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Madrastra por contrato, esposa de verdad

Madrastra por contrato, esposa de verdad

Status: Terminada
Genre:CEO / Matrimonio contratado / Amor tras matrimonio / Padre soltero / Completas
Popularitas:438
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Renata Paredes siempre ha sido la hija menos querida de su familia. Cuando el negocio de su padre queda al borde de la ruina, la obligan a aceptar un matrimonio de conveniencia con Damián Valcárcel, el frío e inalcanzable presidente del poderoso Grupo Boreal.
El acuerdo parece sencillo: mantener las apariencias, no enamorarse y cuidar de Toñito, el pequeño hijo de Damián, que está decidido a convertirle la vida en un infierno.
Pero Renata no esperaba que aquel niño rebelde fuera el primero en elegirla. Tampoco que, detrás de la indiferencia de Damián, hubiera un hombre dispuesto a protegerla cuando todos los demás le daban la espalda.
Entre secretos familiares, celos, heridas del pasado y una mujer decidida a recuperar el lugar que abandonó, Renata tendrá que luchar por el único hogar que alguna vez sintió suyo.
Él se casó con ella por un acuerdo.
El niño la llamó mamá.
Y, sin darse cuenta, los tres se convirtieron en una familia de verdad.

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Capítulo 17

Capítulo 17 — Cuatro noches sin dormir

Esa primera noche fue la más larga de mi vida.

Le di el antipirético infantil con el gotero, contando las gotas dos veces para no equivocarme. Le puse compresas frías en la frente, en las axilas, en las muñecas, y las cambiaba en cuanto se entibiaban. La fiebre bajó dos décimas y volvió a subir, como una marea que se burlaba de mí.

—Aguanta, mi amor —le susurraba—. Aguanta.

Volví a marcar a Damián cada hora. "Fuera del área de servicio." Cada hora la misma mujer metálica, cada hora el mismo hueco en el estómago.

No me acosté. Me senté en el borde de su cama y me quedé ahí, vigilando cómo subía y bajaba su pechito, con la mano lista para tocarle la frente cada vez que se quejaba.

*Si algo le pasa a este niño estando yo a cargo, no me lo perdono. No importa lo que diga el contrato. No importa que no sea mío. En esta cama, esta noche, es mío.*

Amaneció y la fiebre seguía. Lo envolví en una manta y me lo llevé al Hospital Mariana.

El pediatra frunció el ceño ante el termómetro.

—Infección respiratoria. Con este niño no jugamos, señora, ya sabe usted lo delicado que es. Suero y antibiótico intravenoso. Tres días, para estar seguros.

Y así fueron los días dos y tres. Toñito con la agujita en el dorso de la mano, la carita pálida contra la almohada del hospital, el suero goteando despacio en la penumbra. Yo en la silla de al lado, la misma ropa de la primera noche, sin bañarme, sin cambiarme, durmiendo a pedazos con la cabeza recostada en la baranda de la cama.

Me levantaba tres, cuatro veces por noche a tocarle la frente. A veces solo para asegurarme de que respiraba.

Le llevé el termo con caldo de pollo que hice en la cocina de la Villa a las cinco de la mañana. Le hice fideos caseros, finitos, como a él le gustaban, y se los llevé en un tupper que mantenía el calor.

Al tercer día, cuando le acerqué la cuchara, pasó algo que me partió por la mitad.

—Tía. —Su voz era un hilito—. ¿Me haces los fideos otra vez? Los tuyos. No los del hospital, que saben feo.

Me quedé con la cuchara en el aire.

*Este es el niño que escupía mi comida. El que tiraba el plato al piso y juraba que yo cocinaba veneno. Y ahora me pide mis fideos. A mí. Con esa voz.*

—Todos los que quieras —le dije, y tuve que morderme el labio para que no se me quebrara la voz—. Mañana te hago una olla entera.

Sonrió apenas y volvió a cerrar los ojos.

El cuarto día la fiebre por fin cedió. El niño amaneció fresco, pidiendo la tele y su carrito, peleando por bajarse de la cama. Volvía a ser él. Casi lloro de alivio ahí mismo, en la silla, con el cuerpo hecho trizas y el corazón entero.

Y justo entonces el teléfono, olvidado en el fondo del bolso, empezó a vibrar. Damián.

—Habías salido de cobertura —dije, la voz ronca de no dormir.

—Acabo de bajar del cerro. ¿Está todo bien?

Antes de que yo contestara, Toñito me arrancó el teléfono de la mano.

—¡Papá! ¡Papá, estuve muy enfermo! —soltó de un tirón, feliz—. ¡Me pincharon tres días con una aguja así de grande, y me pusieron suero, y me dolía la panza! Pero la tía me cuidó. No durmió nada, papá. Nada de nada. Me hizo fideos y me tocaba la frente en la noche.

Del otro lado hubo un silencio.

Un silencio que yo, aun sin verlo, sentí que se ponía frío.

—Pásale el teléfono a tu tía —dijo Damián. La voz helada.

Toñito me lo devolvió. Me lo acerqué a la oreja.

—Renata. —Cada sílaba era un cubo de hielo—. Voy en el primer vuelo.

Cortó.

Llegó al día siguiente por la mañana, directo del aeropuerto, con la maleta todavía en la mano y la cara de piedra. Toñito ya estaba en la casa, dado de alta, jugando en la alfombra. Damián lo revisó de arriba abajo, le tocó la frente, lo abrazó corto. Después me hizo un gesto hacia el estudio.

Cerró la puerta.

—¿Por qué no me avisaste? —Su voz raspaba—. Tres días de hospital. Tres. Y yo me entero por un niño de cuatro años.

—Estabas sin señal. Marqué cada hora, Damián. Cada...

—¡Debiste llamar a mi madre! ¡Debiste llamar a Nacho! —Dio un paso hacia mí—. ¡Toñito no es tu hijo! ¡No tienes derecho a decidir sola qué se hace con él!

*No es tu hijo.*

La frase me entró como un clavo.

—Lo llevé al mejor pediatra de San Martín —dije, y me sorprendió lo bajo que me salió la voz—. No me moví de esa silla. No me cambié de ropa. Le hice de comer a las cinco de la mañana. Hice todo lo que haría una...

—¡Ubica tu lugar! —cortó.

Y ahí algo dentro de mí, algo que llevaba cuatro noches sin dormir sosteniéndose con las uñas, se soltó.

—¡Todo tiene un límite! —Me temblaba todo—. ¡Cuidé a tu hijo con lo único que tengo, que es el cuerpo, porque otra cosa no me diste! ¡Mi paciencia no es un pozo sin fondo, Damián! ¡No lo es!

La habitación se ladeó.

Las paredes se corrieron de lugar, la luz se hizo un punto, y sentí que el piso subía a buscarme.

Lo último que oí fue mi nombre. Dicho de un modo en que él nunca lo había dicho.

—¡Renata!

Y unos brazos, rápidos, que me atraparon antes de que mi cabeza tocara el suelo.

Desperté en mi cama. Con la luz filtrándose por la cortina y un peso raro en las piernas.

Nacho estaba guardando el estetoscopio en su maletín.

—Agotamiento extremo —le decía a alguien, en voz baja—. Resfriado con fiebre encima, y un colapso nervioso por estrés. El cuerpo dijo basta, Damián. Cuatro noches sin dormir cuidando a tu hijo, ¿qué esperabas? —Cerró el maletín de golpe—. Te lo voy a decir como amigo y como médico, porque nadie más te lo va a decir: no conviertas una tontería en una herida que después no se cura entre ustedes dos. Estás a tiempo. No mucho, pero estás.

No oí lo que Damián contestó. O no contestó nada.

Me volví a hundir en el sueño.

Cuando abrí los ojos otra vez ya era de noche. En la mesita, un tazón. Avena con leche, todavía humeando, con una nube de vapor subiendo despacio bajo la lámpara.

Doña Petra estaba acomodando la cortina. Se acercó y me habló bajito, como si contara un secreto.

—Lo preparó él, niña. Con sus propias manos. No me dejó a mí. Se quemó el dedo con la olla y ni se quejó. —Me guiñó un ojo—. Cómaselo calentito.

Miré el tazón. El vapor. La cuchara que él había puesto de un lado, torcida, porque el hombre no tenía idea de cómo se pone una cuchara.

*Y sentí algo. Algo que no supe nombrar. Un calor que no venía de la avena y que me asustó más que la fiebre.*

La puerta se abrió. Damián entró. Traía ojeras, y eso también era nuevo.

—Despertaste. —Se acercó a la cama—. ¿Cómo te...?

Lo miré. Y de algún lugar frío y viejo dentro de mí saqué las palabras, una por una, para levantar de nuevo el muro que su avena casi me tira.

—Vivir bajo un techo ajeno ya es bastante humillación —dije, con los ojos vacíos—. No voy a encima darte razones para que me desprecies.

Damián se detuvo en seco.

Y el vapor de la avena siguió subiendo entre los dos, solo, sin que ninguno lo tocara.

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