Alegra Vega creía que el peor peligro de trabajar para Alejandro Montero era su carácter frío y autoritario. Hasta que entró en su estudio secreto y encontró decenas de pinturas de ella: arrodillada, vendada y completamente entregada.
Él la sorprendió con el cuaderno abierto.
—Cierra la puerta.
Alegra obedeció.
Lo que comienza con pintura sobre la piel pronto se convierte en órdenes, seda, palmadas, placer contenido y noches en las que su jefe deja de fingir que no desea poseerla. Pero el verdadero escándalo llegará cuando la tensión abandone el estudio y termine sobre el escritorio del hombre más poderoso de la empresa.
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Capítulo 5
Capítulo 5: Café a las 8:15
Alegra llegó a la oficina a las siete y media con un café para Alejandro en una mano y un elote preparado en la otra.
El elote era para ella. Lo había comprado en el puesto del metro y no había podido resistirse. Le echó limón, chile en polvo y una cantidad indecente de mayonesa, y se lo fue comiendo en el elevador con la expresión solemne de alguien que comete un crimen menor y lo disfruta.
Si mi mamá me viera comiendo esto a las siete de la mañana, me deshereda. Aunque para desheredarme tendría que tener algo que heredarme.
Se limpió los dedos con una servilleta antes de entrar a la antesala y colocó el café exactamente en la esquina del escritorio de Alejandro, sobre un posavasos que ella misma había traído de su casa. Dos de azúcar. Sin leche. A las 8:15 en punto.
A las 8:17, él entró a la oficina. Saco gris oscuro, camisa blanca, corbata que Alegra no supo identificar pero que probablemente costaba más que su renta. Pasó frente a su escritorio sin mirarla.
—Buenos días, señor Montero.
—Buenos días.
Entró a su despacho. Alegra lo observó a través del cristal: dejó su maletín, se sentó, vio el café. Lo tomó sin comentarios. Lo bebió mientras leía algo en la pantalla.
No dijo gracias.
Alegra no se lo tomó personal. Ya empezaba a entender que con Alejandro Montero, la ausencia de crítica era el elogio más alto.
La rutina se instaló con la precisión de un mecanismo de relojería.
Café a las 8:15. Agenda a las 8:30. Documentos clasificados por prioridad sobre su escritorio antes de las nueve. Almuerzo —pedido al restaurante de abajo, siempre proteína con verduras, sin carbohidratos extra— a las dos en punto. Si había juntas, ella preparaba la sala. Si había llamadas, ella filtraba. Si él necesitaba algo, le enviaba un mensaje de una línea por el sistema interno. Nunca más de cinco palabras.
"Café."
"Sala 3 a las 4."
"Cancela Monterrey."
"El reporte."
"Gracias."
Ese último aparecía con frecuencia suficiente para que Alegra empezara a coleccionarlos mentalmente, como quien junta estampitas. Un "gracias" de Alejandro Montero valía, en su economía interna, lo que un discurso de agradecimiento de cualquier otro ser humano.
La segunda semana, se atrevió a hacer algo que no estaba en ningún manual de protocolo secretarial.
Le dejó una galleta junto al café.
Era una galleta de mantequilla, comprada en la panadería de la esquina, envuelta en una servilleta. No tenía nota. No tenía explicación. Era solo una galleta al lado de un café.
Esa mañana, Alegra observó a través del cristal cómo Alejandro entraba, veía el café, veía la galleta. Se detuvo un segundo. Tomó el café. No tocó la galleta.
Error. Demasiado informal. Demasiado atrevida. Va a pensar que soy una ridícula.
Al final del día, cuando Alegra recogió la taza vacía del escritorio, la galleta no estaba.
No quedaba ni una migaja.
Los días pasaron y Alegra aprendió a leer a su jefe como se lee un idioma sin gramática: por intuición, por repetición, por los silencios entre las palabras.
Aprendió que cuando se aflojaba la corbata, estaba cansado. Cuando giraba el bolígrafo, estaba irritado. Cuando se levantaba a mirar por el ventanal con las manos en la espalda, estaba pensando en algo que no tenía que ver con el trabajo.
Y cuando la puerta del estudio se cerraba y el olor a pintura se filtraba por debajo, significaba que algo lo estaba consumiendo por dentro.
No preguntaba. No comentaba. Simplemente registraba, como una estación meteorológica que mide la presión sin juzgar la tormenta.
El jueves de la segunda semana, Alegra estaba terminando de archivar unos contratos cuando Héctor apareció con su energía habitual.
—¿Ya comiste? —preguntó, apoyándose en su escritorio.
—Traje de mi casa.
—¿Qué trajiste?
—Chilaquiles que me sobraron de ayer.
—Hoy no. Hoy vamos por esquites. Necesito contarte algo.
Héctor la sacó de la oficina con la eficiencia de un secuestrador que ha hecho esto muchas veces. Afuera, sentados en la banca de un parque corporativo que parecía diseñado para que nadie se sentara en él, Héctor le habló bajito.
—¿Le dejaste una galleta en el escritorio?
Alegra se tensó. —¿Cómo sabes?
—Porque hoy me preguntó —Héctor imitó la voz de Alejandro, bajando el tono hasta que sonó como el rumor de una corriente subterránea—: "¿Tú le dijiste que me dejara una galleta?"
—¿Y qué le dijiste?
—Le dije que no tenía idea. —Héctor se comió un esquite con una sonrisa—. ¿Sabes qué es lo interesante? No me dijo que le molestara. Solo preguntó.
—¿Y eso qué significa?
—Significa que se la comió, le gustó y quiere saber quién tuvo la audacia. —Héctor la miró—. Sigue dejándolas.
Alegra frunció el ceño. —No quiero que piense que estoy tratando de...
—¿De qué? ¿De ser amable? ¿De tratarlo como a un ser humano? Niña, ese hombre lleva trece años rodeado de gente que le tiene miedo o que quiere algo de él. Tú le dejaste una galleta. Es lo más humano que le ha pasado en meses.
Alegra no supo qué responder a eso. Se comió su esquite en silencio, pensando en un hombre que pintaba solo en un cuarto cerrado y que se comió una galleta de mantequilla sin decir una palabra.
Al día siguiente, dejó otra galleta. De chocolate esta vez.
Cuando recogió la taza al final del día, la galleta había desaparecido. Y junto al posavasos, algo que no estaba ahí antes: la servilleta, doblada en cuatro, con una sola palabra escrita en tinta negra, con una caligrafía tan precisa que parecía impresa:
"Gracias."
Alegra se guardó la servilleta en el bolsillo del blazer. No supo por qué.
Esa noche, antes de irse, pasó frente a la oficina. Las luces estaban encendidas. La puerta del estudio, cerrada. El olor a pintura era más fuerte que de costumbre.
Se detuvo un momento en el pasillo, mirando la rendija de luz bajo la puerta.
Pinta mucho esta noche. ¿Qué lo estará alterando?
Sonrió para sus adentros, sacudió la cabeza y caminó hacia el elevador.
A su espalda, en el estudio, Alejandro Montero dejó el pincel sobre la mesa. Se miró las manos: manchadas de azul y ocre. Miró el papel frente a él. Una silueta. Caderas anchas. Una sonrisa apenas esbozada. Hoyuelos.
Era la cuarta vez que pintaba el mismo rostro esa semana.
Se pasó la mano por la cara, dejándose una línea de pintura en la mejilla. Cerró los ojos.
—Basta —se dijo.
Pero no arrancó el papel. Lo dejó secar con los demás, boca abajo, como un secreto que aún no estaba listo para ser descubierto.
En el escritorio de afuera, junto a la taza vacía, la ausencia de la galleta de chocolate era la única evidencia de que Alejandro Montero era capaz de querer algo que no estaba en su agenda.