"Nadie sabe que detrás de esta mujer que plancha camisas y hornea galletas, hay otra que a las diez de la noche se convierte en alguien irreconocible.Y lo peor es que ya no sé cuál de las dos soy yo".¿Podrá Valeria continuar con su doble vida antes de que se derrumbe todo su mundo?
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El Alta de Sofi y la Sombra de Carlos.
Viernes – 10:00 – Hospital de Niños.
El alta de Sofi llegó a media mañana, después de una noche de observación que había resultado eterna para todos. La pediatra de guardia, una mujer joven con el pelo recogido en una cola de caballo y unas gafas de montura roja, revisó los resultados de la tomografía por segunda vez antes de firmar los papeles. La habitación 204 estaba inundada de luz natural, y Sofi, ya sin el collarín ortopédico, jugaba con su conejo de peluche sobre la cama mientras esperaba que le quitaran la vía del brazo.
—Bueno, señores Gutiérrez, la tomografía está completamente limpia. No hay fisuras, no hay hematomas, no hay lesión cerebral de ningún tipo. Ha sido un golpe aparatoso, pero sin consecuencias. Su hija es una niña muy fuerte —dijo la doctora, sosteniendo la tabla con los resultados.
—Entonces, ¿le dan el alta? —preguntó Andrés, que no se había separado de la cabecera de la cama en toda la noche.
—Sí, ya mismo. Eso sí, deberán observarla durante las próximas cuarenta y ocho horas. Si nota somnolencia excesiva, vómitos o dolor de cabeza muy intenso, vuelvan a traerla de inmediato. Pero no debería haber complicaciones.
—Gracias, doctora. Muchas gracias por todo —dijo Valeria, con un suspiro de alivio que le salió desde el fondo del alma.
—De nada. Ahora, si me disculpan, debo seguir con la ronda. La enfermera vendrá en unos minutos para retirarle la vía a Sofía.
La doctora salió de la habitación y Sofi, que había estado escuchando con atención, levantó su conejo de peluche y lo abrazó con fuerza.
—Mami, ¿eso significa que me voy a casa? —preguntó la niña, con los ojos todavía hinchados pero brillantes de ilusión.
—Sí, mi amor. Te vas a casa. Ya pasó todo. Estás bien —respondió Valeria, sentándose en el borde de la cama y acariciándole el pelo revuelto.
—¿Y puedo comer helado de chocolate cuando llegue?
—Sofi, son las diez de la mañana. No se come helado de chocolate a las diez de la mañana —dijo Andrés, con una sonrisa que le devolvió por un instante el rostro del hombre que Valeria había conocido diez años atrás.
—Pero papi, estuve en el hospital. Los nenes que estuvieron en el hospital tienen premio. Lo dijo la enfermera anoche.
—La enfermera dijo que te portaste muy bien, no que el premio fuera helado de chocolate antes del almuerzo —replicó Andrés, revolviéndole el pelo con ternura.
—Bueno, podemos negociar un helado de chocolate después del almuerzo —intervino Valeria, guiñándole un ojo a su hija—. Pero primero hay que ir a casa, bañarse y comer algo sano.
—Trato hecho. Pero tiene que ser de chocolate y con confites de colores.
—Con confites de colores. Anotado.
La enfermera entró en ese momento con una bandeja metálica para retirar la vía. Sofi apretó los ojos con fuerza, como hacía siempre que algo le daba miedo, y apretó la mano de su madre hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Ya está, valiente. Ni te has enterado —dijo la enfermera, colocando un algodón sobre el pequeño pinchazo.
—¿Viste, Sofi? No era para tanto. Sos la niña más valiente del mundo —dijo Valeria, besándole la frente.
—¿Más valiente que Mateo?
—Más valiente que Mateo, que papá y que todos los superhéroes juntos.
Andrés recogió las pocas pertenencias que habían acumulado durante la noche: una revista de pasatiempos, un vaso térmico, el osito de peluche que Sofi había abrazado durante toda la noche. Valeria vistió a la niña con la ropa que le habían traído de casa, una camiseta rosa con un unicornio y un pantalón de jogging gris.
En la sala de espera del hospital, mientras esperaban el ascensor, Valeria sintió el teléfono vibrar en el bolsillo de la campera. Lo sacó con disimulo, aprovechando que Andrés estaba entretenido mostrándole a Sofi un video de gatitos en su móvil. Era un mensaje de WhatsApp. De Carlos.
WhatsApp – Carlos Eventos
10:23
Carlos: Luna, el evento del sábado 22 se adelanta. Es este viernes. A las diez de la noche en el Golf Club. No faltes. Y no me obligues a recordarte lo que pasa si faltas. Saludos a tu hija. Me enteré lo del hospital. Qué suerte que está bien.
Valeria sintió que la sangre se le helaba en las venas. ¿Cómo sabía Carlos lo del hospital? ¿Cómo sabía lo de Sofi? ¿La estaba vigilando? ¿Era solo una coincidencia macabra o tenía un informante en el círculo cercano de la familia? Las manos le temblaron tanto que estuvo a punto de dejar caer el teléfono al suelo.
—¿Estás bien, Val? Te noto pálida —dijo Andrés, levantando la vista del móvil.
—Sí, sí. Es el cansancio. No dormí nada en toda la noche —respondió Valeria, guardando el teléfono rápidamente.
—Cuando lleguemos a casa, dormimos un rato. Los tres. Mateo se queda en el cole hasta la tarde y después lo busca mi mamá. Hoy nos tomamos el día libre.
—Me parece bien. Un día libre.
Pero Valeria sabía que no podía tomarse el día libre. Carlos la había citado para esa misma noche. El evento del Golf Club. Y si no iba, las fotos que ese hombre guardaba en su teléfono llegarían a Andrés antes de que terminara la semana. El chantaje seguía su curso, implacable, como una máquina que nadie podía detener.
El ascensor llegó con un pitido metálico. Entraron los tres, Sofi de la mano de sus padres, y las puertas se cerraron con un susurro. En el espejo del ascensor, Valeria vio su propio reflejo: una mujer agotada, con ojeras profundas y el rímel corrido, atrapada en una trampa que ella misma había construido. Y en el bolsillo de su campera, el teléfono seguía pesando como una bomba a punto de estallar.
Durante el trayecto en coche de vuelta a casa, Sofi se durmió en el asiento trasero, abrazada a su conejo de peluche. Andrés conducía en silencio, con la mirada fija en la carretera. Valeria, en el asiento del copiloto, fingía mirar por la ventanilla mientras su mente trabajaba a toda velocidad. ¿Cómo iba a escaparse esa noche sin que Andrés sospechara? ¿Qué excusa podía dar después de la pelea del miércoles, después del accidente de Sofi, después de haber prometido que no mentiría más?
—Andrés —dijo Valeria, rompiendo el silencio.
—¿Sí?
—Esta noche tengo que salir. Es importante. Es lo del evento de caridad que te mencioné. Ya está todo confirmado y no puedo cancelar.
—¿Estás hablando en serio, Val? Nuestra hija acaba de salir del hospital y vos ya estás pensando en salir de noche.
—No es un capricho, Andrés. Es un compromiso que adquirí hace semanas. Hay mucha gente que depende de mí.
—¿Qué gente? ¿Ese tal Carlos? ¿El mismo que te manda mensajes a escondidas?
—No es a escondidas. Ya te dije que es un evento de caridad.
—Val, no sé qué está pasando, pero esto no puede seguir así. No voy a seguir tolerando mentiras en mi casa. En nuestra casa.
—No es una mentira. Es un trabajo. Y cuando todo esto termine, te voy a explicar todo. Te lo prometo.
—Ya me lo prometiste anoche. Y antes de ayer. Y la semana pasada. Estoy cansado de promesas, Val. Quiero hechos. Quiero la verdad.
Valeria se mordió el labio inferior, conteniendo las lágrimas. Miró a Sofi por el espejo retrovisor. La niña dormía plácidamente, ajena a la tormenta que se cernía sobre sus padres.
—Esta noche, cuando vuelva, hablamos. Sin excusas. Te cuento todo. Pero por favor, Andrés, confiá en mí una última vez.
—¿Una última vez? ¿Y si esta última vez es otra mentira?
—No lo es. Te lo juro. Esta noche, después del evento, te cuento toda la verdad. Pase lo que pase.
Andrés no respondió. Se limitó a apretar las manos sobre el volante y acelerar un poco más. El resto del viaje transcurrió en un silencio denso, solo interrumpido por la respiración suave de Sofi durmiendo en el asiento trasero.
Cuando llegaron al departamento, Valeria acostó a Sofi en su cama, le dio un beso en la frente y cerró la puerta con cuidado. Andrés estaba en la cocina, preparando café. El aroma inundaba el ambiente, mezclándose con el olor a lavandina y a la tensión que flotaba entre ellos.
—Andrés, ¿podemos hablar un momento antes de que me vaya?
—No sé si quiero hablar, Val. No sé si quiero escuchar más excusas.
—No son excusas. Es la verdad. Pero necesito que me escuches sin interrumpirme.
—Te escucho.
Valeria respiró hondo. Estaba a punto de confesar todo. La doble vida, el club, el dinero para su madre, la extorsión de Carlos. Iba a soltarlo todo, sin filtros, sin anestesia. Pero en ese preciso instante, el timbre de la puerta sonó con un zumbido estridente que rompió el momento.
—¿Quién será a esta hora? —dijo Andrés, frunciendo el ceño.
—No sé. Voy a ver.
Valeria abrió la puerta. Era Mariana, su cuñada, con una carpeta de papeles bajo el brazo y una expresión que no presagiaba nada bueno.
—Val, necesito hablar con vos. Y con mi hermano. Es urgente. Es sobre el club Eclipse y un tal Carlos que te está extorsionando. Lo sé todo.
El mundo de Valeria se detuvo por completo. Mariana lo sabía todo. Y ahora, la verdad que ella estaba a punto de confesar llegaba por boca de otra persona, en el peor momento posible y de la manera más catastrófica. El castillo de naipes, finalmente, empezaba a derrumbarse.