Helena Fiallet creía que lo peor que podía pasarle era descubrir la traición de Sebastián. Lo que no imaginaba era que, una noche, terminaría en los brazos de otro hombre.
Benjamin Scott quién parecía un error del que debía olvidarse… hasta que volvió a aparecer en su vida.
Y entonces Helena descubrió la verdad: Benjamin era el tío de Sebastián.
Lo que comenzó como una noche equivocada pronto se convirtió en una atracción imposible de ignorar. Porque cuanto más intenta alejarse de Benjamin, más descubre que aquello nunca fue un error.
Y ahora deberá decidir qué es más peligroso: enamorarse del hombre equivocado o descubrir que quizá siempre fue el correcto.
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Una bofetada
Eran casi las nueve de la noche cuando el timbre de la casa Fiallet resonó. Helena bajó las escaleras todavía en pijama: un conjunto de algodón gris claro, el cabello recogido en un moño desordenado y la cara lavada. No esperaba a nadie. Abrió la puerta… y se encontró con Sebastian.
Llevaba una caja de chocolates belgas en una mano y una expresión que intentaba ser arrepentida, casi dulce.
—Sé que no me estás contestando —dijo sin preámbulos—. Pero necesitaba verte. Traje tus favoritos.
Helena no tomó la caja. Se quedó en el umbral, con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Sebastian… no es buen momento.
Él dio un paso más cerca, bajando la voz.
—En dos días es mi ceremonia de grados. Allie y Antonia también estarán allí, pues Rodolfo se recibe, ¿recuerdas? Podríamos ir juntos. Un dos por uno: tu novio y estarás con tus mejores amigas, para que no te aburras. Quiero que estés ahí. Por favor.
Helena cerró los ojos un segundo. El nudo en la garganta se apretó. Sabía que si dejaba pasar esa noche, el secreto seguiría creciendo como una enfermedad. Respiró hondo y levantó la mirada.
—Tengo que decirte algo importante.
Sebastian frunció el ceño, pero asintió.
—Dime.
Ella apretó los dedos contra los antebrazos hasta que se le pusieron blancos.
—En el viaje a Inglaterra… conocí a alguien. Y estuve con él. Solo una vez. Fue después de que termináramos. Yo… no estaba contigo en ese momento.
El silencio que siguió fue tan denso que Helena pudo oír el latido de su propia sangre en los oídos. Sebastian se quedó inmóvil. La caja de chocolates se le resbaló de los dedos y cayó al suelo con un ruido sordo. Cuando habló, la voz le salió baja, peligrosa.
—¿Me estás diciendo que te acostaste con otro?
—Fue una vez. Y estábamos separados…
La bofetada llegó tan rápido que Helena no alcanzó a verla venir. El impacto le giró la cabeza hacia un lado. El sabor metálico de la sangre llenó su boca al instante. El labio inferior se partió. El ardor se extendió por toda la mejilla.
Sebastian respiraba agitado, los ojos encendidos de una furia que ella nunca le había visto.
—Yo te esperé un año entero —escupió—. Un año completo. Te respeté. Me contuve. Te di tiempo. Y tú… tú te niegas una y otra vez conmigo… y vas y se lo entregas al primero que se te cruza. ¿Qué clase de persona eres?
Helena se llevó la mano a la boca. Los dedos salieron manchados de rojo.
—Sebastian, por favor…
Pero él ya había dado media vuelta. Bajó las escaleras del porche de dos en dos, subió al auto y arrancó con un chirrido de llantas que rompió la quietud de la calle.
Helena entró tambaleándose. Cerró la puerta con el hombro y subió a su habitación sin encender las luces. Afortunadamente, Robert y Louis todavía no habían llegado. Se dejó caer de rodillas frente al espejo del baño y miró su reflejo: el labio hinchado, la sangre que le bajaba por la barbilla, los ojos vidriosos. El dolor físico era agudo, pero insignificante comparado con el que le destrozaba el pecho.
Se enjuagó la boca con agua fría. Se presionó una toalla húmeda contra el labio. Y se quedó sentada en el suelo del baño, temblando, hasta que el reloj marcó casi las once.
En la mansión Scott, la cena familiar transcurría en un silencio tenso. Gerard presidía la mesa. Felipe cortaba la carne con movimientos mecánicos. Oriana, la madre de Sebastian, removía la sopa sin mucho apetito. Benjamin bebía vino tinto en silencio, la mirada perdida en algún punto de la pared.
La puerta principal se abrió de golpe. Sebastian entró como una tormenta. Olía a alcohol barato y a rabia. La camisa desabotonada, el pelo revuelto, los ojos inyectados en sangre. Se dirigió directo hacia Benjamin y se detuvo frente a él, tambaleándose apenas.
—Tenías razón —dijo con la voz pastosa—. Tenías toda la puta razón.
Benjamin levantó la vista despacio.
—¿De qué hablas?
Sebastian soltó una risa amarga y se pasó una mano por la cara.
—Helena es una zorra. La peor persona del mundo. Se acostó con un tipo… un cualquiera. Y ni siquiera me quiso dar el nombre. Lo protegió. Solo porque “habíamos terminado”. Y lo mejor de todo… —su voz se quebró de furia— …es que nunca quiso entregarme su virginidad a mí. A mí, que la esperé como un idiota. Pero a ese desconocido sí. Encantada.
Un silencio absoluto cayó sobre la mesa. Gerard dejó el tenedor. Felipe se quedó congelado. Oriana, en cambio, soltó un resoplido cargado de desprecio.
—Yo siempre lo supe —dijo la mujer, mirando a su hijo con una mezcla de lástima y satisfacción—. Siempre supe que esa chica era una morroga. Se le notaba. Demasiado linda, demasiado decente… demasiadas ganas de parecer lo que no era. Te lo advertí, Sebastian. Las de su clase siempre terminan igual.
Benjamin no dijo nada. Apenas parpadeó. Por dentro, sin embargo, las piezas encajaron con una claridad brutal.
Helena le había contado la verdad. Pero no toda.
Había omitido el nombre. Había omitido que el hombre con el que se había acostado era él.
Y ahora Sebastian, borracho y destrozado, le daba la razón frente a toda la familia… sin sospechar ni por un segundo que el “cualquiera” estaba sentado exactamente frente a él, bebiendo el mismo vino y guardando el mismo secreto.
Benjamin dejó la copa sobre la mesa con cuidado. El cristal tintineó apenas.
No sonrió. No se inmutó. Solo sintió, por primera vez en mucho tiempo, que el control que tanto apreciaba se le escapaba de entre los dedos como arena fina.