El Rey Alfa Kael, conocido como el Lobo Plateado, lleva cargando una maldición ancestral: sin descendencia su poder se desvanecerá y su reino caerá en ruinas. Buscando solo cumplir su deber, pasa una noche desconocida con una chica marginada y sin nombre, a quien todos llaman solo “la huérfana”. Esa noche cambia todo: ella queda embarazada… ¡de seis bebés! Pero antes de que pueda contárselo, su madrastra cruel la vende en una subasta clandestina. Cuando el destino los vuelve a cruzar, Kael descubre que ella no es cualquiera: es su pareja destinada, la única capaz de romper su maldición. Pasará de vivir entre basura y desprecios a sentarse en el trono más alto, demostrando que quien parecía la más débil, es la dueña de su corazón y de todo su reino.
NovelToon tiene autorización de patricia sinisterra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11: Nadie la quiere aceptar
Los días que siguieron a su llegada al palacio no fueron como Elara había soñado. Kael la trataba con una ternura y una devoción que la hacían sentir la mujer más afortunada del mundo: le había asignado habitaciones amplias y luminosas, le había dado ropas suaves y hermosas, y pasaba cada momento libre a su lado, cuidándola, escuchándola, contándole historias de su reino. Pero fuera de esas cuatro paredes, la realidad era muy distinta.
Cuando caminaba por los jardines o los pasillos principales, las miradas la seguían a todas partes: miradas de curiosidad, sí, pero sobre todo de desprecio, de desconfianza, de rechazo. Los sirvientes se apartaban de su camino sin saludarla, bajando la cabeza como si su presencia les incomodara. Los nobles, con sus sedas y joyas, sus linajes largos y orgullosos, la miraban de arriba abajo, murmurando lo suficientemente fuerte para que ella lo oyera:
—¿Ella? ¿La reina? No tiene ni familia conocida. Nadie sabe de dónde vino…
—Dicen que era una sirvienta, que vivía en una cabaña sin techo…
—¿Y la marca? Pudo habérsela hecho ella misma, o alguien se la pintó. No se puede confiar en algo así…
—El rey debe estar hechizado. Ningún Alfa en su sano juicio elegiría a alguien así.
Una tarde, en el gran comedor, mientras Kael estaba reunido con sus consejeros y ella bajó a buscar un poco de aire fresco, se encontró con un grupo de damas de la corte, vestidas con telas brillantes y peinadas con esmero. Se detuvieron al verla entrar y no hicieron ningún esfuerzo por bajar la voz:
—Mirenla —dijo una de ellas, una mujer alta de ojos fríos y cabello oscuro, llamada Ismene, la hija del duque, quien durante años todos creyeron que sería la elegida de Kael—. Camina como si este lugar le perteneciera, cuando apenas hace unas semanas dormía en el suelo. Qué descaro.
—El rey la protege ahora —respondió otra, riendo con amargura—, pero eso se le pasará. Cuando se dé cuenta de que no aporta nada, de que no tiene sangre noble… la mandará lejos, como merece.
Elara se detuvo en seco, sintiendo cómo el calor le subía al rostro y las lágrimas amenazaban con brotar. Quiso hablar, defenderse, decirles que la marca era real, que llevaba los herederos del rey… pero sabía que sus palabras pesaban poco ante esos nombres largos y esas familias poderosas. Bajó la mirada y siguió su camino, sintiendo cómo cada paso se hacía más pesado, como si llevara no solo su vientre, sino también el peso de todo el desprecio que caía sobre ella.
Esa noche, cuando Kael volvió a sus aposentos, la encontró sentada junto a la ventana, con la mirada perdida en la oscuridad y las manos entrelazadas sobre su regazo. Se acercó de inmediato y le tomó la mano:
—¿Qué te pasa, mi vida? Tienes los ojos tristes. ¿Alguien te ha hecho daño?
Elara dudó un instante, pero luego habló con voz suave y temblorosa:
—No me golpean, no me encierran… pero me hacen sentir que no pertenezco aquí. Que soy un error, algo que no debió entrar. Dicen que no soy digna de ti, que no soy digna de esta corona… y a veces… a veces yo también lo creo. No tengo nada que ofrecerte, Kael. Ni nombre, ni linaje, ni aliados… solo a mí misma y a estos niños.
Él la tomó entre sus brazos, la acercó a su pecho y la abrazó con fuerza, con esa protección que solo él sabía dar:
—Escúchame bien: no necesitas darme nada. Tú eres el regalo que el destino me dio. Que hablen, que murmuren, que juzguen… ¿qué saben ellos de lo que siente mi alma? Ninguna de esas personas vio lo que yo vi: tu bondad cuando nadie te trataba bien, tu valentía cuando todo estaba perdido, tu corazón puro que no se manchó ni con años de maltrato. Ellos miran el exterior; yo veo lo que llevas dentro, y eso vale más que todos los linajes del mundo.
—Pero el reino… —insistió ella—. ¿Cómo gobernaré a un pueblo que no me quiere? ¿Cómo seré reina si nadie me respeta?
—Te respetarán —respondió él con firmeza—. Porque yo lo ordenaré. Y con el tiempo, te amarán. Pero primero tendrán que aprender a verte como yo te veo: no como la huérfana, no como la desconocida… sino como la mujer que salvó a su rey y sostiene el futuro de este pueblo.
Sin embargo, las palabras de Kael no detuvieron las miradas ni los susurros. Ismene y su padre, el duque Valerius, empezaron a reunir a su alrededor a todos aquellos que desaprobaban la llegada de Elara: nobles antiguos, familias poderosas, quienes temían perder su influencia si una extraña llegaba al trono. En las salas de consejo, en los jardines, en las cenas, siempre había alguien que la interrumpía, que la ignoraba, que le hacía preguntas hirientes sobre su pasado, sobre su familia, sobre si de verdad merecía llevar la marca sagrada.
Un día, durante una audiencia pública, un anciano lord se levantó y señaló a Elara con desdén:
—Mi rey, respetamos tu decisión… pero el pueblo pregunta. Quieren saber quién es ella. Quieren saber de dónde viene. Si no hay familia, si no hay pruebas… ¿cómo podemos confiar en que no nos traerá desgracia?
Kael se puso de pie de un movimiento, y su presencia llenó toda la sala, oscura y poderosa:
—¿Quién de ustedes tiene el derecho de cuestionar lo que la luna ha decidido? —su voz retumbó, haciendo callar a todos—. ¿Acaso dudan de la marca sagrada? ¿Dudan de mi palabra? Ella lleva a mis herederos. Ella es mi pareja destinada. Y quien no la acepte… no me acepta a mí. Eso es todo.
El silencio fue absoluto, pero Elara vio en los rostros de muchos no asentimiento, sino rabia contenida. Sabía que no habían ganado su respeto, solo su miedo. Y el miedo, lo sabía bien, no dura para siempre.
Esa noche, acostada junto a Kael, escuchando el latido de su corazón, puso una mano sobre su vientre crecido y habló en voz baja, casi para sí misma:
—No importa cuánto me rechacen. No importa cuánto me pongan a prueba. Tengo que ser fuerte. Por ti, por ellos… y por mí. Un día, ganaré mi lugar. Me ganaré su respeto, aunque me cueste toda la vida.
Mientras tanto, en la sombra de un pasillo oscuro, Ismene observaba todo con ojos llenos de rencor: Piensas que el rey te protegerá siempre… pero el destino cambia. Y si nadie te quiere aceptar… nadie te echará de menos cuando desaparezcas.