La gravedad del pasado vs. El presente:
Él vive atrapado en la órbita de la muerte de su esposa.
Clara Monasterio, luminosa y dedicada a salvar vidas infantiles, representa una fuerza opuesta que lo empuja a sanar, aunque su mente paranoica tema que acercarse a ella ponga en peligro a los que ama.
El filtro del niño: El hijo de 6 años actúa como el "sensor" de la novela. Al aceptar inmediatamente a Clara, rompe las defensas del padre.
El misterio de fondo: El asesinato de la exesposa no fue un simple asalto de compras. A medida que Clara y el magnate interactúan, la teniente Samantha Blake comienza a notar inconsistencias en el caso que la policía dio por cerrado, vinculando el peligro al estatus tecnológico del protagonista.
Clara es la hija de la doctora en eminencia en cardiología Diana Monasterio. De la novela "BAJO EL PULSO DE LA GRAVEDAD"
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CONSPIRACIÓN FAMILIAR Y ECOS DE UN ENLACE
El zumbido constante de la puerta de cristal giratoria apenas lograba disipar la estela magnética que Kaelen y el pequeño Irai habían dejado a su paso en el atrio. Las luces del centro comercial parecían de pronto demasiado brillantes, un telón de fondo artificial para el torbellino mental que sacudía a las tres mujeres.
Mientras Clara seguía con la vista fija en el pasillo por donde el magnate tecnológico se había esfumado, la doctora Diana Monasterio esbozó una sonrisa astuta, de esas que anticipaban travesuras y que llevaban décadas siendo el terror de los pasillos hospitalarios. Sacó su teléfono móvil de la elegante cartera que llevaba consigo con una agilidad pasmosa y sin apartar la mirada de su hija, comenzó a teclear a velocidad de vértigo.
—Esto, definitivamente, no se puede quedar en el anecdotario del día —declaró Diana con una chispa de picardía inconfundible en los ojos—. Un acontecimiento de esta magnitud merece una revelación oficial en el clan.
Clara parpadeó, saliendo de su ensoñación con las mejillas teñidas de un rubor repentino que intentó ocultar acomodándose el mechón de su larga melena castaña.
—Mamá, por Dios... —protestó la joven pediatra con un hilo de voz, sintiendo que el calor le subía hasta las orejas—. No ha pasado absolutamente nada. Fue solo un encuentro fortuito en medio de un pasillo lleno de gente. Un niño curioso y un padre paranoico, eso es todo. No hay nada que informar a nadie.
—¿Nada? —replicó Diana con una ceja arqueada, mientras la pantalla de su teléfono comenzaba a emitir el tono de llamada grupal—. Cariño, acabo de ver al hombre más impenetrable del sector tecnológico perder el control de su propia respiración solo porque te dignaste a mirarlo a los ojos. Y lo que es mejor: el pequeño Irai eligió interactuar contigo y alabó a nuestro equipo con una gracia impecable. Esto es material de primera categoría.
Sin esperar la airada réplica de Clara, la prestigiosa cardioquirúrgica dio un toque definitivo en la pantalla y activó el enlace de video. En cuestión de segundos, la interfaz de la pantalla múltiple cobró vida, dividiendo el visor en varios recuadros donde los rostros de los miembros clave del clan Monasterio empezaron a conectarse desde distintos puntos de la ciudad.
El primer recuadro en estabilizarse mostró a Mariana, de cincuenta años, entrañable amiga de Diana y a quien Clara llamaba tía por cariño y cercanía familiar. A su lado apareció la tía Clara —hermana menor de Diana, de cuarenta y ocho años—, quien fruncía el ceño desde su estudio con documentos financieros dispersos. Abajo, los hermanos de la joven pediatra completaron la cuadrícula: Darío, de veintinueve años, brillante doctor especialista en cardiología que seguía los pasos exactos de su madre, con su bata blanca aún puesta desde el hospital principal; y Esteban, de veintiséis años, el estratega financiero encargado de auditar y mover los hilos económicos de toda la red de clínicas y hospitales de la familia.
—¿Se puede saber porque a esta hora es esta convocatoria Diana? —preguntó Esteban desde su despacho, ajustándose los lentes con una sonrisa burlona mientras revisaba un balance en su tablet—. Algunos de nosotros sí equilibramos presupuestos mientras ustedes deambulan por las tiendas.
—Más respeto a la matriarca, hermanito, que gracias a esos presupuestos pagas tus cafés —replicó Darío con sorna desde el área de descanso del hospital, cruzando los brazos con la bata abierta.
La tía Clara y Mariana asomaron la cabeza con curiosidad desde su respectivo enlace.
—A ver, Diana, suéltalo ya —intervino Mariana con una carcajada anticipada—. Tienes esa cara de conspiración que solo usas cuando estás a punto de armar un revuelo en la familia. ¿Qué ha pasado? ¿Algún paciente famoso o descubriste otro quirófano para comprar?
Diana dejó escapar una risita triunfal, girándose hacia su hija y posicionando el teléfono de modo que abarcara tanto a la joven como a la Teniente Samantha Blake, quien seguía plantada con los brazos cruzados y una media sonrisa de absoluta resignación.
—Atiendan todos, porque lo que tengo que contarles supera cualquier novela de ficción —anunció Diana con un tono teatral y sumamente divertido—. Tenemos reunión familiar oficial para reportar un acontecimiento histórico: ¡A nuestra pequeña Clara se le ha cruzado en el camino un multimillonario esquivo, con un hijo de seis años que parece un pequeño espía perspicaz, y la gravedad de este universo acaba de colapsar frente a una cafetería!
Clara sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Se cubrió el rostro con las manos, avergonzada, mientras su voz se ahogaba en una protesta inútil:
—¡Mamá, por el amor de Dios, vas a matarme de la vergüenza! ¡Corta esa llamada ahora mismo!
—¡¿Un multimillonario?! —saltó Esteban de inmediato en su pantalla, con los ojos abiertos de par en par—. Espera, ¿hablamos de inversores? ¿De tecnología? ¡Dime que cotiza en bolsa, mamá, necesito saber si sus acciones afectan nuestras reservas clínicas!
Darío, por su parte, soltó una carcajada limpia y empezó a negar con la cabeza, mirando a su hermana menor a través de la cámara.
—Vaya, vaya... ¿La inminencia en pediatría por fin bajó la guardia? Y yo creía que tu único amor incondicional eran los estetoscopios y los manuales de neonatología.
—¡Cállate, Darío! —exclamó Clara, quitándose las manos de la cara para lanzar una mirada asesina a la pantalla de su hermano, aunque con las mejillas completamente encendidas.
La tía Mariana y la tía Clara estallaron en exclamaciones de asombro y regocijo, exigiendo detalles de inmediato, mientras especulaban sobre la identidad del misterioso magnate. El caos en la videollamada era absoluto, una sinfonía de burlas cariñosas y interrogatorios dignos de un tribunal familiar.
En medio del alboroto, Diana inclinó la cabeza hacia atrás, riendo con esa libertad contagiosa que la caracterizaba, y girándose hacia su hija en medio de la complicidad general, le soltó con una chispa de malicia inocente:
—Ay, mi vida... Disfruta de la broma, porque ahora me tocará a mí reírme y buscarle la lengua tal como tú lo hacías con tu tía Mariana cuando yo salía con Samantha. ¡La historia se repite y el ciclo vuelve a empezar!
La Teniente Samantha Blake, que había permanecido con su porte militar impasible durante los primeros minutos, no pudo contenerse más. Una carcajada profunda, ronca y genuina brotó de su garganta, rompiendo por completo su fachada de sargento de hierro. Negó con la cabeza, rindiéndose ante la picardía de la mujer que amaba, mientras la miraba con una mezcla de devoción y complicidad infinita.
—Ay, Diana... Me saliste redonda y con venganza incluida —murmuró Samantha entre risas, rindiéndose y dándole un suave beso en la mejilla ante la cámara grupal—. Pero que conste, el tal magnate tiene una vibra turbia. Si ese hombre vuelve a acercarse a nuestra Clara, esta ex-teniente tendrá que intervenir con tácticas un poco menos diplomáticas que una simple charla de pasillo.
Clara escuchaba el bullicio de su familia en el teléfono de su madre, sintiendo que a pesar del apuro y la pena, el calor de su hogar la envolvía por completo. Sin embargo, en el fondo de su mente, la imagen de los ojos grises y gélidos de Kaelen Vance seguía palpitando con fuerza, recordándole que, por mucho que su familia intentara tomarlo a broma, la gravedad de aquel encuentro ya había alterado su órbita para siempre.