblorosas y corrió desesperadamente hacia la verja de hierro. Escuchó a Erik gritar su nombre una y otra vez con una desesperación desgarradora, pero no se detuvo. Corrió por los callejones oscuros hasta que el aire le quemó los pulmones y los costados le dolieron, llorando lágrimas de amargura durante todo el trayecto de regreso al palacio.
Esa noche, la culpa y la angustia devoraron la mente de Aria. Se convenció de que había actuado como una imprudente sin honor, que había traicionado la memoria de sus difuntos padres y que Erik probablemente la consideraría una mujer desesperada y desvergonzada. Sumado al terror paralizante de la coronación del día siguiente, la princesa cayó en un abismo de colapso emocional.
Rechazó la cena que las doncellas le llevaron a la estancia. Se negó a probar un solo trago de agua para calmar su garganta reseca. No pudo pegar el ojo en toda la noche; daba vueltas en la gran cama real mientras el estrés descontrolaba su don milenario, cubriendo el dosel, las cornisas y los ventanales de su habitación con una capa gruesa y afilada de escarcha. Al amanecer, rechazó el desayuno. Su cuerpo estaba al límite de sus fuerzas: deshidratado, débil y febril, pero su mente se negaba a descansar.