Jessica estaba a punto de casarse con el hombre que creía amar… hasta que descubrió que Cedric la engañaba con su propia hermana.
Destrozada por la traición, Jessica se cruza con Cristóbal, el padre de Cedric, un poderoso empresario que guarda sus propios secretos. Cuando la madre de Jessica muere inesperadamente, una serie de misterios familiares salen a la luz.
Mientras Cedric, Julieta y la exesposa de Cristóbal conspiran para destruirla y quedarse con una fortuna, Jessica descubre que la persona que menos esperaba podría convertirse en su mayor aliado… y en el amor que jamás imaginó.
Una traición. Una familia llena de secretos. Una fortuna en peligro. Y un amor prohibido que nadie vio venir.
¿Jessica descubrirá la verdad antes de perderlo todo
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Capítulo 21 — La señal
La lluvia golpeaba suavemente las ventanas de la pequeña casa al atardecer, cuando el teléfono que habíamos comprado para emergencias vibró sobre la mesa de madera. No tenía número identificador. Solo un mensaje de texto, enviado a las dos direcciones que solo yo conocía:
«El águila sale del nido. Mañana al amanecer. Puerta trasera. Vengan solos. No traigan a nadie. Es ahora o nunca.»
Me puse de pie de un salto, con el corazón latiéndome con fuerza. Cristóbal, que estaba revisando la memoria USB con los archivos originales, levantó la vista de inmediato al notar mi expresión.
—¿Qué pasa? —preguntó, poniéndose de pie—. ¿Es ella?
—Es la señal —dije, con voz temblorosa pero emocionada—. Julieta. Dice que mañana, al amanecer, nos espera en la puerta trasera de la mansión. Que vayamos solos.
Cristóbal frunció el ceño, caminando hacia la ventana.
—Podría ser una trampa. Cedric nos vigila. Si ella nos citó… él podría saberlo.
—Lo sé —respondí, acercándome a él—. Pero también sé que no nos mentiría así. La carta que me envió… estaba asustada. Dijo que tenía miedo. Y esta señal… es el código que usábamos de niñas. «El águila sale del nido.» Significa que va a huir. Que nos necesita.
Él se quedó en silencio, pensando, y luego asintió lentamente.
—Si es verdad… es el momento que estábamos esperando. Ella sabe dónde están los documentos originales. Sabe qué pruebas tienen Cedric y Valeria. Sabe todo lo que planean. Si se pone de nuestro lado… ganamos.
—Pero si es trampa… —susurré—. Caemos directo a la boca del lobo.
—Entonces iremos preparados —decidió él, tomando mi mano—. No entraremos sin saber qué hay al otro lado. Y si hay peligro… nos vamos. No arriesgaré tu vida por nada. Ni por nadie.
Esa noche, ninguno de los dos durmió. Preparamos todo: la memoria USB con los archivos originales, una grabadora oculta, un teléfono con GPS activado, ropa para huida si era necesario. Al amanecer, cuando el cielo aún era gris y la ciudad dormía, subimos al coche viejo que habíamos comprado y tomamos la carretera hacia la mansión. El camino se sentía diferente esta vez. No íbamos como víctimas. Íbamos con un propósito.
—Estás segura de que es ahí? —preguntó Cristóbal, reduciendo la velocidad al ver las verjas a lo lejos.
—Sí —respondí, mirando hacia la casa que me había visto crecer, que me había visto sufrir—. La puerta trasera da al jardín antiguo, el que nadie cuida. Ahí es donde nos escondíamos de niñas. Si quiere hablar sin que la vean… es ahí.
Nos detuvimos a unos cien metros, escondidos entre los árboles. Bajamos del coche y caminamos en silencio, con el corazón en la garganta. El jardín trasero estaba descuidado, lleno de hojas secas y maleza. Y junto a la puerta de madera, esperaba ella.
Julieta estaba de pie, con una maleta pequeña en la mano y el rostro pálido, con ojeras marcadas bajo los ojos. Al vernos, dio un paso hacia nosotros, pero luego se detuvo, como si temiera que la rechazáramos.
—Vinieron —susurró, con voz quebrada—. Pensé que no vendrían.
—Eres mi hermana —dije, acercándome lentamente, sin perder la cautela—. Sabía que vendrías. Pero dime la verdad: ¿estamos solos? ¿Nos tendieron una trampa?
Ella negó con la cabeza, y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas.
—No. No hay nadie. Cedric está en la ciudad, en una reunión que yo misma le sugerí. Valeria… ella no se levanta hasta más tarde. Tenemos poco tiempo. Menos de una hora.
—¿Por qué ahora? —preguntó Cristóbal, acercándose a nosotras—. ¿Por qué cambiaste de lado?
Julieta lo miró, y en sus ojos ya no había arrogancia ni rencor. Solo dolor y vergüenza.
—Porque anoche escuché lo que planeaban —dijo, bajando la voz—. No se trata solo de quedarse con la herencia. Van a acusarlos de algo mucho peor. Fraude, estafa, incluso… el intento de homicidio contra el señor Gutiérrez. Dicen que ustedes fueron los últimos en verlo. Y si él habla… lo van a hacer desaparecer antes de que pueda testificar.
Sentí que el aire se me escapaba.
—¿Van a hacerle daño?
—Peor —susurró ella—. Van a culparlos a ustedes. Tienen todo planeado. En dos días, presentan la denuncia. Y si no se entregan… los buscan por toda la ciudad. No tienen tiempo, Jessica. Tienen que huir. O luchar ahora mismo.
—¿Y tú? —le pregunté—. ¿Por qué nos avisas? ¿Qué ganas?
Julieta se llevó una mano al pecho, con expresión de profundo arrepentimiento.
—Nada. No quiero ganar nada. Solo quiero dejar de perder. Me di cuenta de que no me van a dejar quedarme con nada. Cuando ustedes estén fuera… yo seré la siguiente. Valeria no necesita a nadie. Y Cedric… él solo me usó para llegar a ti. Nunca me quiso. Nunca me vio.
Me acerqué más, hasta que estuve a su lado. La vi pequeña, asustada, la hermana que conocí antes de que todo se rompiera.
—Entonces ayúdanos —le dije—. Dinos dónde están los documentos originales. Los que mamá dejó. Las pruebas que Cedric escondió. Si nos las das, podemos detenerlos antes de que empiecen.
Ella dudó un instante, miró hacia la ventana de la mansión, y luego asintió con firmeza.
—Están en la caja fuerte del despacho. La combinación es la fecha de cumpleaños de mamá. Pero no pueden entrar ahora. Tienen cámaras. Si entran, los descubren antes de que lleguen a la puerta.
—Entonces ayúdanos a entrar —dijo Cristóbal—. Tú conoces el sistema. Puedes desactivarlo.
Julieta tragó saliva. Sabía lo que eso significaba. Si la descubrían, no tendría vuelta atrás. Pero levantó la cabeza, mirándome a los ojos, y vi en ella algo que no había visto en mucho tiempo: valor.
—Lo haré —dijo—. Pero si me descubren… no podré volver. No a esta casa. No a esta vida.
—Entonces ven con nosotros —le ofrecí, extendiéndole la mano—. No tienes que quedarte aquí. No tienes que ser parte de esto. Ven conmigo. Seamos hermanas de nuevo.
Me miró, con los ojos llenos de lágrimas y esperanza. Tomó mi mano lentamente.
—Está bien. Entraré, desactivaré las cámaras, sacaré los documentos… y luego nos vamos. Juntas.
—Tenemos veinte minutos —dijo Cristóbal, mirando su reloj—. No más. Si no sales en veinte minutos, nos vamos. Y tú te quedas. ¿Entendido?
—Entendido —respondió ella, apretando mi mano una última vez antes de soltarla—. Espérenme. No me fallen.
Se giró y corrió hacia la puerta trasera, desapareciendo en la oscuridad del pasillo. Nos quedamos esperando, de pie bajo los árboles, con el corazón en suspenso. El tiempo parecía detenerse. Cada segundo era eterno.
—¿Crees que lo logre? —susurré.
—Lo creo —respondió Cristóbal, tomando mi mano—. Porque tu hermana no está luchando por dinero. Está luchando por su alma. Y eso… eso nadie lo puede comprar.
Pero mientras esperábamos, una sombra se movió en la ventana del segundo piso. Una figura que observaba todo desde arriba. Y una sonrisa cruel se dibujó en la oscuridad.
La puerta se abrió de golpe. Pero no fue Julieta quien salió.