Ella puede morir en cualquier momento, pero la presencia del Alfa se convierte en su única ancla para sobrevivir. Kael ha encontrado a su Luna, y destruirá a quien sea necesario con tal de mantener latiendo el corazón de la mujer que ama.
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Capítulo 5
La mañana siguiente en el Hospital General amaneció gris y helada. Camila caminaba por los pasillos de la unidad de cardiología con el rostro algo pálido, pero manteniendo la espalda recta y la bata pulcra. A pesar del colapso de la tarde anterior en su casa y del dolor constante que oprimía su tórax, se negaba a quedarse en cama. Trabajo era lo único que mantenía su mente alejada de las trampas de su familia y del recuerdo perturbador del misterioso hombre de ojos felinos.
—Doctora Valenzuela, qué bueno que la encuentro —dijo Laura, acercándose apresuradamente con una tabla de registros en las manos—. El comité administrativo convocó a una reunión de emergencia en la sala de juntas. Tu padre... el doctor Guillermo, está ahí con su esposa.
Camila apretó el expediente que llevaba en la mano.
—Gracias, Laura. Me imagino a qué vienen.
Al cruzar las puertas de cristal de la sala de conferencias, Camila se encontró con la mirada fría de Victoria y la postura evasiva de su padre. Guillermo estaba sentado a la cabecera de la mesa, mientras Victoria permanecía de pie a su lado, luciendo una sonrisa impecable y calculadora frente a tres miembros del consejo médico.
—Camila, qué bueno que te unes a nosotros —dijo Guillermo, carraspeando para disimular su incomodidad—. Estábamos revisando el informe del incidente nocturno del tiroteo y... tu historial médico reciente.
—No hay nada que revisar de mi historial que no conozcan ya, padre —respondió Camila con voz serena y cortante, apoyando las manos sobre la mesa de juntas sin amedrentarse—. Mi desempeño en el quirófano anoche fue impecable. Salvé la vida de un paciente en estado crítico a pesar del tiroteo.
—¡Y pusiste en riesgo la reputación de este hospital al atender a un criminal armando sin llamar a la policía a tiempo! —intervino Victoria con voz aguda y llena de veneno—. Además, colapsaste al llegar a casa, Camila. No puedes ocultarlo más. Estás enferma, eres inestable y no estás en condiciones físicas para sostener un bisturí. Por el bien de la clínica y de tu propia vida, el consejo ha decidido suspender tu licencia médica y congelar de forma definitiva tu solicitud en la lista nacional de trasplantes.
Un silencio pesado cayó en la sala. La provocación era abierta, una sentencia de muerte profesional y física dictada por su propia familia.
Camila miró a su padre a los ojos, buscando algún rastro de dignidad en él.
—¿Vas a permitir esto, papá? ¿Vas a dejar que tu esposa firme mi condena a muerte solo para quedarse con mi parte de las acciones de la clínica?
Guillermo bajó la vista, incapaz de sostener la mirada de su hija.
—Es por tu bien, Camila... necesitas descansar —murmuró el hombre con cobardía.
—No necesito descanso, necesito que dejen de manipular mi expediente —dijo Camila, erguida como una guerrera, aunque una punzada aguda le quemó el centro del pecho—. No van a quitarme la medicina. Buscaré una auditoría externa para que revisen los fondos de la clínica y el bloqueo de mi expediente. Les aseguro que la que saldrá de este hospital sin nada vas a ser tú, Victoria.
Victoria apretó las mandíbulas, furiosa por la resistencia inquebrantable de la joven, pero antes de que pudiera replicar, el teléfono de la oficina del consejo comenzó a sonar con insistencia.
Uno de los voceros contestó. Al cabo de tres segundos, su rostro quedó completamente pálido.
—¿Q-qué ocurre? —preguntó Guillermo, extrañado por la reacción del médico.
—El... el Grupo Corporativo Kaelen acaba de comprar la deuda mayoritaria del hospital y el cuarenta por ciento de las acciones de la clínica Valenzuela —titubeó el hombre con voz temblorosa, mirando la pantalla del teléfono—. Exigen una reunión inmediata con la junta directiva... y han enviado un representante para tomar el control del comité de trasplantes hoy mismo.
Victoria se puso de pie bruscamente, desconcertada.
—¿Qué? ¡Eso es imposible! ¡Nadie compra un paquete accionario de esa magnitud en una mañana!
En ese momento, las puertas dobles de la sala de juntas se abrieron de par en par.
Bruno entró luciendo un traje oscuro de corte impecable, acompañado por dos abogados de alto nivel. Su presencia imponente y la cicatriz en su rostro infundieron un temor instantáneo en la habitación. Detrás de él, varios hombres de seguridad tomaron posiciones en las entradas.
Los ojos de Bruno recorrieron la mesa hasta fijarse en Camila, suavizando apenas su expresión ruda antes de dirigirse con absoluta frialdad a Victoria y Guillermo.
—Buenos días, señores —dijo Bruno con voz profunda, dejando caer una pesada carpeta de documentos legales sobre la mesa—. Mi nombre es Bruno, representante del nuevo socio mayoritario. A partir de este momento, cualquier decisión médica, administrativa o sobre la lista de trasplantes que afecte a la doctora Camila Valenzuela pasa directamente por la aprobación de nuestro presidente.
Camila observó la escena atónita. Reconoció a la mano derecha del Alfa de inmediato.
—¿Bruno? ¿Qué significa esto? —preguntó Camila, dando un paso hacia él.
Bruno la miró con respeto y se inclinó levemente.
—Significa, doctora Valenzuela, que nadie volverá a jugar con su vida ni con su carrera. El señor Kael manda a decir que un Alfa jamás deja indefensa a la mujer que le salvó la vida... y que muy pronto vendrá personalmente a cobrar su deuda.