Liam un joven marcado por la traición y el alcohol presencia cómo un hombre (Dimitri) golpea y abandona en la nieve a una joven embarazada (Sasha). Al ver que ella sangra y entra en parto prematuro, la sube a su viejo sedán y conduce desesperadamente hacia el Hospital Central, logrando que sea ingresada a urgencias antes de caer inconsciente. Este acto desinteresado abrirá nuevas puertas en la vida de Liam, ya que no solo había salvado a alguien de una familia poderosa sino que entre el hermano de sasha y Liam comienza a crecer un magnetismo inevitable.
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Capítulo 8: El séquito de sombras
El personal de seguridad del hospital, compuesto por dos guardias de edad avanzada, ni siquiera intentó dar un paso al frente; la sola atmósfera de peligro inminente y autoridad violenta que emanaba del grupo paralizó a todos los presentes.
En el centro de aquel despliegue abrumador avanzaban dos figuras principales.
La primera era un hombre maduro, de unos sesenta años. Tenía el cabello canoso perfectamente peinado hacia atrás, una barba corta y pulcra que marcaba sus mandíbulas y unos ojos de un color gris helado que transmitían una frialdad aterradora. Su traje a medida, elaborado en lana fina, y su porte erguido denotaban un poder financiero y social absoluto.
A su lado caminaba un joven de aproximadamente veintiséis años. Tenía un parecido físico innegable con la chica que Liam había rescatado: alto, de hombros anchos, rostro de líneas rectas y marcadas, y los mismos ojos de un azul intenso y penetrante. Sin embargo, en el rostro del joven no había frialdad, sino una tormenta descontrolada de furia, desesperación y angustia contenida.
El hombre mayor barrió la sala con la mirada hasta detenerla en el cirujano y, finalmente, en Liam, quien permanecía de pie junto al médico con la chaqueta manchada de sangre y el rostro cubierto de sudor y nieve derretida.
—¿Dónde está mi hija? —exigió el hombre mayor con una voz profunda, potente y helada que hizo que el aire de la recepción se sintiera aún más pesado.
El cirujano dio un pequeño paso hacia atrás, intimidado por la presencia del grupo armado.
—¿Es usted... el padre de la paciente Sasha Volkov? —preguntó el doctor, intentando mantener la compostura profesional.
El joven de veintiséis años se adelantó bruscamente, recortando la distancia con el médico y sujetando la solapa de la bata de este con una mano enguantada.
—¡Déjate de preguntas inútiles y responde! —rugió el joven en un inglés con marcado acento ruso, con la vena del cuello a punto de estallar—. ¿Dónde están mi hermana y su bebé? ¡Dilo ahora mismo!
El hombre mayor alzó una mano con un gesto pausado y elegante. Inmediatamente, su hijo soltó la bata del cirujano y dio un paso atrás, aunque la furia contenida en sus ojos azules seguía amenazando con desbordarse.
—Tranquilízate, Nikolai —ordenó el patriarca en un tono bajo pero inflexible—. Deja que el médico hable.
El hombre maduro dio un paso al frente, fijando sus ojos grises en el cirujano.
—Soy Mikhail Volkov —se presentó con una cortesía helada—. Deseo escuchar el reporte médico completo sobre el estado de mi hija Sasha y de mi nieto ahora mismo.
Mientras el cirujano comenzaba a detallar apresuradamente el cuadro clínico de la chica, la pérdida masiva de sangre, el estado del recién nacido en la incubadora neonatal y las bajas probabilidades de supervivencia de la madre, Nikolai Volkov giró lentamente la cabeza hacia Liam.
Los ojos azules del joven ruso se clavaron en Liam como dos dardos congelados. Evaluó al muchacho de arriba abajo: sus manos rasguñadas, la capa de suciedad y sangre en sus pantalones, la chaqueta mojada y la actitud exhausta de alguien que acababa de atravesar un infierno.
Nikolai caminó hacia Liam a pasos lentos y calculados, deteniéndose a menos de un metro de distancia. La envergadura física de Nikolai era abrumadora, superando a Liam por casi una cabeza.
—Tú eres el que respondió el teléfono de mi hermana —dijo Nikolai, con una voz rasposa que temblaba por la ira—. Dijiste que la encontraste tirada en la calle. ¿Cómo puedo estar seguro de que no fuiste tú quien la atacó? ¿Cómo sé que no eres uno de los hombres de Dimitri tratando de cubrir sus huellas?
Uno de los escoltas armados del séquito dio un paso al frente de inmediato, deslizando la mano por dentro de su abrigo, listo para intervenir si Nikolai lo ordenaba.
Liam sostuvo la mirada penetrante de Nikolai. A pesar del cansancio abrumador, de la intimidación física y del miedo lógico que sentía ante aquel grupo de hombres peligrosos, Liam no dio un solo paso atrás. Había pasado los últimos tres años aguantando los abusos de Enrique; no iba a inclinarse ante nadie cuando sabía que había actuado con corrección.
—Si yo hubiera querido hacerle daño a su hermana, no habría destrozado mi propio automóvil contra las vallas metálicas de la ciudad para traerla a tiempo —respondió Liam con voz firme y clara, manteniendo el contacto visual—. Tampoco me habría quedado aquí durante más de una hora esperando a que la policía o ustedes llegaran a pedirme explicaciones. Su hermana estaba tirada en la nieve, siendo golpeada y abandonada por un infeliz fuera del bar El Cuervo. Lo único que hice fue sacarla de ahí antes de que ella y su hijo se congelaran hasta morir.
Al escuchar el nombre del bar y la confirmación del agresor, Nikolai pareció congelarse en su sitio. Toda la tensión acusatoria de su cuerpo se transformó en una sombra oscura de odio puro.
—Dimitri... —murmuró Nikolai entre dientes, apretando los puños con tal fuerza que los nudillos de sus guantes de cuero crujieron.
Mikhail Volkov, quien había terminado de escuchar el informe del médico, se acercó al grupo. Miró detenidamente a Liam y luego hizo una breve seña con la cabeza a uno de sus hombres de más confianza.
—Boris, ve afuera inmediatamente —ordenó Mikhail en ruso—. Inspecciona el vehículo de este muchacho y exige el acceso inmediato a las grabaciones de seguridad del bar El Cuervo. Quiero confirmación de cada palabra en tres minutos.