Sinopsis:
A los trece años, Bianca D’Amico conoció el verdadero significado de la crueldad. El chico que era su protector y su norte, Andrew Ballesteros, la rechazó públicamente con palabras letales que destrozaron su autoestima, llamándola gorda e inmadura, antes de huir al extranjero. Andrew no solo la dejó atrás; la fragmentó en varios pedazos.
Seis años después, el heredero del imperio Ballesteros regresa a Nueva York. Convertido en un implacable y frío tiburón de los negocios, Andrew carga con las culpas de un oscuro secreto familiar y una obsesión fija en la mente: recuperar a su dulce y sumisa Bianca. Él asume, con la arrogancia corporativa de su apellido, que encontrará a la misma niña inocente que dejó en el pasillo de la mansión, lista para ser moldeada y reclamar su lugar en su vida.
Qué maldito error. La realidad lo golpea con una fuerza devastadora.
La niña indefensa murió la noche en que él la rompió.
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Capítulo 7: El tercer choque de realidad
Andrew Ballesteros sentía que las paredes de su Penthouse en la Quinta Avenida se cerraban sobre él. Nada, absolutamente nada de lo que había planificado durante sus seis años de exilio voluntario en Europa, se estaba cumpliendo.
Había regresado con un guion perfecto en la cabeza, pero el destino se estaba encargando de quemarlo página por página.
Esa noche, Andrew no podía quedarse quieto. Los celos explosivos, alimentados por la derrota legal en el taller, lo estaban volviendo una fiera peligrosa. Necesitaba respuestas, su mente de estratega le decía que lo de Jonathan Mills tenía que ser una fachada. "Ella no puede querer a un tipo así", se repetía como un mantra, tratando de convencerse de que Bianca seguía siendo, en algún rincón, la niña que él fragmentó.
Bajo la lluvia incesante de Brooklyn, Andrew estacionó su auto a una cuadra de los muelles. Se bajó, ajustándose la gabardina oscura que cubría su traje de sastre. Caminó por el callejón industrial, evitando las luces de la calle, movido por una obsesión que rayaba en la locura. Llegó a la parte trasera del taller, donde una pequeña ventana de cristal reforzado permitía ver hacia el área privada de la oficina de Jonathan.
Lo que vio a través del cristal fue el Tercer Choque de Realidad, y fue el más violento de todos.
No había discusiones, ni berrinches. En la penumbra de la oficina iluminada solo por el resplandor rojizo de un cartel de neón, Bianca y Jonathan Mills estaban envueltos en una atmósfera que Andrew reconoció en ese instante.
Andrew se quedó congelado ante el cristal de la oficina del taller. Desde afuera, lo vio todo; la transparencia del vidrio se convirtió en la pantalla de su peor pesadilla.
Allí estaba Bianca, la mujer de sus sueños y por quien siempre había sentido un amor inconfesable, acorralada contra el escritorio por Jonathan. No había rastro de timidez ni de inhibiciones; se estaba entregando a un sexo duro y salvaje que no dejaba nada a la imaginación.
Bianca tenía las piernas enredadas en la cintura de Jonathan, aferrándose con total descaro a sus brazos tatuados, mientras lo besaba de forma voraz. El dolor en el pecho de Andrew fue insoportable al verla arquear el cuerpo, gimiendo de puro placer mientras se venía en un orgasmo explícito. Pero lo que terminó de romperle el corazón en mil pedazos fue que, justo en el clímax de su goce, Bianca abrió los ojos y miró directo hacia el cristal. Sus miradas se cruzaron. Andrew, con los ojos cargados de una decepción infinita, recibió una dosis de pura frialdad; la expresión de ella, lejos de mostrar culpa, reflejaba una indiferencia desalmada que decía: «No me importa que estés ahí afuera, ¿qué vienes a buscar?»
Andrew sintió un golpe físico en el pecho. El descubrimiento de esa relación lujuriosa y de "amigos con beneficios" lo dejó en un shock absoluto. Su "dulce niña" ya no existía. Ella se había reconstruido en una mujer que disfrutaba de su sexualidad con el hombre que Andrew más odiaba.
Incapaz de contenerse, Andrew golpeó el cristal con el puño, preso de una furia ciega.
—¡Bianca! —gritó, su voz perdiéndose entre la lluvia.
Adentro, la pareja se separó con lentitud. Jonathan no se asustó; se limitó a bajar a Bianca al suelo con una calma posesiva y se giró hacia la ventana, barriendo la oscuridad con sus ojos cafés, hasta encontrar la mirada de Andrew. Jonathan sonrió con una sonrisa cargada de una victoria cruel, y volvió a atraer a Bianca hacia él, dándole un beso lento en el cuello, mientras mantenía el contacto visual con Andrew a través del vidrio.
Bianca se giró, acomodándose la cabellera negra. Al ver a Andrew allí, espiando entre las sombras, sus ojos azules no mostraron vergüenza. Solo una ironía aplastante. Caminó hacia la puerta trasera y la abrió de par en par, dejando que la luz roja del neón bañara el rostro empapado y desencajado de Andrew.
—¿Otra vez tú, Andrew? —soltó Bianca, apoyándose en el marco de la puerta—. ¿Ahora te dedicas a ser un merodeador de callejones? De verdad, no sé qué es más patético: si tus intentos de comprar mi taller o el hecho de que no soportas ver, que ya no eres el centro del universo de nadie.
—¡Bianca, por Dios! ¡Mírate! —Andrew dio un paso al frente, con los ojos verdes encendidos de rabia y dolor—. ¡Te estás revolcando con un delincuente! ¡Esto es un asco! ¡Lo haces solo por molestarme, para desafiar a la familia! ¡Él no te merece!
Bianca soltó una carcajada seca, llena de desprecio.
—¿Te haces el preocupado ahora? —lo enfrentó ella—. Tú me rompiste en mil pedazos cuando yo solo tenía trece años. Me hiciste sentir que no valía nada por mi peso y mis pechos planos. Te largaste seis años sin mirar atrás. Jonathan me recogió del suelo, me salvo de ser violada, me reconstruyó, me dio un lugar donde puedo ser yo misma, sin juicios. Jonathan es el único que merece estar en mi vida, Andrew... Jonathan me conoce. Y si tenemos una relación, si somos amigos o si somos amantes, no es de tu maldito interés.
Así que deja de hacerte el mártir y vete a tu Penthouse a llorar tus culpas, porque en mi cama y en mi vida, el único que tiene lugar es él.
—¡¿Cómo que ibas a ser violada, Bianca?! —el grito de Andrew rasgó el aire de la oficina, su voz temblando entre el pánico y una furia ciega—. ¡Explícame eso! ¿Cuándo? ¿Quién te hizo daño? ¡Habla, carajo!
Bianca ni siquiera parpadeó. Sostuvo la mirada desorbitada de Andrew, con una calma que rozaba la crueldad, cruzándose de brazos.
—No tengo absolutamente nada que explicarte —soltó con una voz gélida, cortando el aire—. Eso pertenece a mi pasado y ya lo solucioné. No necesito de tu lástima, ni de tu ayuda, ni mucho menos la ayuda de la familia. Yo sola, con la ayuda de Jonathan, pude arreglar ese maldito problema. Así que ahórrate el drama, Andrew. Él estuvo cuando tú no y te agradezco que no le cuentes lo del intento de violación a la familia.
Andrew se quedó en shock. El tercer choque de realidad, fue entender que su lugar en el corazón de Bianca no solo estaba vacío, sino que había sido ocupado por una conexión inquebrantable que su dinero jamás podría vencer. Bianca le cerró la puerta en la cara, dejando a Andrew Ballesteros solo bajo la lluvia, con el alma fragmentada en mil pedazos y todo era su culpa.