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El bebé que nunca fue de mi esposo

El bebé que nunca fue de mi esposo

Status: En proceso
Genre:Doctor / Vientre de alquiler / Amante arrepentido
Popularitas:136
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell



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Capítulo 11

Capítulo 11 — Todos probarán el supuesto suplemento

La amenaza de aborto resultó ser el mejor escudo que Valeria Montes había tenido nunca. Con el informe del doctor Ortega en la mano, nadie osaba contradecirla. Vivía sola en su villa, iba al instituto sin que nadie protestara, y hasta Adrián Del Valle, en las semanas siguientes, se comportó con una prudencia insólita, temeroso de que cualquier sobresalto le costara al heredero.

Fue en medio de esa calma vigilada que llegó la fecha del gran acontecimiento familiar: el octogésimo segundo cumpleaños de la abuela Del Valle.

La familia entera se movilizó. Habría una gran cena en la mansión, con los dos grupos de accionistas familiares reunidos —el de Roberto Del Valle, padre de Adrián Del Valle, y el del difunto Ernesto Del Valle, cuya viuda, Patricia Robles, nunca perdía ocasión de recordar que ellos también tenían derechos sobre la empresa—. Valeria Montes se preparó con esmero. Eligió el regalo con cuidado, un broche art déco antiguo que sabía que la anciana apreciaría de verdad, y lo pagó, sin el menor remordimiento, con la tarjeta de Adrián Del Valle.

Que sirva para algo su dinero, pensó.

La noche del banquete, la abuela la recibió con la misma calidez de siempre, tomándole las manos delante de todos.

—Vale, mi niña. Ven, siéntate a mi lado. —Se volvió hacia la mesa entera, radiante—. Ya lo saben todos: mi Vale me va a dar un bisnieto. La primera buena noticia de verdad que tiene esta familia en años.

El anuncio, hecho con tanto orgullo por la matriarca, no cayó bien en todos los rincones de la mesa.

Patricia Robles, sentada frente a ella con su nuera, dejó la copa con un tintineo demasiado fuerte.

—Vaya, qué milagro —dijo, con una sonrisa ácida—. Tres años sin poder, y de pronto embarazada. —Ladeó la cabeza—. Yo que tú, Vale, andaría con cuidado. A veces esas cosas que llegan tan de repente se van igual de rápido. En fin. Espero de corazón que este te dure.

El insulto quedó flotando sobre los platos. Mónica Salazar sonrió apenas, complacida de que otra hiciera el trabajo sucio.

Valeria Montes no se inmutó. Al contrario: sonrió con dulzura, como si su tía hubiera dicho algo entrañable.

—Tía Patricia, qué considerada. Tiene toda la razón, hay que cuidar estas cosas. —Se giró hacia Daniela Ruiz, la esposa de Bruno Del Valle, una joven de rostro tenso que la miraba con envidia mal disimulada—. Daniela, tú y Bruno llevan tiempo intentándolo, ¿verdad? Sé lo difícil que es. A mí me costó años. —Bajó la voz con una confidencia cálida—. Mira, no quiero presumir, pero la señora Salazar, mi suegra, me estuvo dando durante mucho tiempo un suplemento especial para la fertilidad. Muy potente. Yo creo de verdad que gracias a eso quedé embarazada. —Sacó del bolso el frasco que había guardado—. Toma. A mí ya no me hace falta. Ojalá te traiga la misma suerte que a mí.

El gesto fue tan generoso, tan público, que Daniela Ruiz no pudo rechazarlo sin quedar mal. Extendió la mano y tomó el sobre con una sonrisa forzada.

—Qué… amable.

Al otro extremo de la mesa, a Mónica Salazar se le heló la sangre.

Ella sabía exactamente qué contenía ese frasco. No un suplemento para concebir. Todo lo contrario: la fórmula con la que había esterilizado a Valeria Montes durante tres años. Y ahora esas mismas cápsulas acababan de pasar, ante toda la familia, a manos de la esposa del sobrino rival.

Si Daniela Ruiz las tomaba, jamás quedaría embarazada. Y cuando el grupo de Ernesto Del Valle, tarde o temprano, mandara analizar por qué —porque lo harían, tan obsesionados como estaban con asegurar su parte de la herencia—, el rastro conduciría directo hasta ella, hasta el frasco que había regalado su sobrina política.

—Espera, Daniela, no… —Mónica Salazar se incorporó a medias, la voz quebrada de pánico—. Ese suplemento quizá no sea… quizá esté vencido, no vaya a…

—¿Vencido? —Valeria Montes la miró con inocencia perfecta—. Madre, si me lo diste hace apenas unas semanas. Y a mí me funcionó de maravilla. ¿No querrás decir que le darías a tu nuera algo que no le darías con gusto a una sobrina?

Mónica Salazar se quedó a media palabra, atrapada. Retractarse ahora sería confesar que el suplemento no era lo que decía. Volvió a sentarse muy despacio, blanca, con el frasco ya guardado en el bolso de Daniela Ruiz, fuera de su alcance para siempre.

Que tomen todas la misma medicina, pensó Valeria Montes, sirviéndose agua con la serenidad de quien acaba de plantar una bomba y ajusta el reloj. Tú me la diste a mí durante tres años, madre. Sería una pena que se desperdiciara.

La abuela, ajena al drama silencioso, estaba encantada con su nuera favorita.

—Mónica —dijo la anciana, buscando algo en su joyero—, tú criaste bien a este hijo, después de todo. Toma. —Le tendió un collar de perlas de doble hilera, magnífico—. Por el bisnieto que viene.

Mónica Salazar recibió el collar con manos que le temblaban, incapaz de disfrutar la recompensa, sabiendo que se la habían dado por un embarazo que ella misma había intentado impedir y por un regalo que iba a costarle carísimo.

Valeria Montes le sonrió a la abuela y aceptó otra porción de tarta.

De todas las cenas en la mansión Del Valle, aquella fue, sin duda, la que más disfrutó.

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