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SABOR A FUEGO Y SOMBRA

SABOR A FUEGO Y SOMBRA

Status: Terminada
Genre:Romance / Traiciones y engaños / Enfermizo / Completas
Popularitas:12.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Jeremías Bustamante lo tiene todo: poder, una fortuna inmensa y un físico imponente, pero la vida lo redujo a una silla de ruedas, a la amargura perpetua y a un oscuro secreto sobre el abandono de su exesposa. Su existencia gris da un vuelco total el día en que cruza la puerta de la cafetería más alegre de la ciudad y una torpe, radiante y descarada arquitecta le baña la camisa en jugo de fresa. Ana Belén Gallego no le teme a su dinero ni a su carácter de demonio, y por primera vez en años, Jeremías encuentra a una mujer capaz de plantársele enfrente sin temblar. Entre risas, secretos del pasado y tazas de café, este magnate indomable descubrirá que la verdadera parálisis no está en sus piernas, sino en su corazón.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL DESAYUNO FAMILIAR Y EL MISTERIO DEL LORO PANCHITO

Los primeros rayos del sol de la mañana se filtraban con suavidad por los ventanales de la Mansión Bustamante, tiñendo las molduras doradas y los muebles de caoba con una claridad cálida y prometedora. En la planta baja, la atmósfera solía estar marcada por una especie de solemnidad rígida, casi monótona, pero la llegada de un nuevo amanecer traía consigo una corriente invisible de cambio que flotaba en el aire.

Jeremías avanzaba hacia el comedor principal sentado en su silla de ruedas adaptada, pero por primera vez en cinco años, su postura no denotaba el peso de una condena perpetua. A su lado, caminando con paso firme y una soltura que desprendía una confianza renovada, iba Ana Belén. Su presencia allí, a la luz del día y compartiendo el espacio más íntimo de la residencia, era la prueba viviente de que la tormenta de la noche anterior había dejado paso a un territorio completamente nuevo.

Al doblar hacia el comedor, se encontraron con doña Anahí y la pequeña María Fernanda, quienes ya estaban sentadas a la mesa disfrutando de un humeante desayuno. Doña Anahí levantó la vista y se quedó congelada a mitad del gesto de llevarse la taza de café a los labios. A su lado, Mafer abrió los ojos de par en par, deteniendo el tenedor con un trozo de panqueque a medio camino.

La estampa que tenían enfrente desafiaba todas las leyes no escritas de la mansión: Jeremías no solo lucía calmado, con el rostro despejado de la fiebre y un brillo inusual en los ojos verdes, sino que venía acompañado de Ana Belén, quien lo miraba con una complicidad palpable y una sonrisa tranquila en los labios.

Doña Anahí parpadeó varias veces, incrédula, alternando su mirada entre su hijo y la arquitecta. Analizó los detalles: el cabello ligeramente desordenado de ambos, la forma relajada en la que Jeremías relajaba los hombros sobre el respaldo de la silla y, sobre todo, la manera en que Ana Belén se movía por el comedor con una naturalidad absoluta, como si ese lugar también le perteneciera.

Ana Belén, al notar las caras de absoluto asombro de la matriarca y de la niña, soltó una carcajada cristalina que rompió el silencio matutino. Decidió adelantarse para disipar la tensión con el humor desenfadado que la caracterizaba.

—Tranquilas, no me miren así —dijo Ana Belén guiñándoles un ojo con absoluta picardía, mientras se acercaba a la mesa—. Todo está bajo control; digamos que ya domé a la bestia.

Doña Anahí soltó una exclamación ahogada, conteniendo la risa mientras una mezcla de alivio, picardía y asombro iluminaba sus facciones. Negó con la cabeza, esbozando una sonrisa traviesa que hacía años no se le veía en el rostro.

—Sí, hija, si eso me di cuenta al verte caminar —respondió doña Anahí con una franqueza desarmante, observando con detenimiento el contoneo sutil y despreocupado con el que Ana Belén se acomodaba en una de las sillas junto a Jeremías—. Porque andando de esa manera tan ligera y con esa sonrisa de oreja a oreja, andas hoy como Panchita.

Ana Belén frunció el ceño, deteniéndose con las manos apoyadas en el respaldo de la silla, confundida por la ocurrencia de la madre de su ahora pareja.

—¿Cómo que como Panchita? —preguntó la arquitecta, arqueando una ceja con intriga, mientras Jeremías a su lado intentaba contener una carcajada, mordiéndose los labios con diversión—. Con todo respeto, doña Anahí, no tengo ni idea de quién es esa tal Panchita.

Doña Anahí soltó una risita cómplice, sirviéndose un poco más de café mientras le explicaba con total naturalidad:

—Ay, mi niña, Panchita es el loro de la vecina de enfrente, doña Carmen. Ese animal se pasa todo el santo día cantando de felicidad, caminando por la baranda con una actitud de que el mundo le pertenece y presumiendo las plumas nuevas después de una buena tormenta. Exactamente igual a como vienes tú hoy, con el aire de quien se comió el mundo anoche y no le importa que se entere el vecindario entero.

Una ola de calor subió de golpe por el cuello de Ana Belén, tiñéndole las mejillas de un rojo intenso. Miró de reojo a Jeremías, quien ya no pudo contenerse y soltó una carcajada profunda, retumbando en las paredes del comedor con una alegría genuina que dejó a la pequeña Mafer completamente boquiabierta, pues la niña jamás había escuchado a su padre reírse de esa manera tan abierta y contagiosa.

—¡Doña Anahí, por Dios! —exclamó Ana Belén entre la pena y la risa, cubriéndose la cara con las manos por un instante antes de devolverle la broma con desparpajo—. ¡Mire que alcahueta nos salió la suegra! Si llego a saber que me iba a comparar con un loro escandaloso, me quedo en la cafetería haciendo café amargo.

—¿Suegra? —repitió doña Anahí con los ojos brillantes de emoción contenida, dejando la taza sobre el plato y mirando directamente a su hijo—. ¿Escuchaste eso, Jeremías? Parece que el famoso loro Panchita trajo mejores noticias de las que esperábamos.

Jeremías dejó de reír y, con una seriedad cargada de profunda ternura, estiró su mano grande sobre la superficie de la mesa hasta entrelazar sus dedos con los de Ana Belén. La apretó con firmeza, haciéndole saber sin filtros que cada palabra pronunciada la noche anterior era un contrato sellado en piedra.

—El loro Panchita podrá ser muy escandaloso, mamá, pero tiene toda la boca llena de razón —afirmó Jeremías con voz firme, mirando a Ana Belén a los ojos con una devoción que dejó sin palabras a las dos mujeres de la mesa—. Ana Belén es mi pareja a partir de hoy. Es parte de esta casa, y al que no le guste, que compre palomitas y se siente a ver cómo vamos a ser felices.

Mafer, que había estado observando la escena con la inocencia y la agudeza propia de su edad, sonrió de oreja a oreja, aplaudió con entusiasmo y soltó la frase que selló definitivamente el momento:

—¡Ay, qué bien! ¡Eso significa que habrá panqueques todos los días y que papá ya no tendrá cara de ogro gruñón!

Las risas volvieron a estallar en el comedor, disipando los últimos jirones de sombras, fantasmas y dolores del pasado. Entre bromas de loros, miradas cómplices y un desayuno compartido en familia, el sol terminó de ganar la batalla en la Mansión Bustamante, iluminando el inicio de una historia donde el fuego del amor había logrado vencer a cualquier barrera.

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Nerika Moreno
Por Dios casi muero de tanto llorar, que capítulo tan fuerte me hizo recordar cuando yo pasé por lo mismo
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