Paulo Withmore aprendió muy joven que el amor hay que ganárselo con silencio, con trabajo, con nunca pedir de más.
Siendo muy joven se casó con su mejor amigo de toda la vida, convencido de que por fin había encontrado un hogar propio.
Pero algunas promesas se rompen en silencio y duelen tanto que sientes morir.
Esta es la historia de todo lo que alguien tuvo que perder para finalmente encontrarse a sí mismo y su felicidad.
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4
A los diecisiete, Henry ya no cabía del todo en los recuerdos que Paulo tenía de él. Le había ganado a Paulo casi una cabeza de estatura en apenas dos años, la voz se le había asentado en un registro más grave que todavía a veces le fallaba a mitad de una frase, y algo en su forma de moverse por la casa, más deliberada, menos torpe que antes, hacía que Paulo, sin poder explicarlo del todo, dejara lo que estuviera haciendo cada vez que Henry entraba a una habitación.
No era solo la vista. Era, sobre todo, la fragancia a naranjas que últimamente Henry decia no poder controlar pero que ya casi lograba hacerlo.
Paulo lo sintió mas intenso una tarde de exámenes finales, encerrado en su cuarto con tres materias distintas abiertas sobre el escritorio y la cabeza a punto de estallarle de tanto repasar fechas que se le mezclaban unas con otras. Henry entró sin tocar, como siempre, con dos vasos de algo frío que ni le preguntó si quería, y se sentó en el borde de la cama sin decir nada, dejándole uno cerca del codo.
Paulo respiró hondo, casi sin darse cuenta de que lo hacía, y algo en el pecho se le aflojó de golpe, como si el aire que entraba por primera vez en horas realmente llegara a algún lado. No supo nombrar bien qué era exactamente lo que había cambiado, porque Henry no había dicho ni una palabra todavía. Pero el estómago apretado que llevaba toda la tarde cargando se aflojó un poco, y la migraña que amenazaba con instalarse detrás de sus ojos pareció retroceder un paso.
—¿Vas a sobrevivir? —preguntó Henry, con media sonrisa, mirando los libros esparcidos por el escritorio.
—No sé todavía. Pregúntame en dos días.
—¿Quieres que te deje solo o te sirvo de compañía?
Paulo lo pensó un segundo.
—Compañía silenciosa.
La relación de ambos se había vuelto más de amigos que cualquier otra cosa, Henry y Paulo se apoyaban uno en el otro, su relación en ese momento tenía la etiqueta de amigos, muy buenos amigos y casi hermanos, hasta ese momento para ambos esas etiquetas estaban bien.
Henry se acomodó contra la cabecera, sacó su propio teléfono, y se quedó ahí, sin decir nada más, mientras Paulo volvía a sus apuntes. Y funcionó. Paulo consiguió concentrarse de una forma que no había logrado en toda la tarde, con Henry cerca, sin necesitar que hiciera nada más que estar presente, y cuando finalmente cerró el último cuaderno, ya entrada la noche, se dio cuenta de que llevaba un buen rato sin ese apretón en el pecho que había cargado desde la mañana.
—¿Cómo haces eso? —preguntó, sin pensarlo mucho, todavía con la cabeza puesta en los exámenes.
—¿Hacer qué?
—No sé. Que me calme. Ni siquiera dijiste nada.
Henry se encogió de hombros, aunque algo en su cara sugería que la pregunta le había gustado más de lo que quería demostrar.
—No sé. Será cosa de alfa.
—Qué respuesta más floja.
—Es lo único que tengo, perdón.
—Me gusta, me gusta mas que antes. —Murmuro bajito Paulo.
...***************...
La fiesta de fin de año la organizó un compañero de clase cuyos padres se habían ido de viaje, y Paulo casi no fue, tenía la excusa fácil del cansancio de otro examen la semana siguiente, hasta que Henry se paró en la puerta de su cuarto con esa cara que ponía cuando ya había decidido algo por los dos.
—Vamos. Una hora, nada más, y si te aburres nos vamos.
Se quedaron cuatro horas.
La casa estaba llena de gente que Paulo conocía a medias, música demasiado alta para conversar bien, y ese olor particular de las fiestas de fin de año, mezcla de perfume, feromonas ligeras de jovenes adolescentes y algo dulce que alguien había puesto de más en el ponche. Paulo pasó buena parte de la noche apoyado contra una pared, con un vaso que no terminaba nunca de tomar, viendo a Henry hablar con casi todo el mundo, riéndose fácil, cómodo en esa forma que Paulo nunca había logrado del todo, ni siquiera después de tantos años en el mismo colegio con la misma gente.
En algún momento, una chica de otro salón se le acercó a Henry con una sonrisa demasiado grande, le tocó el brazo al reírse de algo que dijo, y Paulo sintió algo apretarle el estómago que no tenía nada que ver con el cansancio ni con el vaso a medio tomar.
No supo bien qué hacer con eso. Se quedó ahí, viendo la escena desde lejos, hasta que Henry, como si lo hubiera sentido sin necesidad de mirar, se despidió de la chica a mitad de frase y cruzó el patio hasta donde estaba Paulo.
—¿Estás bien? Te ves raro.
—Estoy bien.
—Mentiroso.
Paulo no contestó de inmediato.
—¿Te gusta? La chica esa.
Henry frunció el ceño, genuinamente confundido por un segundo, antes de que algo se le acomodara en la cara.
—¿Qué? No. Ni la conozco de nada, solo hablábamos de la fiesta del sábado. —Lo miró un momento más de lo necesario—. ¿Por eso estás así?
—No estoy así por nada.
—Paulo.
—No sé, ¿sí? No sé por qué me molestó. —Se pasó una mano por la cara, incómodo consigo mismo—. Olvídalo, es una estupidez.
Henry no dijo nada por un rato, ni una broma ni nada que aligerara el momento, solo se quedó parado frente a él, con esa seriedad rara que solo sacaba cuando algo le importaba de verdad. Después, con una voz mucho más baja que antes, casi perdida entre la música que seguía sonando adentro, dijo algo que no era ninguna pregunta.
—A mí también me pasa. Con otras personas que se te acercan a ti.
Paulo lo miró de golpe.
—Llevo un tiempo así. —Henry se metió las manos en los bolsillos, mirando hacia un punto cualquiera del jardín en vez de mirarlo a él, algo que hacía cuando las cosas se ponían demasiado reales para sostenerle la mirada al mismo tiempo.
—No sabía cómo decirlo sin que sonara raro.
—¿Raro cómo?
—Raro como que ya no sé si sigues siendo mi mejor amigo o algo más, y no quería arruinar lo que ya teníamos por preguntarlo mal.
...***************...
No volvieron a hablarlo esa noche. Caminaron de vuelta a casa casi en silencio, con ese tipo de silencio que pesa distinto a los de siempre, hasta que llegaron y estaban por irse cada uno a sus cuartos, cunado Henry, en vez de despedirse como cualquier otra noche, se quedó parado un segundo de más.
—¿Puedo? —preguntó, sin terminar la pregunta, aunque Paulo entendió perfectamente qué le estaba pidiendo permiso para hacer.
Paulo asintió, porque no confiaba del todo en que le saliera la voz si intentaba decir algo.
El beso no fue nada elaborado, torpe, un poco desincronizado al principio, con Henry inclinándose demasiado rápido y Paulo teniendo que corregir el ángulo.
Se separaron despacio. Henry tenía las orejas coloradas, y Paulo probablemente también, aunque no había ningún espejo cerca para confirmarlo.
—Eso pasó de verdad, ¿no? —preguntó Henry, con una risa nerviosa que no lograba disimular del todo.
—Creo que sí.
—Genial. —Se pasó una mano por el pelo, todavía sonriendo como un tonto—. O sea, no genial como "ay qué genial", genial como que de verdad me alegro, pero suena raro decirlo así en voz alta.
—Te entendí.
Se quedaron un rato más solo mirandose, sin decidirse a separarse todavía, hablando en voces bajas sobre nada en particular y sobre todo al mismo tiempo, qué hacer ahora, si decírselo a alguien o quedárselo para ellos un tiempo, si esto cambiaba en algo la forma en que estaban hasta hace pocas horas.
—Prefiero que sea nuestro, por ahora —dijo Paulo, ya en el pasillo, antes de separarse hacia su cuarto—. No porque me dé vergüenza ni nada. Solo quiero que sea nuestro un rato antes de que se vuelva de todos los demás también.
Henry asintió, y le dio la mano un apretón breve antes de soltarla, sin necesitar decir nada más para que quedara claro que estaba de acuerdo.
...***************...
Guardar el secreto resultó más difícil de lo que ninguno de los dos había anticipado, no porque alguien estuviera cerca de descubrirlos, sino porque ahora cualquier excusa servía para buscar al otro. Henry inventaba razones para entrar al cuarto de Paulo que ya ni se molestaba en hacer creíbles. "Vine a ver si seguías vivo", decía, apoyándose en el marco de la puerta con una sonrisa que no engañaba a nadie. Paulo, que nunca había sido de iniciar nada, se descubrió a sí mismo entrando a la habitación de Henry sin ninguna excusa real más que las ganas de verlo.
Una tarde, sentados los dos en la sala, con las manos entrelazadas de una forma que ya no tenía nada de torpe ni de nueva, Henry se quedó callado más tiempo del normal, con esa cara que ponía cuando algo le rondaba la cabeza sin decidirse a decirlo.
—¿Qué?
—Nada. —Hizo una pausa—. Bueno, sí, algo. Pero es raro decirlo.
—Ya dijiste cosas más raras que esa.
Henry se rió, aunque sin soltarle la mano.
—Pensaba en cuando seamos grandes. En que algún día, cuando ya no seamos unos críos, quiero que estés marcado por mí. No ahora, obvio. —Se apuró a aclarar, con las orejas ya coloradas—. Pero algún día. Cuando los dos estemos listos de verdad.
Paulo se quedó procesando eso un momento, sintiendo un calor subirle por el cuello que no tenía nada que ver con el sol de la tarde. En el mundo en que habían crecido, la marca no era solo un gesto romántico, era un lazo real, algo que se sentía en el cuerpo entero, una forma de decir para siempre que iba más allá de cualquier palabra. Que Henry ya estuviera pensando en eso, tan pronto, con esa seriedad que no usaba para bromear, le pareció a la vez aterrador y exactamente lo que quería escuchar.
—¿Y si te digo que sí, ya, ahora mismo, sin esperar a ser grandes?
—Te diría que no, porque somos unos idiotas de diecisiete años y capaz que en dos meses ni siquiera te caigo bien.
—Nunca me vas a caer mal.
—Eso dices ahora. —Henry le apretó la mano un poco más fuerte—. Prefiero esperar. Que cuando pase, sea porque los dos estamos seguros de verdad, no porque teníamos diecisiete años y las hormonas revueltas.
Paulo apoyó la cabeza en su hombro, sin decir nada más, y se quedaron así un rato largo, sin saber todavía cuánto podía cambiar el mundo en unos años más.
...***************...
La primera vez que salieron solos, sin llamarlo cita porque a ninguno de los dos le salía decir esa palabra sin ponerse colorado, fue al cine un sábado por la tarde, con la excusa fácil de que Karla les había pedido hacer unos mandados cerca. No hicieron ningún mandado. Vieron una película que ninguno de los dos recordaría del todo bien después, más ocupados en la mano del otro apoyada sobre el descansabrazos compartido, en el hombro de Henry que Paulo terminó usando de almohada a mitad de la función, en ese tipo de cercanía nueva que todavía se sentía frágil y emocionante al mismo tiempo.
Volvieron a casa ya de noche, caminando despacio, sin ninguna prisa por llegar, deteniéndose a comprar algo de comer en el puesto de la esquina antes de cruzar la última cuadra. Estaban todavía riéndose de algo tonto cuando entraron por la puerta, y por eso ninguno de los dos se dio cuenta a tiempo de que Karla estaba en la sala, hasta que ya era demasiado tarde para soltarse las manos con naturalidad.
Karla los miró un segundo de más. Paulo sintió el corazón subírsele a la garganta, calculando a toda velocidad qué decir, qué inventar, cómo arreglar algo que en realidad no necesitaba arreglo ninguno pero que en ese momento se sentía como una catástrofe inminente.
—¿Cómo estuvo la película? —preguntó Karla, sin ningún cambio raro en la voz, ya volviendo la vista a la revista que tenía en las manos.
—Bien —contestó Henry, con una naturalidad que a Paulo le pareció casi sospechosa de tan bien lograda—. Buena, la verdad.
—Qué bueno. —Pasó una página, sin levantar la vista otra vez—. Hay algo de cenar en la cocina si tienen hambre.
Subieron las escaleras casi corriendo, aguantando la risa hasta que estuvieron lo suficientemente lejos como para que no los escuchara, y una vez en el cuarto de Paulo, con la puerta ya cerrada, se dejaron caer los dos en la cama, todavía riéndose sin ningún motivo real más que los nervios recién soltados.
—Creo que no se dio cuenta —dijo Paulo, todavía con el corazón latiéndole rápido.
—O se dio cuenta y no le importó.
—¿Tú crees?
Henry se encogió de hombros, aunque algo en su cara sugería que lo había pensado más de lo que quería admitir.
—No sé. Pero si se hubiera enojado, ya lo estaríamos sabiendo. Mi mamá no es de guardarse las cosas.
Paulo se quedó pensando en eso un momento, y aunque no tenía ninguna certeza real de que fuera así, decidió creerle, al menos por esa noche. Imaginar toda clase de complicaciones que todavía no habían pasado le quitaba las ganas de disfrutar lo que hasta hacía un minuto había sido una tarde perfecta.
Esa noche, ya en su cama, Paulo se quedó despierto más tiempo del que hubiera querido, y pensando, con una claridad que pocas veces sentía sobre nada, que fuera lo que fuera esto que acababa de empezar, no tenía ninguna intención de dejarlo ir.