Selene tiene veintidós años y un matrimonio que es su propia jaula de oro. Para su esposo, el implacable magnate Maximiliano Valente, ella no es más que una niña interesada que se vendió por un apellido de peso y una cuenta bancaria sin límites. Convencido de que Selene solo busca su dinero, Maximiliano se dedica a humillarla, refugiándose en los brazos de una amante manipuladora que alimenta su desprecio con mentiras.
Pero Maximiliano ha cometido un error fatal: confundir el silencio de Selene con sumisión absoluta. Tras una noche de crueldad insoportable, Selene decide que ya no le importa su fortuna ni su perdón. Mientras él cree tener todo bajo control, ella empieza a preparar su desaparición silenciosa, dispuesta a empezar de cero, lejos de su opresión.
Maximiliano Valente está a punto de descubrir que el desprecio tiene un precio... y que cuando Selene se marche, el vacío que deje será algo que ni todos sus millones podrán llenar.
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Castigo medieval
Presente.
Selene se encontraba lo suficientemente lejos de su ciudad natal, oculta tras las sombras de una terminal de autobuses que olía a humo y a asfalto caliente, pero aún no se sentía segura. Cada vez que una puerta se cerraba con fuerza o un hombre de hombros anchos pasaba cerca de ella, el corazón le martilleaba las costillas. A pesar de tener ayuda en este momento —un contacto clandestino que le había proporcionado una identidad falsa y un transporte seguro—, no podía olvidar la única vez que había intentado escapar y las consecuencias atroces que tuvo que pagar por su osadía de querer ser libre.
Aquel recuerdo, grabado a fuego en su mente, era lo que la mantenía alerta, con los ojos fijos en la salida.
Hace ocho meses.
La atmósfera en la mansión Valente se había vuelto irrespirable. Maximiliano ya ni siquiera fingía cortesía frente al servicio; sus palabras hacia Selene eran dagas afiladas diseñadas para despojarla de cualquier rastro de dignidad.
—No puedo seguir en esta casa —pensó Selene una tarde, mientras observaba desde la ventana cómo la lluvia golpeaba el cristal—. Maximiliano cada día me ofende más y, aunque desde la noche de nuestra boda no me ha vuelto a tocar, me aterra que un día de estos llegue ebrio de su desprecio y me vuelva a hacer pasar aquel infierno.
El miedo fue su motor. Aquel día, aprovechando que Maximiliano estaba en un viaje de negocios en el extranjero, Selene decidió que no esperaría a que él regresara para destruirla un poco más. Sin embargo, en medio de su nerviosismo, cometió un error que marcaría su destino.
Sin querer, dejó caer un jarrón de porcelana de la dinastía Ming, una de las posesiones más valiosas de Maximiliano. El sonido del objeto rompiéndose contra el mármol fue el presagio de su desastre. Al intentar recoger los pedazos con manos temblorosas, Selene escuchó la voz que más temía en el mundo, una voz que no debería estar allí hasta el día siguiente.
—¿Intentas destruir mi casa antes de marcharte, Selene? —la voz de Maximiliano llegó desde el umbral, fría y cargada de una sospecha letal. Había regresado antes.
Él no necesitó preguntar. Vio la maleta pequeña escondida tras la cortina y el pasaporte que ella apretaba contra su pecho. La furia que cruzó el rostro de Maximiliano fue algo que Selene nunca olvidaría. No gritó. Se acercó a ella con una tranquilidad aterradora, su sombra envolviéndola como una mortaja.
—¿Creíste que podías romper un contrato de millones con una maleta de mano? —susurró él, tomándola del brazo con una fuerza que le dejó marcas moradas al instante.
Movilizó a todo su equipo de seguridad en cuestión de segundos. Selene fue arrastrada, literalmente, de vuelta al interior de la mansión. No hubo juicio, no hubo explicaciones. Maximiliano la llevó hasta la habitación principal, la misma que ella consideraba su celda, y la empujó dentro con tal violencia que ella cayó sobre la alfombra.
—Si tanto te gusta la soledad, voy a darte toda la que puedas soportar —sentenció él desde la puerta—. Hasta que entiendas quién es tu dueño.
El sonido de la cerradura al girar fue el fin de su esperanza. Maximiliano, cegado por un orgullo herido que él confundía con autoridad, se olvidó de ella durante tres días. Tres días eternos en los que no permitió que nadie del servicio entrara, ni que se le subiera comida. Selene solo sobrevivió consumiendo el agua del grifo del baño, sintiendo cómo sus fuerzas se desvanecían y cómo las paredes de la habitación parecían cerrarse sobre ella.
En su aislamiento, Selene escuchaba a veces los pasos de él al otro lado de la puerta, pero Maximiliano nunca entraba. Era un castigo medieval: la invisibilidad. Cuando finalmente abrió la puerta al cuarto día, la encontró pálida, temblorosa y con los ojos hundidos.
—Espero que el hambre te haya devuelto la sensatez —le dijo él, mirándola con una indiferencia que le dolió más que los tres días de ayuno—. No volverás a salir de esta casa sin mi permiso, ni tendrás acceso a un solo centavo que no pase por mis manos. Eres mi esposa, Selene, y las propiedades no se escapan.
Presente.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Selene al recordar la debilidad que sintió en sus piernas aquel cuarto día. Ese era el Maximiliano que ella conocía: un hombre capaz de dejarla morir de hambre con tal de quebrar su voluntad.
—Esta vez no me atraparás —susurró Selene, ajustándose la gorra para ocultar su rostro—. Esta vez no hay muros que me detengan.
Se puso de pie y caminó hacia el autobús que la llevaría hacia la frontera. Sabía que Maximiliano ya estaría moviendo cielo y tierra, usando todo su poder y su dinero para encontrarla. Sabía que él vería su huida como una afrenta personal a su imperio. Pero también sabía algo que él ignoraba: ella ya no era la mujer que se quedaba en el suelo esperando a que él abriera la puerta.
Selene Arismendi había aprendido a caminar en la oscuridad, y esta vez, el rastro que dejaba tras de sí era solo un señuelo. Mientras Maximiliano buscaba a una víctima asustada en los hoteles de esa ciudad la verdadera Selene estaba cruzando el umbral hacia una vida donde el apellido Valente no era más que un eco de dolor que empezaba a desvanecerse.