Historia sobre el amor que trasciende las limitaciones , sobre el arte como puente entre dos mundos y sobre la certeza de que a veces las personas más luminosas son aquellas que aprendieron a brillar en la oscuridad.
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Las secuelas.
Los días posteriores a la agresión fueron una nebulosa de gestiones, preocupaciones y noches en vela. La denuncia contra Martín quedó formalizada en la comisaría del barrio, con el testimonio de Alicia y el parte veterinario de Max como pruebas principales. El abogado al que consultaron —un amigo de Elena— les advirtió que el proceso sería lento y que, dada la condición de Martín como letrado en ejercicio, era probable que intentara dilatar las cosas todo lo posible.
—Pero la denuncia está puesta —dijo Alicia, con una determinación férrea—. Y si hace falta, pondremos una orden de alejamiento.
Mientras tanto, Max se recuperaba lentamente. El veterinario había recomendado reposo absoluto, así que el labrador pasaba los días tumbado en su cojín, recibiendo mimos y premios extra que engordaban su ya de por sí generosa silueta. Diego, sin su perro guía, se sentía desnudo. Dependía de Alicia o de Elena para todo: ir al conservatorio, hacer la compra, moverse por la ciudad. Y aunque ambas se desvivían por ayudarle, él no podía evitar sentirse una carga.
—No eres una carga —le repitió Alicia por enésima vez, una tarde que él estaba particularmente taciturno—. Eres mi novio, y tu perro está herido por culpa de un imbécil. Es normal que necesites ayuda.
—Ya, pero me fastidia. Me fastidia no poder ni ir al baño sin pedirle a alguien que me acompañe. Max me daba independencia. Sin él, soy...
—Eres la misma persona que eras antes. Solo que ahora caminas conmigo en lugar de con Max. ¿Tan horrible es?
—No. No es horrible. Pero me da miedo.
—¿Miedo de qué?
—De que te canses. De que un día pienses que esto es demasiado complicado, que yo soy demasiado complicado, y decidas que mereces algo mejor.
Alicia suspiró. Se acercó a él y le tomó el rostro entre las manos, obligándole a girarse hacia ella aunque no pudiera verla.
—Diego, escúchame bien porque no pienso repetirlo. Yo no estoy contigo por lástima, ni por pena, ni por ningún tipo de complejo de salvadora. Estoy contigo porque te quiero. Porque me haces reír. Porque tu música me llega al alma. Porque cuando estoy a tu lado, el mundo parece un lugar más amable. ¿Lo entiendes?
—Sí.
—Pues grábate esas palabras en la cabeza, porque no voy a repetirlas.
—Has dicho que no ibas a repetirlas y las has repetido.
—Cállate, pianista insoportable.
Diego sonrió por primera vez en muchos días. Alicia se lo quedó mirando, con esa mezcla de ternura y exasperación que solo él sabía provocarle, y luego se inclinó para besarle suavemente.
—Ahora deja de dar la turra y dime qué quieres cenar. Hoy cocino yo, y te advierto que mis habilidades culinarias son limitadas.
—Cualquier cosa que no sea pizza. Llevamos tres días cenando pizza.
—Tortilla de patatas. ¿Eso cuenta como cocinar?
—Si no pides que te la traigan a domicilio, sí.
La tortilla que preparó Alicia era, cuanto menos, mejorable. Demasiado cuajada por fuera, demasiado líquida por dentro, con las patatas irregularmente cortadas y un punto de sal difícil de definir. Pero Diego la comió con apetito y hasta repitió, porque sabía que aquella tortilla imperfecta estaba hecha con amor, y eso era lo único que realmente importaba.
Elena volvió de su viaje tres días después. Nada más cruzar la puerta, fue directa a abrazar a Max y a su hermano, y luego pidió un relato pormenorizado de todo lo ocurrido. Cuando Alicia terminó de contárselo, la hermana de Diego estaba pálida de rabia.
—Si ese imbécil se atreve a acercarse otra vez, le parto las piernas yo personalmente —sentenció—. ¿Cómo está la denuncia?
—En marcha. Pero el proceso va lento.
—Hablaré con el abogado. Le diré que meta presión. Y mientras tanto —Elena se giró hacia Diego—, no quiero que vayas solo a ningún sitio. Si no está Alicia, estoy yo. Y si no estamos ninguna, llamas a Laura o a cualquier amigo. ¿Entendido?
—Entendido —asintió Diego, que no tenía fuerzas para discutir.
Aquella noche, con Elena ya instalada en su cuarto y Max durmiendo plácidamente en el salón, Diego se quedó despierto hasta tarde. No podía dejar de darle vueltas a lo ocurrido. A la patada a Max. A las palabras de Martín. A la expresión de angustia que había percibido en la voz de Alicia durante el ataque.
¿Y si Martín tenía razón? ¿Y si su ceguera era un lastre demasiado pesado para alguien como Alicia? Ella decía que no, que le quería tal como era, que la ceguera no importaba. Pero Diego llevaba toda la vida escuchando lo contrario. De la sociedad, de las miradas compasivas, de los comentarios bienintencionados que le recordaban constantemente sus limitaciones. ¿Cómo creer que Alicia era diferente? ¿Cómo confiar en que su amor era lo bastante fuerte para resistir las embestidas de gente como Martín?
—No puedo perderla —se dijo en voz baja, en la oscuridad de su habitación—. No puedo.
Pero el miedo, ese viejo enemigo, ya había plantado su semilla. Y aunque Diego trataba de ignorarla, la notaba crecer dentro de él, alimentada por la incertidumbre y la vulnerabilidad.
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Pasaron dos semanas más. Max seguía en recuperación, pero ya cojeaba menos y movía la cola con su entusiasmo habitual. El veterinario dijo que en unos días podría volver a usar el arnés, aunque solo para paseos cortos. Era una buena noticia, de las pocas que habían recibido últimamente.
Alicia, mientras tanto, había retomado sus dibujos con energías renovadas. Trabajaba en una nueva serie de ilustraciones, esta vez centradas en la relación entre Max y Diego, en ese vínculo silencioso y profundo que unía al perro guía con su dueño. Eran dibujos llenos de movimiento y ternura, de lealtad y compañerismo.
—Son preciosos —dijo Diego cuando ella le describió uno de ellos—. Ojalá pudiera verlos.
—Algún día —respondió Alicia—. La tecnología avanza muy rápido. Quizás en unos años...
Diego negó con la cabeza.
—No me refiero a recuperar la vista. Eso no va a pasar, y lo tengo asumido. Me refiero a que ojalá pudiera ver lo que tú ves. La forma en que miras el mundo. La belleza que encuentras en las cosas pequeñas. Eso es lo que me gustaría ver.
Alicia se quedó callada. Luego, sin previo aviso, se levantó, fue a buscar un lienzo en blanco y lo colocó sobre el caballete que tenía en un rincón del salón.
—Siéntate aquí —dijo, guiando a Diego hasta el sofá—. Voy a hacer un experimento.
—¿Qué tipo de experimento?
—No me hagas preguntas. Tú solo siéntate y escucha.
Diego obedeció, desconcertado pero intrigado. Oyó a Alicia rebuscar entre sus materiales, el sonido de los pinceles chocando entre sí, el agua vertiéndose en un vaso. Y luego, su voz:
—Voy a pintar algo. Y mientras pinto, voy a describirte cada paso. Cada color. Cada forma. Vas a ser mis ojos, pero al revés. Voy a prestarte los míos.
—Eso no tiene sentido.
—Tú cállate y escucha.
Alicia empezó a pintar. Y mientras pintaba, hablaba.
—Estoy mezclando azul cobalto con blanco. Es un azul profundo, como el cielo justo antes del amanecer. Ahora le añado un toque de violeta. Es para el fondo. Quiero que tenga textura, que parezca que se puede tocar. ¿Te imaginas el azul?
—No estoy seguro. Hace tanto tiempo que no veo los colores que apenas recuerdo cómo son.
—No importa. Piensa en el sonido del mar. Ese rumor constante, hipnótico. Para mí, el azul suena así. Como el mar en calma.
Diego cerró los ojos —un gesto innecesario pero instintivo— y trató de imaginar el sonido del mar. Lo había oído una vez, de niño, en unas vacaciones familiares. Un rumor profundo, constante, lleno de vida. ¿Era así el azul? ¿Sonaba así?
—Ahora estoy usando amarillo. Amarillo cadmio. Es brillante, cálido, como la luz del sol en la cara. ¿Lo notas? Es el color que usaría para pintar tu música cuando tocas algo alegre. El amarillo suena a trompeta.
—¿A trompeta? —Diego sonrió—. Eso es muy concreto.
—Tú y yo somos concretos. Rojo. Estoy añadiendo rojo. Rojo carmín. Es intenso, apasionado. Suena a violonchelo. Grave y vibrante.
Así continuaron durante más de una hora. Alicia pintaba y describía, mezclando colores, creando formas, traduciendo el mundo visual a palabras y sensaciones. Diego escuchaba fascinado, tratando de reconstruir en su mente una imagen que no podía ver pero que, de algún modo, estaba experimentando.
—Ya está —dijo ella al fin—. He terminado.
—¿Qué has pintado?
—Es una sorpresa. Cuando se seque, te dejaré tocarlo. Pero no te lo describo. Quiero que lo sientas.
—Eres una torturadora.
—Lo sé. Es uno de mis muchos talentos.
Esa noche, cuando el lienzo estuvo seco, Alicia guio las manos de Diego por la superficie pintada. Era rugosa, con relieve, porque ella había aplicado el óleo en capas gruesas para que pudiera sentirse al tacto. Diego pasó los dedos lentamente, reconociendo formas: una silueta alargada, quizás un cuerpo; otra más pequeña, quizás un animal; y en el centro, un círculo rugoso que podría ser un sol.
—Es el parque —dijo de repente—. Es el parque donde nos besamos por primera vez. Este eres tú, ¿verdad? Y esta forma es Max. Y el círculo del centro es el sol.
—Sí —susurró Alicia, y Diego notó que su voz estaba emocionada—. Lo has adivinado. Has visto mi cuadro.
—No lo he visto. Lo he sentido.
—Para mí, es lo mismo.
Diego no supo qué responder. Se limitó a abrazarla, y en ese abrazo largo y silencioso, sintió que algo sanaba dentro de él. Que su miedo, aunque seguía ahí, era un poco más pequeño. Que Martín, aunque fuera una amenaza real, no podía tocar lo que ellos dos compartían.
Porque lo que compartían no necesitaba ojos para ser visto. Estaba en la música, en los dibujos, en las descripciones, en los silencios. Estaba en todas partes. Y eso, pensó Diego, era lo más parecido a un milagro que había experimentado nunca.