Dante Valderrama lo tenía todo bajo control: su club de carreras, su lengua afilada y un corazón blindado contra cualquiera que intentara acercarse. Hasta que una noche, su peor enemigo de la prepa apareció en su puerta empapado de lluvia, sin un centavo y con la sonrisa más descarada del mundo.
Sebastián Montero estaba en la ruina. O eso decía.
"Te voy a mantener", le dijo Dante con una tarjeta negra en la mano y veneno en la voz. "Pero si me estorbas, te echo a la calle."
Lo que Dante no sabía era que el hombre al que le daba mesada llevaba años soñando con volver a estar a su lado. Lo que tampoco sabía era que Sebastián jamás estuvo quebrado.
Entre secretos de familia que apestan a sangre, una madre cuya muerte nadie investigó, y un hombre que lo mira como si fuera lo único real en su vida... Dante va a tener que decidir: ¿confiar duele más que amar, o es exactamente lo mismo?
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Capítulo 3
Cap 3: Trato hecho
Dos días.
Dos días sin abrir Instagram, sin contestar llamadas que no fueran de Vale, sin salir de la villa más que para comprar Takis y Mineragua en el Oxxo de la esquina. Dos días comiendo cereal directo de la caja, durmiendo en el colchón que seguía en el piso porque no le había dado la gana armar la cama.
Dos días pensando en veinte mil pesos.
El lunes por la mañana, Dante hizo algo que juró que no iba a hacer: abrió el perfil de Sebastián Montero. No desde la conversación bloqueada. Desde una cuenta vieja, sin foto de perfil, sin seguidores. Perfecta para acechar.
El feed de Sebastián era lo de siempre. Coqueta en el parque. Coqueta dormida con la lengua de fuera. Un tipo con cara de modelo y lo único que publicaba era a su perra.
Pero la historia más reciente no era de Coqueta.
Fondo negro. Letras blancas. Dos palabras:
"Busco trabajo."
Dante se quedó mirando la pantalla hasta que la historia desapareció. Quince segundos. Las dos palabras ya se le habían grabado detrás de los ojos como quemadura de flash.
Sebastián Montero buscando trabajo. El mismo que hace tres días le devolvió veinte mil pesos como quien tira propina.
Dante cerró Instagram. Abrió Instagram. Lo cerró otra vez. Aventó el celular al colchón y se tapó la cara con la almohada.
No le importaba. No era problema de Dante.
Excepto que sí lo era. Porque si Sebastián de verdad estaba quebrado, eso significaba que la tarjeta negra no la tomó por diversión, sino por necesidad. Y que los veinte mil pesos del reembolso eran lo último que tenía.
Se destapó la cara. El ventilador daba vueltas con un zumbido desigual que llevaba dos días volviéndolo loco.
La primera vez que vio a Sebastián Montero no fue en el hotel. No fue en el club. Fue en la secundaria.
*
Tenía catorce años y llevaba tres semanas viviendo en casa de los Valderrama. Patricia lo había inscrito en el Colegio Británico porque era donde iba Emilio, y porque Doña Eugenia decidió que si el bastardo iba a llevar el apellido, por lo menos que fuera a una escuela decente.
Primer día. Patio central. Hora del almuerzo. Dante cargaba una charola con un sándwich que no quería comer. Buscaba una mesa vacía donde nadie le preguntara por qué tenía el apellido Valderrama pero nadie lo conocía.
Los vio antes de llegar. Un grupo alrededor de una banca bajo el árbol más grande del patio. Emilio estaba ahí —Dante lo reconoció por la foto que Patricia tenía en la sala—, riendo con esa facilidad que tienen los que nunca han tenido que ganarse un lugar.
Pero Dante no se quedó mirando a Emilio. Se quedó mirando al del centro.
Un chavo de su edad, quizá un poco más alto, con el uniforme arremangado y el pelo cayéndole sobre la frente como si el reglamento fuera una sugerencia. Tenía los pies sobre la banca y un libro abierto sobre las rodillas, pero no estaba leyendo. Miraba al cielo con una expresión de aburrimiento tan completa que parecía que el mundo entero le quedaba chico.
Dante pasó frente al grupo. El chavo bajó la mirada. Lo miró un segundo. Con la misma atención que se le pone a un pájaro que cruza la ventana: lo ves, lo registras, lo olvidas. Y volvió a mirar al cielo.
Dante siguió caminando. Encontró su mesa vacía. Se comió el sándwich sin saborearlo. Nunca supo por qué el recuerdo de ese chavo se le quedó pegado con más fuerza que el de Emilio, que era su medio hermano, que era la razón por la que estaba ahí.
Años después se enteró de que se llamaba Sebastián Montero. Mejor amigo de Emilio. Hijo de los Montero de Polanco.
*
El celular sonó. Dante se sobresaltó tan fuerte que casi se cae del colchón.
Era Vale.
—¿Estás vivo o ya te pudriste entre las cajas?
—Estoy vivo.
—Mentira. Suenas como cadáver recalentado. Oye, mañana en la noche estoy organizando algo en el Fénix. Algo... especial.
Dante se sentó.
—¿Especial cómo?
—Especial como que invité a gente que conoce a Montero. Gente que va a querer ver con sus propios ojos que el principito de Polanco ahora come de tu mano.
—Vale...
—No, escúchame. Tú querías un arreglo, ¿no? Pues un arreglo necesita testigos. Si nadie lo ve, no existe. Llevo dos días aguantándome las ganas de publicarlo y me voy a morir.
—Yo no dije que...
—Mañana. Diez de la noche. Tú llegas con él. Lo demás lo manejo yo. ¿Estamos?
Discutir con Vale era como discutir con la lluvia: inútil, y al final siempre terminabas mojado.
—Estamos.
—¡Así se habla! Ponte guapo. Bueno, la verdad últimamente no te ves tan guapo, así que por lo menos báñate y péinate. Te quiero. Bye.
Colgó antes de que Dante pudiera contestar. Se quedó mirando el techo. Luego el celular. Luego el techo.
Abrió Google.
"Cómo desbloquear a alguien en Instagram."
Desbloqueó a Sebastián Montero. Le mandó un mensaje que le tomó once intentos escribir:
"Mañana a las 8. Paso por ti. Trae ropa decente."
La respuesta llegó en cuarenta segundos.
"¿Decente según tú o según la gente normal?"
Dante apretó los dientes.
"Según yo. Y no llegues tarde."
"No llego tarde a nada, Valderrama. El que llega tarde eres tú. ¿O ya se te olvidó el hotel?"
Dante bloqueó la pantalla y fue a darse un regaderazo con el agua tan caliente que le dejó la piel roja. No contestó. Sebastián ya había dicho que sí.
*
A las ocho en punto del martes, el Lamborghini plateado de Dante se detuvo en una calle de la Roma Norte. Motor encendido. Ventanas abajo.
Lo vio antes de que Sebastián lo viera a él. Parado en la esquina, chamarra negra sin marca visible, jeans oscuros que le quedaban como cosidos directo sobre el cuerpo. Pelo húmedo, peinado hacia atrás. Y no estaba solo.
Un tipo con lentes de pasta y una carpeta bajo el brazo le ofrecía una tarjeta de presentación.
—...representamos varias marcas de ropa deportiva, y tu perfil es exactamente lo que buscan. Sin compromiso, solo una reunión. ¿Qué dices?
Sebastián tomó la tarjeta. La miró por ambos lados. Sonrió con esa sonrisa que Dante ya conocía: la que no significaba nada.
—Gracias, pero no.
—¿Estás seguro? Estamos hablando de contratos de seis cifras para...
—Seguro.
El tipo abrió la boca para insistir, pero Sebastián ya había visto el Lamborghini. Caminó hacia el carro sin despedirse y se dejó caer en el asiento de cuero como si fuera su sala.
—Bonito carro —dijo, poniéndose el cinturón—. ¿Ya te sientes mejor? Porque si no, lo de esta noche no se puede.
—Estoy perfecto —mintió Dante.
—Se nota. Tienes una cara de perfecto que da miedo.
Dante arrancó sin contestar. Sebastián no dijo nada durante tres cuadras, mirando por la ventana con la misma expresión de aquel día en la secundaria: como si el mundo no fuera suficiente para mantener su atención.
—¿A dónde vamos? —preguntó al fin.
—A cenar. Primero hablamos, luego salimos.
—¿Hablamos de qué?
—De las reglas.
Sebastián giró la cabeza y lo miró con los ojos entrecerrados.
—¿Reglas?
—Si esto va a funcionar, necesita reglas. Límites. Condiciones. No soy un idiota, Montero, y no voy a repetir lo del hotel sin saber exactamente qué estoy comprando.
La sonrisa de Sebastián se ensanchó. Lenta. Peligrosa.
—Qué profesional.
*
El restaurante japonés estaba detrás de una puerta de madera sin letrero. Cuarto privado. Mesa baja. Sake de cortesía.
Se sentaron uno frente al otro sobre los cojines del piso. El cuarto olía a madera de cedro y a algo que Dante no identificó: tal vez incienso, tal vez el shampoo de Sebastián.
—Habla —dijo Dante.
—¿No vas a pedir primero?
—Habla, Montero.
Sebastián cruzó los brazos y lo miró con la calma de alguien revisando un menú.
—Si quieres que sea tu mantenido, perfecto. La mitad de todo lo que cargues a esa tarjeta es mía.
Dante parpadeó.
—¿La mitad?
—Mitad. Ropa, cenas, lo que sea. Si tú gastas doscientos mil, yo me quedo con cien. Directo a mi cuenta, sin preguntas.
—Eso es... eso no es un arreglo, eso es un asalto.
—Es el mercado, Valderrama. La oferta y la demanda. Tú quieres algo, yo lo tengo, y resulta que no estoy en posición de regalarlo.
"No estoy en posición de regalarlo." Lo más cerca que Sebastián había estado de admitir que estaba jodido.
—¿Y qué me garantiza que no te vas con la lana y desapareces?
—Nada. Igual que nada me garantiza a mí que no me vas a hacer otra escena como la del hotel.
El sake llegó. Ninguno de los dos lo tocó.
—¿Algo más? —preguntó Dante.
—Sí. Conozco a tu hermano.
El aire del cuarto cambió.
—Emilio no es mi hermano.
—Medio hermano, hermano, lo que sea. Fuimos compañeros desde la secundaria. Sé quién eres, Dante. Y sé que mencionarlo te pone así.
—¿Así cómo?
—Así. Como si quisieras morderme.
Se miraron a través de la mesa con el sake enfriándose entre los dos.
Sebastián fue el primero en moverse. Sacó la tarjeta del cazatalentos del bolsillo de la chamarra, la sostuvo entre dos dedos y la dejó caer en el cenicero.
—Si acostándome contigo me gano una buena lana, ¿para qué meterme en eso?
Dante sirvió el sake. Levantó su vaso.
—Trato hecho.
Sebastián levantó el suyo. Chocaron los vasos con un sonido pequeño, casi íntimo, que no tenía nada que ver con negocios.
—Trato hecho —repitió Sebastián—. ¿Y ahora?
Dante sacó el celular. Tenía un mensaje de Vale: tres emojis de fuego y una ubicación.
—Ahora nos vamos al Fénix. Hay gente que quiere conocer a mi mantenido.
Sebastián se terminó el sake de un trago. Se limpió la boca con el dorso de la mano. Sonrió.
—Entonces que conozcan.