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El Heredero Del Imperio Eterno

El Heredero Del Imperio Eterno

Status: En proceso
Genre:Héroes / CEO / Fantasía épica
Popularitas:297
Nilai: 5
nombre de autor: Manuel Saucedo

Durante ocho años, Shen Yuchen vivió bajo un nombre que no era el suyo.

Sin familia, sin poder, sin pasado y con una sola orden: no regresar hasta que terminara el plazo.

Pero la noche en que los ocho años llegan a su fin, alguien escribe su verdadero nombre en una calle olvidada de Lóngchéng.

Desde ese momento, todo comienza a derrumbarse.

Un falso heredero ocupa su lugar.

Un hombre con su mismo rostro asegura ser el verdadero Adrián Valerius.

Antiguas familias empiezan a perseguirlo.

Sus recuerdos esconden secretos que alguien borró deliberadamente.

Y dentro de su cuerpo despierta una fuerza relacionada con las misteriosas Nueve Puertas, un poder que incluso las familias más antiguas temen.

Mientras descubre la verdad sobre su origen, Shen Yuchen deberá construir su propio poder, enfrentarse a clanes, cultivadores, imperios empresariales y enemigos ocultos durante siglos.

Pero existe un problema todavía mayor:

Su identidad no fue simplemente robada.

Fue dividida.

NovelToon tiene autorización de Manuel Saucedo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Las Siete Campanas

A las tres y cincuenta y ocho de la madrugada, Adrián salió nuevamente de su apartamento.

Había dormido menos de veinte minutos.

No porque no estuviera cansado.

Su cuerpo llevaba horas recordándole que seguía siendo humano: dolor en los hombros, presión detrás de los ojos, hambre y una sensación incómoda en el pecho cada vez que la marca de su muñeca reaccionaba.

Pero cerrar los ojos había resultado peor.

Cada vez que intentaba dormir veía fragmentos.

La residencia Shen.

Han Qiren.

Su padre.

Una habitación iluminada por velas.

Nueve círculos dibujados sobre el suelo.

Y siempre la misma sensación.

Algo importante había ocurrido cuando era niño.

Algo que su memoria se negaba a mostrarle.

Por eso dejó de intentarlo.

Había colocado sobre la mesa tres objetos.

El medallón de jade que conservaba desde hacía ocho años.

La pieza de madera que Jian Mo le entregó.

Y la lámina blanca que había aparecido dentro de la caja.

WUYIN.

04:44.

NO CONFÍES EN JIAN MO.

El mensaje seguía allí.

No había desaparecido.

Adrián había intentado raspar las letras con una navaja.

Nada.

No estaban pintadas sobre la superficie.

Parecían estar dentro del jade.

Antes de salir había hecho algo que no realizaba desde hacía ocho años.

Había preparado una ruta de escape.

Dinero en efectivo.

Un teléfono viejo sin tarjeta.

Una muda de ropa.

Documentos.

Nada extraordinario.

Pero suficiente para abandonar Lóngchéng durante algunas horas si era necesario.

No pensaba huir.

Eso había terminado.

Pero una de las primeras enseñanzas de su padre había sido simple:

Un hombre que solo prepara el camino hacia adelante ya perdió la mitad de la batalla.

A las cuatro y doce, Adrián llegó al extremo norte del Distrito Este.

Allí Lóngchéng parecía aún más antigua.

Los edificios modernos desaparecían casi por completo.

Quedaban casas bajas, patios interiores, pequeños templos y calles tan estrechas que dos automóviles apenas podrían cruzarse.

El Mercado de las Siete Campanas no aparecía en ningún mapa.

Adrián lo había buscado.

En internet solo encontró referencias vagas.

Un mercado antiguo destruido durante una remodelación urbana treinta años atrás.

Una fotografía borrosa.

Un artículo escrito por un historiador local.

Nada más.

Sin embargo, Jian Mo había hablado de él como si todavía existiera.

Adrián llegó al lugar donde supuestamente había estado.

Una plaza vacía.

En el centro había un árbol viejo.

Nada más.

Miró el reloj.

04:28.

La lámina de jade seguía tibia dentro de su bolsillo.

Esperó.

Cinco minutos.

Diez.

Nadie apareció.

04:39.

Adrián comenzó a pensar que aquello era una trampa.

Entonces escuchó una campana.

Lejana.

Una sola vez.

Giró.

Ningún templo estaba abierto.

Segunda campana.

Más cerca.

Tercera.

Adrián caminó hacia una calle lateral.

Cuarta.

El sonido parecía cambiar de dirección cada vez.

Quinta.

Una vieja puerta se abrió a veinte metros.

Nadie salió.

Sexta.

Adrián llegó frente a ella.

Dentro había oscuridad.

Miró la hora.

04:43.

Esperó.

La séptima campana sonó.

El jade en su bolsillo ardió.

Adrián lo sacó.

La superficie blanca emitía una luz débil.

La puerta se abrió un poco más.

Adrián entró.

Del otro lado no había una casa.

Había un callejón.

Eso era imposible.

La geometría no coincidía con el edificio.

Adrián miró hacia atrás.

La puerta seguía allí.

Más allá podía ver la plaza.

Siguió adelante.

El callejón descendía.

Primero unos escalones.

Después otros.

El aire cambió.

Olía a té, carbón, hierbas y metal caliente.

Al final apareció luz.

Faroles.

Decenas.

Adrián salió a una calle que no debería existir debajo de Lóngchéng.

Había tiendas.

Personas.

Puestos.

Ancianos.

Jóvenes.

Hombres con ropa moderna.

Otros con túnicas tradicionales.

Nadie parecía sorprendido de verlo.

Sobre una estructura de madera colgaban siete campanas de bronce.

Adrián entendió.

El Mercado de las Siete Campanas no había desaparecido.

Había sido ocultado.

Caminó lentamente.

Una mujer vendía frascos con líquidos oscuros.

Un hombre exhibía armas antiguas.

Más adelante alguien ofrecía piedras negras con vetas azules.

Adrián no reconocía la mayoría de los objetos.

Pero su cuerpo sí reaccionaba.

Algunos le producían calor.

Otros presión.

Una pequeña caja de madera hizo que la marca de su muñeca vibrara.

No se detuvo.

Pabellón Wuyin.

Eso era lo único que buscaba.

Preguntó a un comerciante.

—¿Wuyin?

El hombre ni siquiera levantó la vista.

—No existe.

Adrián mostró la pieza de madera de Jian Mo.

El comerciante se congeló.

Después señaló una escalera.

—Arriba.

—Gracias.

—No me dé las gracias.

El tono fue extraño.

Adrián subió.

En el segundo nivel había menos gente.

Tres pasillos.

Eligió el central.

Al fondo encontró una puerta gris.

Sin letrero.

Golpeó.

Nada.

Volvió a hacerlo.

Una voz respondió:

—Llegaste tarde.

Adrián miró su reloj.

04:46.

—Dos minutos.

—Dos minutos pueden decidir una dinastía.

La puerta se abrió.

Dentro había un anciano ciego.

Sus ojos eran blancos.

Estaba sentado frente a una mesa.

No había nadie más.

—Shen Yuchen —dijo.

Adrián entró.

—Ese nombre parece popular esta noche.

—Durante ocho años nadie se atrevió a decirlo.

—Ahora todos lo conocen.

—No todos.

El anciano señaló una silla.

Adrián permaneció de pie.

—Prefiero así.

—Como tu padre.

Adrián se tensó.

—¿Lo conoció?

—Mucho antes de que tú nacieras.

—¿Está vivo?

—Esa pregunta está destruyendo tu paciencia.

—Entonces respóndala.

El anciano sonrió.

—No sé.

La misma respuesta.

Adrián estaba empezando a odiarla.

—¿Quién es usted?

—Aquí me llaman Maestro Qiu.

—¿Ese es su nombre?

—No.

—Perfecto. Otro hombre sin nombre.

—Tú deberías comprenderlos.

Adrián sacó la lámina blanca.

La colocó sobre la mesa.

—Esto apareció dentro de mi caja.

El anciano extendió la mano.

No tocó el jade.

—Así que funcionó.

—¿Qué funcionó?

—La caja.

—Estaba vacía.

—La caja nunca estuvo vacía.

Adrián frunció el ceño.

—La revisé.

—Porque buscabas con los ojos.

El anciano levantó la cabeza.

—Han Qiren la preparó para ti.

—¿Han Qiren?

—Él creó el sello interno.

Adrián pensó en el cadáver.

—Murió.

El anciano Qiu guardó silencio.

—Lo encontraron esta noche.

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Porque lo estaba esperando.

Adrián sintió una punzada.

—¿Aquí?

—Sí.

—¿Entonces por qué apareció muerto en Qinghe?

—Porque nunca llegó.

Silencio.

—¿Qué llevaba?

Qiu sonrió lentamente.

—Buena pregunta.

—¿Qué debía entregarme?

—Algo que tu padre dejó en sus manos.

—¿Qué?

—No lo sé.

Adrián golpeó la mesa con la palma.

No con fuerza.

Pero suficiente para hacer vibrar la taza.

—Estoy cansado de respuestas incompletas.

—Entonces te esperan años desagradables.

Adrián sostuvo su mirada vacía.

—Jian Mo me envió aquí.

El anciano perdió la sonrisa.

—Lo sé.

—La caja me dijo que no confiara en él.

—También lo sé.

—¿Por qué?

—Porque Jian Mo sirve a una promesa, no a ti.

Adrián no respondió.

Qiu continuó.

—Un hombre puede protegerte hoy y matarte mañana sin romper una sola promesa.

—¿Qué le prometió a mi padre?

—Eso tendrás que preguntárselo.

—¿Y usted?

—Yo prometí esperar hasta que terminaran los ocho años.

—¿Para hacer qué?

—Decidir si eras digno de recibir lo que quedó.

Adrián miró alrededor.

—¿Qué quedó de qué?

El anciano tocó la mesa dos veces.

Una puerta lateral se abrió.

Un muchacho entró cargando una caja larga.

La colocó frente a Adrián.

Negra.

Sellada.

—No la abras —dijo Qiu.

—Todos parecen decirme cuándo abrir o no abrir cajas.

—Esta podría matarte.

Adrián observó el sello.

Nueve círculos.

—¿Qué hay dentro?

—Un registro.

—¿De qué?

—De tu muerte.

Adrián levantó la mirada.

El anciano permaneció tranquilo.

—Adrián Valerius no fue inventado.

El silencio se hizo pesado.

—Explíquelo.

—Ese hombre existió.

Adrián no se movió.

—¿Quién era?

—Un niño.

—¿Edad?

—Ocho años.

—¿Qué ocurrió?

Qiu respiró.

—Murió.

—¿Cómo?

—En un incendio.

Adrián sintió algo frío.

—¿Cuándo?

—Hace dieciocho años.

Adrián tenía ocho años entonces.

—¿Por qué tengo su identidad?

—Porque alguien preparó tu desaparición durante una década.

Eso cambió todo.

—¿Desde que tenía ocho años?

—Al menos.

—¿Quién?

Qiu negó.

—No lo sé.

—No le creo.

—Eso no cambia la verdad.

Adrián miró la caja negra.

—Entonces mi exilio estaba planeado desde mucho antes.

—Sí.

—¿Mi padre?

—No necesariamente.

—¿Quién más podía hacerlo?

El anciano se inclinó ligeramente.

—Eso es precisamente lo que debes descubrir.

Adrián respiró lentamente.

—¿Qué era Han Qiren?

—Un Guardián.

—¿De la Casa Shen?

—No.

—¿De las Nueve Casas?

—Tampoco.

—Entonces ¿de quién?

El anciano Qiu sonrió.

—De una organización que ya no existe.

—Nombre.

—Los Custodios del Umbral.

Adrián sintió la marca arder.

—¿Qué custodiaban?

—Las Puertas.

Silencio.

Por primera vez alguien había respondido directamente.

—¿Qué son?

Qiu levantó una mano.

—No confundas una respuesta con permiso para preguntar diez cosas más.

—No vine hasta aquí para obedecer.

—Precisamente por eso quizá puedas sobrevivir.

El anciano tomó un recipiente de té.

Sirvió dos tazas.

—Las Nueve Puertas no son niveles.

Adrián recordó su propia conclusión.

—Son caminos.

Qiu dejó de servir.

—Interesante.

—Lo comprendí esta noche.

—Entonces el sello ya está debilitándose.

—¿Qué caminos?

—No lo sabrás hoy.

—¿Por qué?

—Porque saber demasiado puede hacer que una Puerta responda antes de tiempo.

Adrián señaló su muñeca.

—Una ya respondió.

El anciano Qiu inclinó el rostro.

Por primera vez pareció verdaderamente sorprendido.

—Muéstrame.

Adrián dudó.

Recordó la advertencia de su abuelo.

No permitas que nadie descubra cuál de las nueve reconoció tu sangre.

Bajó la manga.

—No.

Qiu sonrió.

—Excelente.

—¿Qué?

—Han Qiren hizo bien su trabajo.

Un ruido llegó desde afuera.

No una campana.

Un golpe.

Después gritos.

El muchacho que había llevado la caja regresó corriendo.

—Maestro Qiu.

—¿Cuántos?

—Seis.

—Casa.

El muchacho dudó.

—No llevan emblema.

—Entonces son más peligrosos.

Qiu miró a Adrián.

—Toma la caja.

—Dijo que podía matarme.

—Si la abres.

Adrián la tomó.

Era más pesada de lo esperado.

—¿Salida?

Qiu señaló la pared.

—Tres pasos a la izquierda.

Adrián vio una pared sólida.

—No hay puerta.

—Para ti sí.

Una explosión sacudió el pabellón.

La entrada principal se rompió.

Tres hombres aparecieron.

Ropa gris.

Rostros cubiertos.

Uno levantó la mano.

Adrián sintió presión.

La misma energía que Jian Mo había utilizado.

Cultivadores.

El hombre dijo:

—Entreguen al heredero.

Qiu suspiró.

—Llegaron más rápido de lo que esperaba.

Adrián dejó la caja sobre el suelo.

—¿Quién los envió?

El hombre de gris respondió:

—No necesitas saberlo.

Adrián sonrió apenas.

—Esta noche todos dicen lo mismo.

El atacante se movió.

Demasiado rápido para una persona normal.

Su palma apareció frente al pecho de Adrián.

Él reaccionó por instinto.

Bloqueó.

El impacto lo lanzó contra la pared.

Dolor.

Aire fuera de los pulmones.

Pero seguía de pie.

El atacante pareció sorprendido.

—Sin cultivar...

Adrián limpió sangre de su labio.

—¿Eso fue todo?

El hombre volvió a atacar.

Esta vez Adrián vio el movimiento.

No más lento.

Él era más rápido.

Algo dentro de su pecho respondió.

Boom.

La Primera Puerta.

El sello tembló.

El mundo cambió.

Durante un instante Adrián escuchó cada gota de agua cayendo afuera.

Cada respiración.

Cada latido.

Y vio una línea.

No literalmente.

Una apertura en la postura del hombre.

Golpeó.

Puño al esternón.

El atacante salió despedido.

Chocó contra una columna.

Los otros dos se congelaron.

Adrián miró su propia mano.

No había utilizado esa fuerza en ocho años.

No sabía que todavía la poseía.

Qiu gritó:

—¡Detente!

Demasiado tarde.

La marca de la muñeca se extendió.

Una segunda línea negra apareció.

Dolor.

Adrián cayó sobre una rodilla.

Los atacantes avanzaron.

Entonces una sombra atravesó la entrada.

Dos golpes.

Dos cuerpos cayeron.

Jian Mo apareció.

—Te dije que no rompieras el sello.

Adrián levantó la mirada.

—Y mi caja me dijo que no confiara en ti.

Jian Mo miró al anciano.

Qiu dijo:

—Entonces la caja sigue teniendo sentido del humor.

Otro grupo llegó al pasillo.

Jian Mo sacó una espada corta de su espalda.

—Tenemos que irnos.

Adrián tomó la caja negra.

—¿Quiénes son?

—Personas que no quieren que llegues al amanecer.

—¿Por qué?

Jian Mo sonrió.

—Porque al amanecer las Nueve Casas sabrán oficialmente que hay dos Shen Yuchen.

Y afuera...

la primera luz del día comenzaba a aparecer.

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