—¡Esto no es un cliché de reencarnación!
exclamó la protagonista reencarnada con todo los elementos que le hace un cliché.
Sin embargo, todo cambia cuando lo conoce a él. Su misterioso y falso “esposo"
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Capítulo 20: Un beso y la promesa antes de la verdad
El sol comenzaba a ocultarse tras las colinas que rodeaban la villa de verano, tiñendo el cielo de tonos dorados y violetas. Tras la intensa jornada en el palacio y las complejas maniobras políticas desplegadas ante el consejo, el aire fresco del jardín de la residencia se sentía como un remanso de paz para Leonardo.
Había dejado atrás las capas pesadas, los bordados de plata y la corona imperial. Llevaba nuevamente sus vestiduras sencillas de viaje: una túnica de lino oscuro, botas de cuero cómodo y una capa ligera que no delataba su verdadero estatus.
Al cruzar el umbral de la casa, encontró a Claudia en la estancia principal organizando unos recipientes de cocina. Al escucharlo entrar, se giró con una sonrisa instantánea que iluminó su rostro.
—Leonardo —saludó, dejando lo que hacía—. No esperaba verte hoy tan tarde.
—Vine a despedirme por unos días, Claudia —respondió él, acercándose a ella con paso tranquilo pero con una mirada cargada de un afecto transparente.
Claudia parpadeó, sintiendo una ligera punzada de decepción en el pecho, aunque la disimuló de inmediato.
—¿Te vas de viaje?
—Así es. Surgieron asuntos urgentes que requieren mi presencia fuera de la capital durante un breve periodo —explicó Leonardo, manteniendo la mentira piadosa para no alarmarla con los detalles de la tregua en la frontera—. Pero no te preocupes. He organizado todo para que no te falte absolutamente nada mientras no esté.
Leonardo hizo un leve gesto hacia la puerta y Cedric, su fiel ayudante, dio un paso al frente desde el pasillo exterior, inclinando la cabeza con respeto ante la joven.
—Cedric se quedará a tu entera disposición para lo que necesites —continuó Leonardo—. Si deseas ir a trabajar a la panadería, pasear por la ciudad o requerir cualquier provisión para la casa, él se encargará de asistirte y protegerte sin molestarte.
—Muchas gracias, Leonardo —dijo Claudia, mirando a Cedric con gratitud antes de regresar la vista al joven noble—. Aunque no era necesaria tanta molestia, aprecio mucho tu atención.
—Para mí nada respecto a ti es una molestia —aseguró él con voz suave.
Por dentro, los pensamientos de Leonardo guardaban una promesa firme. En su mente se repetía con claridad la determinación que lo impulsaba a realizar este viaje a la frontera: resolvería el conflicto con los cinco líderes de manera definitiva, asegurando que el imperio fuera un lugar completamente seguro para ella.
«A mi regreso, cuando todo esté en orden, la llevaré a la mejor cita posible... y le diré la verdad sobre quién soy» se prometió en silencio.
El silencio entre ambos se volvió cálido y pausado. Cedric, comprendiendo la naturaleza del momento, hizo una reverencia silenciosa y se retiró discreetamente hacia el jardín delantero para darles privacidad.
—Prométeme que te cuidarás durante el viaje —rompió el silencio Claudia, dando un paso hacia él. Sus ojos reflejaban una preocupación genuina.
—Te lo prometo. Regresaré antes de que te des cuenta —respondió Leonardo, dedicándole una sonrisa reconfortante.
Sin previo aviso, venciendo la timidez que habitualmente la caracterizaba, Claudia se acercó aún más. Extendió las manos y tomó con delicadeza el rostro de Leonardo entre sus palmas.
Sorprendido por el gesto, Leonardo contuvo el aliento.
Claudia se empinó levemente sobre las puntas de sus pies y depositó un beso tierno y firme directamente en sus labios. Fue un contacto suave, impregnado de una dulzura absoluta y de todo el afecto que había florecido en su corazón durante esos días.
Al separarse despacio, sus caras quedaron a escasos centímetros. El rostro de Claudia estaba encendido en un rubor cálido, pero sus ojos no se desviaron de los de él.
—Te esperaré —murmuró ella con la voz levemente agitada, sonriendo con ternura—. Y te prometo que me comportaré de forma impecable para no traerle ningún problema a tu noble casa mientras estés ausente.
El corazón de Leonardo latió con una fuerza que jamás había experimentado, ni siquiera en medio de las batallas mágicas más feroces de su vida. La calidez de sus labios y la sinceridad de sus palabras desarmaron por completo la rigidez del soberano.
—No tienes que preocuparte por nada de eso —logró decir él, sosteniendo con delicadeza la mano de ella que aún descansaba en su mejilla—. Solo espérame. Volveré por ti.
Con una última mirada llena de promesas no dichas, Leonardo se separó lentamente, dio media vuelta y caminó hacia la salida donde Cedric lo aguardaba.
Al cruzar los portones de la villa y adentrarse en el camino nocturno hacia los carruajes de viaje, Leonardo se tocó levemente los labios con las yemas de los dedos. Una sonrisa auténtica y llena de determinación se dibujó en su rostro bajo la luz de las estrellas. Estaba más decidido que nunca a poner fin al juego de la guerra, para regresar pronto a los brazos de la mujer que había transformado su mundo.