Tras ser traicionada por su mejor amiga y su entrenador, la prodigiosa animadora Emma es asesinada. Al renacer dos años antes, se une al equipo rival para reconstruirlo y reunir pruebas con las que desenmascarar a quienes la destruyeron.
NovelToon tiene autorización de patricia sinisterra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 3: Reglas nuevas, principios firmes
A la mañana siguiente, llegué al gimnasio veinte minutos antes de la hora acordada. Quería que el equipo encontrara el espacio listo, ordenado y con un plan claro. Encendí la música —algo animado pero no estridente—, coloqué las marcas en el suelo con cinta adhesiva y anoté en una pizarra vieja los objetivos del día. Cuando Zoe, Lucas y Mara entraron, se detuvieron en la puerta, sorprendidos.
—¿Tan temprano? —preguntó Lucas, bostezando, aunque su sonrisa delataba que le gustaba la iniciativa.
—El éxito no espera a nadie —respondí, señalando la pizarra—. Hoy no solo practicaremos movimientos. Estableceremos las reglas del equipo. Y estas reglas no son negociables.
Me acerqué a ellos, con las manos entrelazadas.
—Primera regla: Respeto mutuo. Aquí nadie se burla de los errores. Si alguien falla, todos ayudan. Porque un equipo es tan fuerte como su miembro más débil. Segunda regla: Esfuerzo igual para todos. Nadie da menos del cien por ciento. Si te falta energía, buscas la manera de encontrarla. Tercera regla: Honestidad. Si algo te molesta, si algo no está bien, lo dices. No hay secretos entre nosotros. Y cuarta regla: Lealtad. Aquí nadie se queda atrás. Nadie se vende. Nadie traiciona.
Zoe me miró con los ojos entrecerrados.
—Suena muy bonito, Emma. Pero en Westford no funcionaba así, ¿verdad?
Me quedé callada un instante. Su pregunta me dolió, porque era verdad. Allí la traición había sido la moneda de cambio.
—No —admití—. Allí no funcionaba así. Y por eso me fui. Porque sé que se puede hacer mejor. Sé que un equipo puede ser familia, no competencia entre sus propios miembros.
—¿Y si alguien no cumple las reglas? —preguntó Mara, bajito.
—Se le da una oportunidad. Si vuelve a fallar, se le pide que se vaya —respondí con firmeza—. No podemos permitirnos a nadie que rompa la confianza. La confianza tarda años en construirse y un segundo en destruirse.
Esa frase salió de mi boca sin pensarlo, pero era la pura verdad. La había aprendido con mi propia sangre.
Pasamos toda la mañana entrenando. Les enseñé a respirar, a controlar el equilibrio, a sincronizar los movimientos hasta que parecía que un solo cuerpo se movía. Lucas, que era el más torpe, resultó ser el más perseverante: cada vez que caía, se levantaba y volvía a intentarlo, sin quejarse nunca. Zoe, que parecía la más cerrada, descubrimos que tenía una voz potente y un ritmo natural para los cánticos. Mara, tímida al principio, brillaba en las figuras de precisión: sus movimientos eran suaves, exactos, casi perfectos.
Al mediodía, nos sentamos todos en el suelo, agotados pero felices, compartiendo lo que habíamos traído para comer. Me di cuenta de que hacía mucho tiempo —en mi vida anterior— que no compartía un momento tan simple y genuino con nadie. Con Lila siempre había competencia, siempre había comparaciones, siempre había que ser la mejor. Aquí, nadie intentaba ser mejor que el otro; todos intentaban ser mejores juntos.
—¿Por qué de verdad viniste aquí, Emma? —preguntó Zoe de repente, mientras mordía una manzana—. No es solo por cambiar de aires. Se nota que hay algo más.
Me quedé congelada. No podía decirles la verdad: que venía del futuro, que venía a vengar mi muerte, que su equipo era mi escudo contra quienes me destruyeron. Sonaría a locura. Y además, no quería mezclarlos en mi peligro.
—Porque necesitaba empezar de nuevo —dije, con sinceridad a medias—. En mi antiguo equipo… me lastimaron. De una manera que no esperaba. Y cuando vi aquí, vi la oportunidad de hacer las cosas bien. De crear algo que valga la pena. No por trofeos, sino por nosotros.
Zoe asintió, como si aceptara mi respuesta por ahora.
—Pues aquí estamos. Y si alguien te molesta, tendrá que lidiar con nosotros.
Me emocioné. No esperaba que me aceptaran tan rápido, ni que me ofrecieran protección cuando yo era la que debía protegerlos.
—Gracias —dije, con la voz un poco temblorosa—. De verdad.
Esa tarde, cuando salí del gimnasio, vi un coche estacionado frente a la entrada. Al volante, el entrenador Márquez. Nos miró fijamente, con esa expresión impasible que siempre tenía. El corazón se me aceleró, pero no aparté la mirada. Le sostuve la vista, desafiante, hasta que arrancó el coche y se marchó.
Sabía que me vigilaba. Sabía que no me dejaría en paz. Pero ahora no estaba sola. Tenía un equipo. Tenía gente que creía en mí. Y eso era algo que él nunca podría quitarme.