Selene tiene veintidós años y un matrimonio que es su propia jaula de oro. Para su esposo, el implacable magnate Maximiliano Valente, ella no es más que una niña interesada que se vendió por un apellido de peso y una cuenta bancaria sin límites. Convencido de que Selene solo busca su dinero, Maximiliano se dedica a humillarla, refugiándose en los brazos de una amante manipuladora que alimenta su desprecio con mentiras.
Pero Maximiliano ha cometido un error fatal: confundir el silencio de Selene con sumisión absoluta. Tras una noche de crueldad insoportable, Selene decide que ya no le importa su fortuna ni su perdón. Mientras él cree tener todo bajo control, ella empieza a preparar su desaparición silenciosa, dispuesta a empezar de cero, lejos de su opresión.
Maximiliano Valente está a punto de descubrir que el desprecio tiene un precio... y que cuando Selene se marche, el vacío que deje será algo que ni todos sus millones podrán llenar.
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El señuelo
La ciudad donde se suponía estaba Selene, con calles de piedra y sus fachadas coloniales bañadas por un sol inclemente, parecía burlarse de la urgencia de Maximiliano Valente. El helicóptero privado había aterrizado en un helipuerto cercano hacía apenas veinte minutos, y el despliegue de seguridad que lo acompañaba era digno de una incursión militar. Maximiliano bajó de la camioneta blindada con el rostro congestionado, los ojos inyectados en sangre y una mandíbula tan tensa que parecía a punto de quebrarse.
Se detuvo frente al cajero automático donde, según su investigador, se había registrado el movimiento de la cuenta de "Elena Arismendi". Un oficial de policía local, debidamente sobornado para agilizar los trámites, lo esperaba con una tableta en la mano.
—Aquí tiene el video de seguridad, señor Valente —dijo el oficial, evitando mirar directamente al magnate.
Maximiliano arrebató el dispositivo. Sus dedos temblaban de una rabia contenida que amenazaba con estallar en cualquier momento. En la pantalla, una figura femenina, envuelta en una gabardina larga y con una gorra que ocultaba sus facciones, insertaba la tarjeta y retiraba el efectivo. La complexión coincidía, el movimiento de las manos era delicado... pero algo no encajaba.
—Acércalo —ordenó Maximiliano, su voz era un siseo letal.
El investigador amplió la imagen. Cuando la mujer se giró levemente para retirarse, un mechón de cabello escapó de la gorra. No era el castaño sedoso de Selene; era un rubio teñido, áspero. Y cuando la cámara captó un ángulo de su perfil, Maximiliano soltó un rugido de furia que hizo que los presentes retrocedieran tres pasos. No era Selene. Era una mujer contratada, una distracción de baja categoría que se movía con una torpeza que su esposa jamás tendría.
—¡Maldita sea! —gritó Maximiliano, estrellando la tableta contra el pavimento. El cristal saltó en mil pedazos, reflejando el sol del mediodía—. ¡Nos ha engañado! ¡Me ha visto la cara de estúpido en mi propia ciudad!
La realización fue como una puñalada en su orgullo. Selene, la mujer a la que él había mantenido encerrada, la que él creía rota y sin recursos, le había tendido una trampa de manual. Mientras él movilizaba helicópteros y hombres hacia el occidente, ella seguramente estaba moviéndose en la dirección opuesta, o quizás nunca había salido de la capital. Ella conocía sus protocolos, sabía que él rastrearía hasta su último centavo, y había usado su propia obsesión en su contra.
—Regresen al helicóptero —ordenó Maximiliano a sus hombres, su voz ahora era de una calma aterradora, la calma que precede a un huracán—. Y llamen a la mansión. Quiero a Roberto Arismendi en mi despacho ahora. Si no está sentado allí cuando yo llegue, díganle que empiece a despedirse de su libertad, de su casa y de su maldito apellido.
Tres horas después, el aire en el despacho de Maximiliano se podía cortar con un cuchillo. Roberto Arismendi estaba sentado en la silla de cuero, sudando copiosamente a pesar del aire acondicionado al máximo. Sus manos, gordas y enjoyadas, no dejaban de juguetear con un pañuelo de seda.
La puerta se abrió con tal violencia que el impacto contra la pared resonó en toda la planta. Maximiliano entró como una fuerza de la naturaleza. No se sentó. Rodeó el escritorio y se detuvo a escasos centímetros de su suegro, emanando un aura de peligro puro.
—¿Dónde está, Roberto? —preguntó Maximiliano. Su voz era baja, pero cargada de una amenaza que hizo que al hombre se le escapara un gemido de terror.
—No lo sé, Maximiliano... te lo juro por mi vida. Ella no me dijo nada. Sabes que nuestra relación no es la mejor desde... bueno, desde la boda —balbuceó Roberto, intentando mantener la sonrisa servil que siempre le había funcionado.
Maximiliano no respondió con palabras. Tomó a Roberto por la solapa de su costoso saco italiano y lo levantó de la silla con una fuerza bruta, estampándolo contra la estantería de libros. Los trofeos de cristal y las ediciones de lujo temblaron con el impacto.
—¡No me mientas! —rugió Maximiliano cerca de su cara—. Tú la ayudaste. Tú le diste el dinero para pagarle a esa mujer que se hizo pasar por ella. ¿Crees que soy imbécil? Sabes que si ella se va, tu fuente de ingresos se seca. ¿Qué planeabas? ¿Esconderla para pedirme un rescate? ¿O es que finalmente decidiste jugar a ser un buen padre ahora que no tienes nada que perder?
—¡Maximiliano, por favor! —suplicó Roberto, con el rostro tornándose púrpura—. Yo no tengo nada que ver. ¡Ella me odia tanto como a ti! Esa niña es una malagradecida... yo le di todo, le conseguí el mejor marido de la ciudad y ella me paga escapándose y poniéndome en esta situación.
Maximiliano soltó la solapa, pero solo para propinar un golpe seco sobre el escritorio de madera, que crujió bajo su puño.
—"El mejor marido" —repitió Maximiliano con una risa amarga y desquiciada—. Tú no le diste nada, Roberto. Tú la vendiste. Y ahora, como la mercancía ha desaparecido, el contrato queda anulado. ¿Sabes lo que eso significa para ti?
Se acercó a su computadora y, con unos pocos clics, abrió una carpeta de archivos confidenciales. Giró la pantalla hacia su suegro. Eran las pruebas de la malversación de fondos de la empresa Arismendi, las mismas que Maximiliano había usado para chantajearlo hacía tres años, pero con nuevas adiciones: facturas falsas, evasión fiscal y vínculos con cuentas en paraísos fiscales que Maximiliano había estado monitoreando en secreto.
—Mañana a las ocho de la mañana, estos documentos estarán en la oficina del fiscal general —sentenció Maximiliano—. A menos que en las próximas doce horas me des una ubicación, un nombre o un contacto. No me importa si tienes que remover el cielo y la tierra, Roberto. Si Selene no aparece, tú vas a pasar el resto de tu miserable vida en una celda que hará que el cuarto donde la encerré a ella parezca una suite de lujo.
Roberto cayó de rodillas, sollozando sin dignidad alguna.
—¡No puedes hacerme esto! ¡Somos familia!
—Nosotros nunca fuimos familia, Roberto. Fuimos socios de negocios. Y tu parte del trato era mantener a Selene bajo control. Has fallado —Maximiliano se inclinó, tomándolo del mentón con la misma frialdad con la que solía tocar a Selene—. Tienes doce horas. Cada minuto que pase sin noticias de ella, es un año más de cárcel para ti. ¡Fuera de mi vista!
Roberto salió del despacho tropezando, escoltado por los guardias de Maximiliano como si ya fuera un criminal convicto.
Cuando se quedó solo, Maximiliano se desplomó en su silla. Su ira, lejos de calmarse, se había transformado en una obsesión gélida. Miró el espacio vacío en su oficina donde solía estar un retrato de Selene que él mismo había mandado a quitar hacía meses. Ahora se daba cuenta de que el señuelo no solo fue una táctica de escape; fue un mensaje. Ella le estaba diciendo que ya no era la presa fácil que él podía encerrar y olvidar.
—Me retaste, Selene —susurró para sí mismo, acariciando la marca que el anillo le había dejado en la mano—. Me hiciste viajar cientos de kilómetros para burlarte de mí.
Maximiliano cerró los ojos y, por un instante, volvió a ver la imagen del video de seguridad. La mujer del video no era Selene, pero la astucia detrás del plan sí lo era. Por primera vez en su vida, Maximiliano Valente no sentía que estaba tratando con una "inversión", sino con un adversario. Y en su mundo, a los adversarios se les destruía o se les sometía por completo.
—Disfruta de tu ventaja, mi vida —murmuró con una sonrisa tenebrosa—. Porque cuando te encuentre, y te juro que lo haré, no habrá tías que proteger ni padres a los que apelar. Esta vez, seremos solo tú y yo, y entenderás que el precio de tu libertad es algo que todavía no has empezado a pagar.
Afuera, la tormenta empezaba a arreciar sobre la ciudad, pero dentro del despacho de Maximiliano, el aire era mucho más peligroso. La caza real acababa de empezar, y esta vez, el cazador estaba dispuesto a quemar el bosque entero con tal de no dejar escapar a su presa.