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La Luz En La Tormenta Del Príncipe

La Luz En La Tormenta Del Príncipe

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Grandes Curvas / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Caitlyn llegó a la Mansión Blackwood siendo una niña traviesa que veía en Alexander al príncipe de sus cuentos. Años después, regresa convertida en una mujer fuerte y decidida, pero encuentra a Alexander consumido por el dolor tras la muerte de su esposa y distanciado incluso de su pequeña hija. Mientras cuida de la bebé, Caitlyn intentará devolver la luz al hombre que siempre amó en secreto. Un romance tierno y apasionado donde el amor verdadero puede sanar hasta el corazón más herido.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: Secretos en el Palacio de Mármol

La vida en las dependencias del servicio de la Mansión Blackwood tenía un ritmo predecible, marcado por el tintineo de las tazas de porcelana fina al amanecer, el aroma a lavanda de las sábanas recién planchadas y el rumor constante de las escobas sobre los suelos de piedra. Sin embargo, para Caitlyn, aquel laberinto de pasillos secundarios y cocinas inmensas no era más que el campamento base de sus diarias expediciones. Su abuela, Margaret, intentaba mantenerla ocupada con tareas sencillas como desgranar guisantes o remendar paños de cocina, pero la naturaleza de la niña era la de un río indomable. En cuanto la anciana se descuidaba para revisar los inventarios de la despensa, Caitlyn se escaseaba por las puertas traseras, ansiosa por explorar el verdadero reino que se extendía más allá de las ventanas.

Afuera, el verano devoraba los días con una intensidad dorada. Los jardines de Blackwood eran un monumento a la simetría y al exceso. Laberintos de hiedra, estanques donde nadaban carpas de color naranja encendido y senderos ocultos flanqueados por estatuas de mármol que el tiempo había cubierto con una fina capa de musgo verde. De todos los rincones de la propiedad, el favorito de Caitlyn era, sin duda, el gran jardín de los rosales. Era un espacio cerrado por altos muros de piedra antigua, donde el aroma de las flores era tan denso y dulce que casi se podía saborear en el aire. Rosas de color carmín, blanco marfil, amarillo pálido y un rosa tan encendido que parecía brillar con luz propia se abrían en un estallido de pétalos aterciopelados.

Aquella tarde de martes, Caitlyn vestía otro de sus trajes gastados, un vestido de algodón marrón claro que su abuela le había asignado para "los días de juego", lo que en el vocabulario de Margaret significaba un vestido que ya no importaba si se manchaba de tierra. Las mangas estaban arremangadas hasta los codos, revelando sus brazos pecosos, y sus dos trenzas oscuras se balanceaban contra su espalda mientras caminaba en cuclillas entre los arbustos. Se encontraba en plena misión secreta: recolectar los capullos más grandes y perfectos que habían caído al suelo para construir un pequeño fuerte para las hadas que, según ella, habitaban en las raíces de un viejo roble.

La tierra húmeda se colaba bajo sus uñas y un par de ramitas se habían enredado ya en su cabello rebelde, pero ella sonreía, tarareando una melodía sin sentido. Fue en ese momento cuando el crujido de pasos sobre la gravilla del sendero principal rompió la sinfonía de los grillos.

Caitlyn se congeló. Su corazón infantil dio un vuelco. Recordando la estricta advertencia de su abuela de no dejarse ver por los miembros de la familia o los invitados, se deslizó con la agilidad de una lagartija bajo la densa sombra de un rosal trepador de flores rojas. Los tallos espinosos rozaron la tela de su vestido, pero ella ni siquiera parpadeó. Contuvo el aliento, apartó con delicadeza una hoja grande y miró a través de la rendija verde.

Por el sendero avanzaba Alexander Blackwood.

Si en el vestíbulo de la mansión le había parecido imponente, bajo la cruda luz del sol veraniego resultaba deslumbrante. El joven heredero caminaba sin prisa, con una mano metida en el bolsillo de su pantalón de lino blanco y la otra sosteniendo un libro de pastas de cuero oscuro. No llevaba la chaqueta de montar de la víspera; en su lugar, vestía una camisa de seda blanca de mangas anchas, ligeramente abierta en el cuello, que permitía ver la línea pulcra de su clavícula. La tela, de una blancura deslumbrante, contrastaba de manera perfecta con la calidez de su piel.

Caitlyn contuvo el aliento, fascinada por los detalles nítidos de su rostro. Alexander tenía un perfil que parecía esculpido por los mismos artistas que habían hecho las estatuas del jardín, pero con una vitalidad que el mármol jamás podría imitar. Su cabello castaño claro, perfectamente cortado y peinado, atrapaba los rayos del sol, transformándolos en destellos de oro viejo. No había un solo mechón fuera de lugar, ni una arruga en su ropa, ni una mota de polvo en sus zapatos de cuero marrón claro. Sus ojos, de ese azul grisáceo tan limpio como el agua de un manantial de montaña, recorrían los rosales con una expresión de tranquila introspección.

Para la pequeña Caitlyn, aquello no era la realidad; era un cuento de hadas que cobraba vida ante sus ojos oscuros. Alexander no era simplemente el hijo del dueño de la mansión; era el príncipe de la corona, el guardián del castillo, un ser de un mundo superior donde no existían los remiendos, el trabajo pesado ni las manos sucias. Se quedó tan absorta admirando la perfección de sus gestos, la forma en que sus dedos largos pasaban las páginas del libro, que olvidó por completo la precaución.

El deseo de ver mejor la hizo inclinarse hacia delante. Desafortunadamente, la bota de cuero gastado de Caitlyn presionó una rama seca que yacía oculta bajo las hojas.

¡Crack!

El sonido rompió el silencio del jardín de rosas como un latigazo.

Alexander se detuvo al instante. Sus ojos azules se dirigieron con precisión milimétrica hacia el arbusto de rosas rojas donde Caitlyn se escondía. La niña cerró los ojos con fuerza, encogiéndose sobre sí misma, deseando con todas sus fuerzas volverse invisible o transformarse en una de las tantas mariposas del jardín. El silencio que siguió fue agónico. Solo se escuchaba el zumbido lejano de una abeja y el latido acelerado de su propio pecho.

Luego, escuchó el crujido de la gravilla acercándose. Los pasos se detuvieron justo al lado de su escondite. Una sombra alargada y elegante se proyectó sobre la tierra, cubriéndola.

—Sabes, las rosas rojas son hermosas, pero no recuerdo que tuvieran ojos tan grandes y oscuros —dijo la voz de Alexander, arrastrando una nota de profunda diversión.

Caitlyn abrió un ojo. Frente a ella, las hojas del rosal fueron apartadas con suavidad por una mano de dedos largos e impecables. Alexander se había agachado, quedando de rodillas sobre la gravilla, sin importarle que el lino blanco de sus pantalones pudiera mancharse con la tierra del jardín. Su rostro quedaba ahora a la misma altura que el de la niña. El aroma que desprendía era el mismo que Caitlyn recordaba del vestíbulo: una mezcla embriagadora de cítricos frescos, cuero limpio y el sutil dulzor de las hojas de papel del libro que sostenía.

Atrapada en plena travesura, con las manos cubiertas de tierra negra y las rodillas apoyadas en el suelo, Caitlyn sintió que el calor le subía a las mejillas. Esperó el ceño fruncido, la reprimenda severa o la amenaza de llamar a su abuela para que la castigara. Después de todo, estaba invadiendo el espacio privado del joven amo.

Sin embargo, lo que vio en el rostro de Alexander la dejó sin palabras.

Los labios del joven se curvaron en una sonrisa amplia, franca y de una amabilidad tan genuina que disipó cualquier rastro de temor en el aire. Sus ojos azules se achicaron ligeramente en las esquinas, formando unas pequeñas líneas de expresión que lo hacían ver sumamente accesible y humano, despojándolo por un momento de esa aura de príncipe inalcanzable. No había rastro de altivez ni de molestia en su mirada; solo había una curiosidad brillante y una simpatía sincera hacia la criatura salvaje que lo miraba desde el fango.

—Hola de nuevo, pequeña intrépida —dijo Alexander de manera suave, extendiendo su mano libre para apartar con delicadeza una pequeña rama de rosal que se había enganchado en una de las trenzas de la niña—. Veo que has cambiado la caza de mariposas por la jardinería clandestina. ¿Qué estás haciendo aquí abajo? ¿O es que el suelo del jardín también tiene demasiada grasa?

El chiste hizo que Caitlyn soltara una pequeña risita nerviosa, relajando la tensión de sus hombros. Se sentó sobre sus talones, mostrando sin pudor sus manos sucias.

—Estaba... estaba buscando capullos de rosa para las hadas, señor Alexander —confesó con un hilo de voz, bajando la mirada hacia sus dedos cubiertos de tierra—. Mi abuela dice que las hadas no existen, pero yo sé que sí. Y pensé que si les hacía un castillo con las flores que se caen, se quedarían a vivir en Blackwood.

Alexander observó los capullos maltratados que la niña guardaba en el regazo de su vestido marrón. Lejos de burlarse de su fantasía infantil, el joven asintió con una seriedad fingida que conmovió el corazón de Caitlyn.

—Es una excelente teoría arquitectónica —comentó Alexander, mirando el libro que llevaba en la mano antes de volver a fijar sus ojos claros en ella—. De hecho, en este libro que estoy leyendo hablan de los jardines de la antigua Persia, y decían que los reyes construían canales de agua ocultos para que los espíritus de la naturaleza protegieran las flores. Así que creo que estás en el camino correcto.

Caitlyn abrió los ojos de par en par, maravillada. Su príncipe no solo era hermoso y perfecto, sino que también creía en las mismas cosas mágicas que ella.

—¿De verdad? —preguntó, olvidando por completo la vergüenza—. ¿Los reyes hacían eso?

—Así es —afirmó Alexander, poniéndose de pie con esa gracia fluida que parecía no requerir esfuerzo alguno. Sacudió sus pantalones con un par de toques ligeros de sus manos, eliminando los pocos granos de arena que se habían adherido a la tela—. Pero los reyes también sabían que las hadas prefieren las rosas que están un poco más cerca de la luz. Ven, sal de ahí antes de que una de esas espinas decida morderte el vestido otra vez.

Alexander estiró su mano hacia el interior del arbusto. Caitlyn miró sus propios dedos sucios de barro y luego la palma limpia y perfecta del joven. Dudó por un segundo, temiendo ensuciarlo, pero la calidez que emanaba de la presencia de Alexander era como un imán. Deslizó su pequeña mano texturizada por el trabajo de campo dentro de la de él. Los dedos largos de Alexander la envolvieron con firmeza y, con un tirón suave pero seguro, la ayudó a salir del enredo de ramas espinosas.

Una vez fuera en el sendero, bajo la plenitud de la luz dorada de la tarde, Alexander la miró de arriba abajo con una sonrisa que no perdía su calidez. Con su propio pañuelo de hilo blanco y las iniciales "A.B." bordadas en hilo azul en una esquina, se agachó ligeramente y limpió una mancha de hollín que Caitlyn tenía en la punta de la nariz respingona. El contacto de la tela fina y el aroma a limpio que desprendía el pañuelo hicieron que el corazón de la niña diera un vuelco extraño, una sensación nueva y dulce que no supo cómo nombrar.

—Listo —dijo Alexander, guardando el pañuelo en su bolsillo sin importarle que ahora estuviera manchado de gris—. Ahora pareces un poco más una constructora de castillos y menos un duendecillo del bosque. Puedes quedarte en el jardín de los rosales el tiempo que quieras, Caitlyn. Pero prométeme que tendrás cuidado con las espinas. No me gustaría tener que explicarle a tu abuela por qué mi mejor aliada en Blackwood terminó llena de rasguños.

—Se lo prometo, señor Alexander —respondió ella con entusiasmo, irradiando una felicidad pura que iluminó sus ojos oscuros.

El joven príncipe le dio unas palmaditas suaves en el hombro, le dedicó una última mirada cargada de esa benevolencia tan suya y retomó su caminata por el sendero de gravilla, abriendo nuevamente su libro de pastas oscuras. Caitlyn se quedó inmóvil en medio del camino, rodeada por miles de rosas rojas y blancas, viendo cómo la silueta perfecta de Alexander se alejaba bajo el túnel de árboles. En su mente infantil, el mundo se había vuelto un lugar mucho más brillante. Sabía que no importaba cuántos remiendos tuviera su vestido o cuánta tierra manchara sus manos; en ese inmenso palacio de mármol y piedra, había un príncipe de sonrisa amable que la miraba como si ella fuera alguien especial.

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Nancy Monterrosa
me encanta una historia distinta de amor y reencuentro
Nancy Monterrosa
es hermoso una historia fuera de la linea de hipocresías de envidia de una mujer con otra
Massiel Aguirre
Excelente Bendiciones
Saysa
Hermosa!!!
Yessica Yanina Carrasco Curay
🥰 muy buena la historia y corta
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