Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.
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Capítulo 15
...Val....
Paty cumplía cuarenta y siete años y había reservado un restaurante entero para celebrarlo, porque Patricia Chávez no hacía nada a medias.
El lugar se llamaba La Terraza y era exactamente eso: una terraza en la azotea de un edificio del centro, con lucecitas colgando del techo, mesas largas con manteles blancos y una vista de la ciudad que hacía que todo se viera menos feo de lo que era.
Éramos veinte. Gente de la torre de control, pilotos, sobrecargos, un par de técnicos de mantenimiento que Paty adoptaba como sobrinos. Y en medio de todo, ocupando un asiento que nadie le asignó pero que nadie le quitó, Sebastián del Fuego.
Sentado junto a mí.
—¿Cómo hiciste para sentarte aquí? —le pregunté cuando me di cuenta.
—Llegué temprano y cambié las tarjetas de lugar.
—Eso es trampa.
—Eso es estrategia, Mendoza. Deberías reconocerla, tú eras la reina de las estrategias en los exámenes.
—Yo no hacía trampa en los exámenes.
—¿Y lo de copiarme en física?
—Eso fue UNA vez.
—Fueron siete. Pero quién cuenta.
Rodri estaba al otro lado de la mesa, junto a Paty, haciéndola reír con una imitación del director de operaciones que era tan precisa que daba miedo. El ambiente era bueno. La comida era buena. El vino corría y la gente se relajaba, y por un rato yo también me relajé.
Seb estaba diferente esa noche. Más ligero. Hablaba más, sonreía más, y cada vez que alguien le servía vino a Val, él lo interceptaba.
—¿Qué haces? —le pregunté cuando por tercera vez movió mi copa antes de que el mesero la llenara.
—No estás comiendo suficiente para beber.
—¿Y eso quién lo decide?
—Tu hígado. Yo sólo soy su representante legal.
—No pedí un representante legal.
—Los mejores representantes son los que no pides. —Me acercó un plato de pan—. Come.
—Deja de decirme que coma.
—Deja de no comer y dejo de decírtelo.
Rodri nos miraba desde el otro lado de la mesa con una sonrisa de gato que se comió al canario. Paty nos miraba con la sutileza de un letrero de neón. Una de las sobrecargos le susurró algo a otra que se rió tapándose la boca.
—Nos están viendo —murmuré.
—¿Y?
—Y que somos compañeros de trabajo. La gente va a hablar.
—La gente ya habla, Mendoza. Rodri se encargó de eso hace dos semanas.
—Maldito Rodri.
—Sí, maldito Rodri. Pero tiene razón en una cosa. —Se inclinó hacia mí. Su voz bajó a un tono que sólo yo podía escuchar. Su aliento me rozó la oreja y sentí el calor bajarme por el cuello hasta el pecho—. La próxima vez, no me hagas esperarte.
—¿Esperarme dónde?
—En cualquier parte. Siempre llego antes que tú a todos lados. Es desesperante.
—¿Y si no quiero que me esperes?
—Entonces llega antes que yo. A ver si puedes.
Me mordí el labio. Él miró mi boca un segundo. Un segundo que duró demasiado.
—¿Quieres caminar por la puerta de atrás? —le dije, sin pensar.
Levantó una ceja.
—¿La puerta de atrás?
—Sí. Saltarte la fila. Ir directo. Sin todo el... —Hice un gesto vago—. El cortejo.
—¿Me estás preguntando si quiero acostarme contigo sin pasar por la parte de conquistarte?
—Te estoy preguntando si quieres dejar de perder el tiempo.
Algo le brilló en los ojos. Deseo. Claro, directo, sin disfrazar. Pero también algo más. Algo que le hizo apretar la mandíbula y soltar el aire despacio.
—No —dijo.
—¿No?
—No quiero la puerta de atrás, Valentina. Quiero la de adelante. Con todo lo que eso incluye.
No supe qué contestar a eso. Nadie me había dicho que no a un ofrecimiento así. Luciano nunca me dijo que no. Ningún hombre me había dicho "no quiero acostarme contigo porque quiero algo más que eso" y lo dijera en serio.
Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró sobre la mesa. La pantalla se iluminó. Un mensaje de Luciano.
«Voy a ir a tu departamento esta noche. Necesitamos hablar. No me ignores.»
Lo vi. Seb lo vio. Estaba lo suficientemente cerca para leer la pantalla.
El cambio fue instantáneo. La calidez de sus ojos se apagó como si alguien le hubiera echado agua fría. La mandíbula se le endureció. Dejó la servilleta sobre la mesa.
—¿Va a ir a tu departamento? —Su voz era baja, controlada, peligrosa.
—No lo voy a dejar pasar.
—Pero va a ir.
—Luciano hace lo que quiere. Eso no significa que yo—
—Contéstale —dijo—. Ahora. Dile que no vaya.
—No me digas lo que tengo que hacer.
—No te estoy diciendo lo que tienes que hacer. Te estoy pidiendo que le pongas un alto a un tipo que te acosa.
—No me acosa.
—Te manda treinta mensajes al día, se aparece en tu edificio sin invitación, y ahora te avisa que va a ir a tu casa como si tuviera derecho. Eso es acoso, Mendoza.
Nos miramos. La fiesta seguía alrededor. Risas, música, copas chocando. Pero entre nosotros el aire estaba tenso.
Seb se acercó. Su boca quedó a centímetros de mi oído. Y dijo, en un tono que me erizó la piel:
—Si lo dejas ir, yo no me voy. Me quedo en la puerta de tu edificio toda la noche si hace falta. ¿Entiendes?
—Eso es una locura.
—Entonces no lo dejes ir.
Le contesté a Luciano. Dos palabras:
«No vengas.»
Luciano respondió al instante:
«No me puedes impedir que vaya a la calle donde quiera.»
Seb leyó la respuesta por encima de mi hombro.
—¿Ves? —dije—. No entiende.
Seb sacó su teléfono. Escribió algo. Lo puso boca abajo.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—Sebastián.
—Le pedí a Rodri que me pase la dirección de tu edificio. Si el idiota se aparece, voy a estar ahí.
—No puedes hacer eso.
—País libre, Mendoza.
La cena terminó pasada la medianoche. Paty estaba feliz, Rodri bailaba con una escoba que había decorado con una servilleta como peluca, y Marcos convencía a una sobrecargo de que sabía bailar tango, lo cual era mentira.
Seb me acompañó al auto. No intentó nada. Sólo caminó a mi lado en silencio y me abrió la puerta.
—Buenas noches, Mendoza.
—Buenas noches, Del Fuego.
—¿Mendoza?
—¿Qué?
—Cierra con llave y cerrojo.
—Siempre lo hago.
—Lo sé. Pero me gusta escucharlo.
Manejé a casa con el pecho lleno de algo que no tenía nombre. Luciano no apareció en mi edificio. No sé si fue coincidencia o si Seb realmente le mandó algún mensaje a alguien. No pregunté.
Pero cuando me metí a la cama, mi teléfono vibró una última vez.
«4. Buenas noches, Val.»
Esta vez respondí.
«Buenas noches, Seb.»
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