Esta historia no empezó con amor.
Empezó con una reseña de 2 estrellas que casi la arruina.
Y con un contrato de 50 mil euros que casi lo salva.
*Él: Damián Ruiz*
35 años. Crítico de vinos. Dueño de viña en Toscana.
Escribió que su comida "no tenía alma".
Ahora necesita que ella cocine su boda.
*Ella: Melody Salvatore*
29 años. Chef en París. 12 mesas y una deuda gigante.
Lo odia. Con razón.
Ahora tiene 30 días para cocinar para él en Toscana.
El trato: 1 mes. Sin tocarse. Sin hablar de lo de Roma.
Solo comida y dinero.
Lo que no estaba en el contrato:
Los viñedos en verano.
Las noches sin dormir.
Las manos que se rozan al probar un plato.
Y la pregunta que nadie se hace: ¿Y si el odio es solo miedo de querer?
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El crítico y la mentira
Las 8:00pm. La mesa larga de _Villa Ruiz_ estaba impecable.
Velas, copas de cristal, flores blancas. Y en la cabecera, *Giovanni Rossi*. El crítico de _Food & Wine_. El hombre que podía hacer o destruir un restaurante con 3 párrafos.
Melody salió de la cocina con el primer plato. _Ravioli de ricotta y trufa negra_.
Las manos le temblaban. No por los nervios. Por él.
Damián estaba al otro lado de la mesa. Traje negro. Sonrisa perfecta para los invitados.
Pero cuando sus ojos se cruzaron con los de Melody, se le borró la sonrisa 1 segundo.
Anoche. El beso.
Melody tragó saliva y siguió.
Valeria estaba sentada a la derecha de Damián. Vestido rojo, pegada a él. Cada 5 minutos le tocaba el brazo, le servía vino, se reía de sus chistes.
A propósito.
Damián no la quitaba. Pero tampoco la buscaba.
El crítico probó. Cerró los ojos.
—Excepcional —dijo—. ¿Quién es la chef?
—Ella —dijo Damián, señalando a Melody—. Melody Salvatore.
Todos aplaudieron. Melody hizo una reverencia corta. Cuando volvió a la cocina, se apoyó en la encimera y respiró.
Luc se le acercó.
—Jefa, vas bien. Solo 4 platos más.
Entró Damián. Cerró la puerta.
—¿Estás bien?
—Sí —mintió ella, lavando platos más rápido—. ¿Tu prometida está contenta?
Damián apretó la mandíbula.
—No hablemos de eso aquí.
—¿Por qué? ¿Te da miedo que te escuche? —soltó Melody, sin poder evitarlo—. Anoche no te dio miedo.
El silencio los golpeó.
Damián dio un paso. Luego otro. Quedaron a centímetros.
—Baja la voz —dijo, pero su voz salió ronca—. Me muero por besarte otra vez y no puedo.
Melody alzó la cara.
—Entonces no lo hagas.
—Lo intenté —susurró él—. Toda la cena.
Toc, toc.
—¡Chicos! ¿Todo bien? —la voz de Valeria.
Se separaron como resortes.
Damián abrió la puerta.
—Sí. Salida del plato principal en 5.
Valeria entró. Miró a Melody de arriba a abajo. El delantal, el pelo recogido, las mejillas rojas.
—Qué calor hace aquí, ¿no? —dijo, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.
Salió y se llevó a Damián del brazo.
Melody se quedó sola. Con rabia. Con celos. Y con ganas de llorar.
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Hora del postre. El tiramisú.
Melody lo sacó ella misma. Lo dejó frente al crítico.
—Es receta de mi abuela —dijo.
El crítico probó. Y sonrió.
—Señorita Salvatore. Esto es magia. ¿Aceptaría venir a Roma a cocinar un mes en mi restaurante?
El comedor se quedó en silencio.
Damián dejó la copa de golpe.
—Ella tiene contrato aquí por 26 días más —dijo, cortante.
Melody lo miró. Sorprendida. ¿Celoso?
Valeria se rió. Nerviosa.
—Claro que sí. Después de la boda podemos hablarlo, ¿verdad amor?
Damián no respondió. Solo bebió vino.
Terminó la cena. Aplausos. El crítico estaba encantado.
Cuando todos se fueron, Damián y Melody se quedaron recogiendo la cocina. Solos otra vez.
—Esa oferta —dijo Damián, sin mirarla—. ¿La vas a aceptar?
Melody dejó un plato.
—No lo sé. ¿Te importa?
—Me importa que te vayas —estalló él—. Me importa que en 26 días te subas a un avión y yo me quede aquí casándome con—
Se calló.
Melody se le acercó.
—¿Casándote con qué, Damián? Termina la frase.
Él la miró. Dolido. Cansado.
—Casándome con la mujer equivocada.
El aire se volvió espeso.
Melody dio otro paso.
—Entonces no te cases.
—Y perder todo —soltó una risa amarga—. Mi familia, el negocio, la herencia de mi abuela. Todo depende de esta boda.
Melody sintió que el pecho se le partía.
—Así que esto... —señaló entre los dos— ¿no vale nada?
Damián cerró los ojos.
—Vale todo. Por eso me asusta.
Se acercó. Le agarró la cara con las dos manos. Con cuidado. Como si fuera a romperse.
—Melody, yo—
La puerta se abrió.
Marco.
—Oigan, ¿vieron mi chaqueta? —entró, y se detuvo al verlos tan cerca.
Damián soltó a Melody al instante.
—No —dijo, seco—. En el salón.
Marco salió. Pero la mirada que le dejó a Damián... lo sabía.
El momento se rompió.
Melody recogió su chaqueta.
—Buenas noches, señor Ruiz.
Subió a su cuarto. Se encerró. Y lloró. No por Valeria.
Por las 3 palabras que Damián no dijo.
_Yo te quiero._
Abajo, Damián salió a los viñedos. Se sirvió un vaso de Barolo. Y otro.
Y pensó en cómo iba a sobrevivir 26 días más fingiendo que no la amaba.