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La Alegría De Los Vesinos

La Alegría De Los Vesinos

Status: En proceso
Genre:Comedia
Popularitas:79
Nilai: 5
nombre de autor: Lohendy G

En la calle de los Mangos, en el corazón de San José, existe un edificio de tres pisos de color amarillo desvaído, con escaleras que crujen más que las quejas de doña Eustaquia y un patio donde crecen plantas que nadie plantó pero que todos riegan. Aquí nadie tiene secretos porque las paredes son tan delgadas que se escucha hasta cuando alguien busca las llantas en la bolsa. Y lo mejor: cada día pasa algo tan absurdo que nadie podría inventarlo. Esta es la historia de sus vecinos, sus líos, sus risas y esa alegría contagiosa que nace cuando las vidas se mezclan demasiado.

NovelToon tiene autorización de Lohendy G para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El concurso de comida que nadie gano

Todo empezó un martes por la tarde, cuando doña Eustaquia salió al patio con las manos en la cintura y voz de quien ha tomado una decisión irrevocable. Había estado pensando: en aquel edificio todos hablaban, se reían, se metían en líos… pero nadie mostraba sus habilidades culinarias. Así que, golpeando suavemente la mesa de madera del patio, anunció:

—¡Escuchen bien, vecinos! El próximo domingo, aquí mismo, celebraremos el Gran Concurso de Comida de la Calle de los Mangos. Cada quien traerá su mejor plato, lo pondremos sobre esta mesa, y elegiremos el más rico. ¡El ganador será nombrado “El Mejor Cocinero del Edificio” y llevará como premio una cesta con mangos dulces del árbol de Don Beto!

—¡Bravo! —gritó Don Beto, que estaba sentado junto al pozo de flores—. ¡Una excelente idea! Yo llevo mi especialidad: arroz con frijoles. ¡Nadie los hace mejor que yo!

—Pues yo llevo un postre de mi propia invención —dijo la señorita Lidia, con los ojos brillantes—. Se llama “Delicia de Vainilla y Canela”. ¡Seguro les encantará!

—Y yo preparo algo muy especial —anunció el Charly, frotándose las manos—. Una mezcla secreta que aprendí de un tío mío que vivió en la costa. ¡Lleva de todo un poco!

La señora Pérez dijo que haría sus famosas empanadas de carne, los niños prometieron ayudar a decorar los platos, y hasta Don Casimiro asintió despacio, diciendo que llevaría “algo sencillo”. Doña Eustaquia, por su parte, sonrió satisfecha: ella llevaría su legendario guiso, del que decía que era tan sabroso que “hasta los santos bajarían a probarlo”.

Llegó el domingo por la tarde. El sol caía suave sobre el patio, las flores del pozo de Don Beto se mecían con la brisa, y la mesa estaba cubierta con un mantel blanco que la señora Pérez había bordado con flores rojas. Uno a uno fueron llegando los vecinos con sus platos, todos cubiertos con paños limpios para que nadie viera el contenido antes de tiempo. Cuando todos estuvieron listos, doña Eustaquia dio la señal:

—¡A descubrir!

Y fue entonces cuando empezó lo curioso.

El primero en destapar su plato fue Don Beto. Al levantar el paño, todos se quedaron mirando en silencio. El arroz tenía un color oscuro, casi café, y encima los frijoles parecían piedras pequeñas y duras. Don Beto se aclaró la garganta:

—Bueno… se me olvidó apagar el fuego a tiempo. Quedó un poquito tostado. Pero el sabor es igual, ¡se los aseguro!

Sonrió con una confianza que nadie compartía.

Después fue el turno de la señorita Lidia. Al descubrir su postre, vieron algo blanco y esponjoso que… se movía un poquito.

—¿Qué le pusiste? —preguntó doña Eustaquia, acercándose con cautela.

—Pues… leche, azúcar, huevos, vainilla… y un poquito de levadura —explicó ella, ruborizándose—. Parece que se me ocurrió ponerle levadura de pan en lugar de polvo de hornear. ¡Pero debe saber rico igual!

El Charly destapó su plato a continuación. Había algo de color verdoso oscuro, con trozos que no se distinguían bien, que despedía un olor fuerte y picante que hizo toser a todos.

—Es que le puse muchas especias —dijo él, rascándose la cabeza—. Para que tenga carácter.

La señora Pérez destapó sus empanadas, que se veían doradas y bonitas… pero al mirarlas de cerca, se notaba que estaban un poquito quemadas por fuera y, al abrir una, el relleno estaba casi crudo por dentro.

—¡Ay, qué despistada soy! —exclamó ella, tapándose la boca—. Se me olvidó encender el horno bien.

Don Casimiro fue el último. Destapó su plato con calma: era una ensalada de frutas, cortada con esmero, brillante y hermosa, que olía delicioso. Todos soltaron un suspiro de alivio. ¡Por fin algo que se veía bien!

Doña Eustaquia miró todos los platos, luego miró a los vecinos, y finalmente miró su propio guiso, que había preparado con tanta ilusión… y que ahora se daba cuenta de que tenía demasiada sal. Se quedó callada un momento, y luego soltó una risita.

—Bueno… —dijo Don Beto, rompiendo el silencio—. Parece que hoy todos nos esforzamos mucho.

—Y todos nos equivocamos igual —añadió la señorita Lidia, riendo.

—¡Pues no desperdiciemos nada! —propuso el Charly—. ¡Probemos todo!

Y así hicieron. Cuchara en mano, fueron pasando de plato en plato. El arroz de Don Beto estaba duro y tostado, pero se comieron un bocado todos diciendo que “tenía mucho sabor”. El postre de la señorita Lidia estaba espeso y sabía a pan dulce sin cocer del todo, pero dijeron que era “muy original”. La mezcla del Charly picaba tanto que se les llenaron los ojos de lágrimas, pero aseguraron que era “exótica y valiente”. Las empanadas estaban medio crudas, pero tenían “un sabor casero auténtico”. Y el guiso de doña Eustaquia estaba tan salado que nadie pudo tomar más de una cucharada, aunque todos afirmaron que “se notaba que llevaba mucho cariño”.

Solo la ensalada de frutas de Don Casimiro estaba perfecta: dulce, fresca, deliciosa. Pero cuando llegó el momento de elegir al ganador, nadie quiso votar.

—Yo no puedo ganar —dijo Don Beto—. Mi arroz parece piedras.

—Ni yo —dijo la señorita Lidia—. Mi postre es masa cruda.

—Ni yo —dijo el Charly—. Mi guiso pica más que picante de pimienta.

Entonces doña Eustaquia golpeó suavemente la mesa y dijo:

—Escúchenme bien. Hoy todos pusimos corazón en lo que hicimos. Todos nos equivocamos, todos nos esforzamos, y todos nos reímos de nuestros errores. ¿Saben qué? ¡Nadie gana y todos ganamos! Porque lo mejor no es la comida, sino haber venido, haber compartido y habernos reído juntos.

—¡Tiene razón! —exclamó Don Beto—. ¡Y como todos somos ganadores, comámonos esa ensalada de frutas de Don Casimiro entre todos! ¡Y que nadie se quede sin probarla!

Así lo hicieron. Compartieron la ensalada, se comieron poquitas porciones de sus platos fallidos entre risas y bromas, y pasaron la tarde más agradable que habían tenido en mucho tiempo. Al final, Don Beto tomó la cesta de mangos que sería el premio y la puso en medio de la mesa.

—Esta cesta es de todos —dijo—. Porque aquí nadie compite. ¡Aquí somos vecinos, y los vecinos no se ganan, se quieren!

Desde aquel día, el concurso de comida se repitió cada cierto tiempo. Y siempre pasaba lo mismo: alguien se le quemaba la comida, a otro le salía demasiado dulce, a otro demasiado salado… y todos se reían, compartían y decidían que nadie había ganado. Porque en la calle de los Mangos, descubrieron algo maravilloso: el mejor premio no es ganar, sino compartir lo que se tiene, aunque no sea perfecto.

Y así, aquel concurso que debía elegir al mejor cocinero terminó enseñándoles que la mejor comida del mundo es aquella que se come riendo, junto a las personas que uno quiere.

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