Milena Cruz siempre fue la mujer que los Ríos escondían: la prima pobre, la de la cara marcada, la esposa fea que nadie elegiría. Pero cuando Valeria Ríos se niega a casarse con Dante Navarro, el heredero maldito de la Manada Luna de Hierro, Milena es enviada en su lugar para salvar a su abuela.
Todos creen que Dante está condenado. Sus novias anteriores murieron antes del amanecer, su lobo fue sellado con plata y acónito lunar, y el Consejo solo necesita otra víctima para cerrar el ataúd del Alfa.
Pero Milena no muere.
Su aroma despierta al lobo dormido de Dante. Su sangre de sanadora calma el veneno que nadie pudo tocar. Y el Alfa que debía destruirla empieza a protegerla frente a toda la manada, aunque hacerlo lo acerque a la muerte.
Milena llegó como una sustituta despreciada. Una esposa fea comprada con amenazas. Pero bajo sus cicatrices se esconde una heredera Cruz-Varela, una loba sanadora capaz de romper juramentos de sangre y desnudar las mentiras que enterraron a otras novias antes que ella.
Entre falsas Lunas, pactos de sangre, desafíos de Alfa y un vínculo de mate que arde cada vez que intentan separarlos, Milena tendrá que decidir si huye del Alfa maldito o si acepta el lugar que siempre le perteneció.
Porque la mujer que todos llamaron fea no nació para ser sacrificada.
Nació para convertirse en Luna.
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Capítulo 4
Capítulo 4: No soy Valeria
—¿Quién es Valeria Ríos?
La pregunta quedó entre Dante y Milena.
Patricia seguía de rodillas. Jacobo no se levantó. Los guerreros mantenían la cabeza baja, pero Milena podía sentir sus ojos sobre ella. En Casa Lirio, una mentira no se rompía sola. La olían hasta que sangraba.
Dante no soltó su muñeca.
Sus dedos estaban fríos. La piel de Milena seguía caliente donde él la tocaba. El pulso le golpeaba en la garganta. No quería acercarse más. Tampoco podía apartarse sin sentir que se arrancaba por dentro.
—Es su novia —dijo Patricia.
La voz le salió fina.
Dante no la miró.
—Le pregunté a ella.
La orden no fue fuerte. No hizo falta. Patricia cerró la boca.
Milena respiró por la nariz. El cuarto olía a veneno, miedo y cedro negro. Dante estaba pálido. La mano que la sujetaba temblaba apenas. No por debilidad. Por rabia contenida.
—Valeria Ríos es la hija de Patricia —dijo Milena—. La mujer que usted debía recibir esta noche.
Jacobo levantó la mirada.
—¿Y usted?
Milena miró a Dante.
—Milena Cruz.
Patricia soltó un gemido.
—¡Miente!
Dante giró la cabeza hacia ella.
Patricia volvió a inclinarse hasta tocar el piso con las manos.
Milena sintió la presión de la orden Alpha como una mano en la nuca. No la aplastó. La rozó. Aun así, sus rodillas protestaron.
Dante volvió a ella.
—¿Por qué estás aquí?
—Porque Patricia necesita que su hija siga viva.
—Milena —escupió Patricia.
Milena no le dio el gusto de mirarla.
—Y porqué Abuela Clara también necesita seguir viva.
Los ojos de Dante cambiaron. El filo dorado se hizo más claro.
—Explique.
El trato estaba ahí. No amable. No seguro. Pero era una puerta.
Milena tiró suavemente de su muñeca. Dante no la soltó.
—Si quiere respuestas, suélteme.
Jacobo dejó escapar un aire corto.
Nadie le hablaba así a un Alpha.
Dante bajó la mirada a sus propios dedos. Pareció darse cuenta de que la estaba sujetando. La soltó despacio.
El calor se quedó en la piel de Milena.
—Patricia me trajo con el nombre de Valeria —dijo—. A cambio, envió a mi abuela al ala lunar del Sanatorio Luna Clara. Si yo hablaba antes de llegar, la dejaba sin sanadora.
—Eso es falso —dijo Patricia desde el piso—. Esta mujer está confundida. Es una campesina. Su cara...
—Una palabra más sobre mi cara y le saco los dientes —dijo Milena.
El cuarto quedó quieto.
Jacobo la miró con una sorpresa seca. Uno de los guerreros bajó más la cabeza para esconder una sonrisa.
Dante no sonrió.
Pero el olor a cedro negro se hizo más fuerte.
—Jacobo —dijo.
—Alpha.
—Abuela Clara Cruz. Sanatorio Luna Clara. Ahora.
Jacobo se puso de pie.
—Sí, Alpha.
Patricia levantó la cabeza.
—No puede hacer eso. Los Ríos tenemos un acuerdo con el Consejo.
—Yo también.
Dante intentó incorporarse.
No pudo.
El cuerpo le falló antes de levantar los hombros. Las marcas plateadas de las muñecas se encendieron bajo la piel. El olor a acónito subió de golpe.
Milena se acercó sin pensarlo.
—No se mueva.
Dante mostró los dientes.
—No me dé órdenes en mi casa.
—Entonces no se muera en mis manos.
Lo dijo antes de medirlo.
Dante la miró.
El cuarto se volvió más pequeño.
Milena tomó el paño limpio, mojó la tela y le limpió otra línea oscura del cuello. Esta vez no usó sangre. No todavía. Solo quitó el veneno de la piel y sostuvo la respiración cuando el calor volvió a subirle por los dedos.
—Necesita una sanadora de verdad —dijo.
—Ya llegó una —murmuró Dante.
Milena apretó el paño.
—Yo no soy de ustedes.
—No.
Su voz raspó.
—Todavía no.
Milena retrocedió un paso.
Jacobo volvió al cuarto con un teléfono en la mano.
—Abuela Clara Cruz está en ala lunar. Estable. Sanadora asignada hasta el amanecer.
Milena soltó el aire.
Patricia cerró los ojos.
—La señora Ríos pidió que el acceso quede bajo autorización familiar —añadió Jacobo—. Puedo cambiarlo a autorización Alpha.
Dante no apartó los ojos de Milena.
—Hágalo.
—No —dijo Patricia.
La palabra murió cuando Dante la miró.
—La anciana queda bajo protección de Luna de Hierro —dijo Dante.
Milena levantó la cabeza.
—¿A cambio de qué?
—De respuestas.
—No sé todo.
—Sabe más de lo que dice.
—Y usted huele más muerto de lo que admite.
Jacobo tosió una vez, más advertencia que carraspeo.
Dante cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, el dorado había bajado.
—Jacobo, saque a Patricia Ríos de mi cuarto.
—Alpha, por favor —dijo Patricia—. La niña no entiende. Valeria puede venir. Podemos arreglar...
—Fuera.
La orden golpeó.
Patricia se dobló de nuevo. Esta vez no pudo hablar.
Los guerreros la levantaron por los brazos. Ella miró a Milena con odio limpio.
—Esto te va a costar caro.
Milena le devolvió la mirada.
—Ya me cobró por adelantado.
La sacaron.
El cuarto quedó más frío.
Dante respiró con dificultad. La fuerza que había usado para hablar le estaba cobrando. Milena lo vio en el temblor de su mano, en el sudor nuevo sobre su frente, en el olor amargo que volvía a subir.
—Necesita descansar —dijo.
—Usted necesita dejar de mentir.
—Y usted necesita dejar de fingir que esto es un sueño.
Dante la observó.
—Milena Cruz.
Su nombre en esa voz le rozó la piel.
—Sí.
—Si intenta huir, la frontera la detendrá.
—Si intenta encerrarme, voy a morder.
Esta vez le apareció en la boca un rastro de vida.
—Bien.
Jacobo volvió a entrar.
—El ala este está lista.
Milena miró a Dante.
—¿Ala este?
—No volverá con los Ríos —dijo Dante.
—No soy su prisionera.
—Esta noche, no. Mañana dependerá de lo que diga el Consejo.
Milena sintió el suelo moverse bajo sus pies aunque no se movió nada.
—¿Consejo?
Jacobo guardó el teléfono.
—Su presencia aquí es fraude de sangre, señorita Cruz. En Luna de Hierro eso se juzga.
Dante cerró los ojos.
—Y hasta que se juzgue, se queda viva.
Milena no supo qué responder.
En esa casa, una promesa podía morder igual que una amenaza.
Dos guerreros la escoltaron fuera del cuarto. Antes de cruzar la puerta, miró atrás.
Dante seguía en la cama, pálido y roto.
Pero despierto.
Y mirándola.
—Jacobo —dijo él.
—Alpha.
—Quiero todo sobre Milena Cruz antes del amanecer.
La puerta se cerró.