Durante cinco años, Valentina lo dio todo por callar: un matrimonio que la humilló, una pierna que quedó coja, una hija sorda que crió sola… y un secreto que le partía el alma. Porque la pequeña Dulce no era hija de su despreciable exmarido. Era hija de Maximiliano Argüello, el magnate que la abandonó creyendo que ella lo había traicionado.
Cuando él regresa —más rico, más frío, más cruel—, le escupe las palabras que ella jamás olvidará:
—Esos ojos, cúratelos. Y a esa niña, déjasela a tu amante. No vaya a estorbarte para casarte con otro rico.
Valentina aprieta los dientes y sonríe. Que la desprecie. Que no sepa nada. Es mejor así.
Pero el destino es cruel con los secretos. Una prueba de ADN, un rumor envenenado, una enfermedad que ella esconde de todos… y de pronto el hombre que la trató como basura está de rodillas, con su hija en brazos, suplicando:
—Perdóname, Valentina. No sabía… No sabía nada. ¡No te mueras, por favor!
¿Y la verdad sobre su madre? ¿Sobre quién destruyó de verdad a las dos familias? Esa apenas empieza a salir a la luz… y hará temblar a toda la dinastía Argüello.
Demasiado tarde, magnate. Esta vez, la que decide soy yo.
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Capítulo 10
Capítulo 10: El caldo de la "novia"
A los tres días de operada, Valentina ya odiaba la cama.
Podía mover los dedos del pie, le habían quitado parte del vendaje, y Gael prometía que en unas semanas empezaría la rehabilitación. Pero estar quieta nunca había sido lo suyo. Para colmo, esa tarde el celular vibró con un mensaje de un número que no tenía guardado y que no le hizo falta guardar.
"Supe que andas de hospital en hospital persiguiendo a Maxi con tu cara de mártir. Cinco años casada con otro y todavía no entiendes que él jamás va a voltear a ver a una enfermera coja con una hija defectuosa. Date tu lugar, por Dios."
Joana. Valentina respiró hondo y tecleó con el pulgar, sin que le temblara:
"Qué raro que te preocupe tanto a dónde voltea, si dices que ya es tuyo. Una mujer segura no manda mensajes así. Que descanses, Joana."
Mandó. Bloqueó el número. Y por primera vez en el día sonrió de verdad.
A doce kilómetros, en la cocina enorme y vacía de la Casa de la Lluvia, Maximiliano Argüello cortaba verduras.
No era algo que hiciera delante de nadie. Era un secreto tan viejo como él. De niño, en aquella casa donde su padre vivía con el cuerpo y se ausentaba con el alma, había aprendido a cocinar por necesidad y por silencio. Don Rodrigo amaba a otra mujer, a una que nunca nombraba en voz alta y que cargaba como una herida; trataba a Doña Eugenia con una cortesía helada que un invierno la hizo perder un embarazo y la dejó amargada para siempre. En esa casa nadie cocinaba con ganas. Así que el niño Maximiliano aprendió a hacerse de comer él solo, y después, ya grande, en un departamento de estudiante, le había aprendido a una muchacha que no sabía freír un huevo cuáles eran sus platillos favoritos, para sorprenderla los domingos.
Echó el pollo, el cilantro, el chile. No se preguntó por qué lo hacía. Se mentía bien: era una deuda, nada más. Le había costado una pierna recuperada y un susto de muerte; lo menos que podía hacer era mandarle algo decente de comer, ya que en ese hospital de gobierno daban pura agua con sabor.
Lo sirvió en un termo. Y de camino fue armando, también, la excusa.
—Mi novia es exigente —dijo, dejando el termo en la mesita del cuarto sin mirarla a los ojos—. Pedí esto para ella y no le gustó. Para que no se desperdicie. Cómetelo tú.
Valentina destapó el termo más por no discutir que por hambre. Pero en cuanto el vapor le llegó a la cara, algo en el pecho se le apretó. Conocía ese olor. Caldo de pollo con cilantro, una pizca de hierbabuena, el chile entero, no picado, para que diera sabor sin enchilar. Era exactamente como a ella le gustaba. Como solo una persona en el mundo sabía hacérselo.
Probó una cucharada. Y los ojos se le llenaron de agua sin permiso.
Volvió a tener veintiún años. Un departamento minúsculo cerca de Ciudad Universitaria, las ventanas empañadas, ella estudiando para un examen de anatomía en la única mesa, y él en una estufa de dos quemadores, con un delantal que le quedaba chico, jurando que esta vez sí le iba a salir el caldo. Le salía. Siempre le salía. "Come, que estás en los huesos de tanto estudiar", le decía, poniéndole el plato enfrente, y se quedaba viéndola comer con una cara que ella, entonces, no sabía nombrar y ahora daría cualquier cosa por volver a ver. Aquel muchacho que cocinaba los domingos no se parecía en nada al hombre de hielo que acababa de dejarle un termo fingiendo que era sobra. Y, sin embargo, eran el mismo. El caldo era la prueba. El caldo no sabía mentir aunque él sí.
—Está bueno —dijo, con la voz rasposa, mirando el plato para que él no le viera la cara—. Tu novia no sabe lo que se pierde.
Maximiliano se había ido a parar junto a la ventana, de espaldas, las manos en los bolsillos.
—Otra cosa. —Su voz salió plana, como quien lee una lista—. Hablé con un especialista. Un médico de fuera, de los mejores que hay en sordera infantil. El doctor Wesson. Viene en unas semanas. Va a evaluar a la niña, a ver si lo de sus oídos tiene corrección. —Un silencio—. Yo me encargo de todo. Tú nada más llévala a las citas.
Valentina dejó la cuchara. El corazón le latía en sitios donde no debería latir.
Los oídos de su hija. Llevaba cinco años ahorrando peso sobre peso para aparatos cada vez más caros que nunca alcanzaban del todo; había hecho cuentas cien veces sobre operaciones que costaban lo que ella no iba a juntar en una vida de turnos dobles. Y este hombre lo soltaba como quien manda traer un café. "El doctor Wesson." "Yo me encargo de todo." La posibilidad de que Dulce oyera el mundo de verdad, algún día, sin un aparato detrás de la oreja, se le abrió en el pecho tan grande y tan brusca que tuvo que apretar las sábanas para no echarse a llorar enfrente de él.
—¿Por qué hace todo esto? —preguntó, en voz muy baja—. La cena, la pierna, ahora los oídos de mi hija. ¿Por qué, si me desprecia tanto?
Él no contestó la pregunta.
En eso entraron Camila y Dulce. La niña, al ver el termo, se trepó a la silla y olfateó como un perrito.
—¡Caldo! —Se relamió—. ¿Me das, mami? —Y, volteando hacia Maximiliano con toda naturalidad—: ¿Usted lo trajo, señor? —Lo miró entrecerrando los ojos, evaluándolo de nuevo—. Hoy no huele tanto a cigarro. Está mejor.
Algo se le movió a Maximiliano en la comisura de la boca, una cosa que en otro hombre habría sido una sonrisa.
—Dale de su caldo, no mucho, que está caliente —le dijo a Valentina, y por un segundo el "yo me encargo de todo" pareció abarcar también ese detalle tonto, el de que a la niña no se le quemara la lengua.
Camila lo miró hacer, lo miró suavizarse delante de la niña, y entornó los ojos con la cara de quien está sacando cuentas. Después, con la confianza de quien no se anda con rodeos, soltó:
—Oiga, ya que está de buenas, ¿y ese anillo que vino a reclamar el otro día? El de plata. ¿Para qué lo quiere, si se puede saber?
Maximiliano se quedó quieto un segundo. Después se dio la vuelta hacia la puerta, con la cara otra vez de mármol.
—¿El anillo? —Se encogió de hombros, frío—. Era una baratija. Ya lo tiré.
Y salió.
Pero Valentina, que lo conocía de toda la vida, alcanzó a ver lo que Camila no vio: la forma en que la mano de él, al cruzar el umbral, se cerró un instante sobre el bolsillo del pecho. Sobre algo pequeño que llevaba ahí guardado. Algo que, evidentemente, no había tirado a ninguna parte.
Cargaba algo de ella, de aquellos años, pegado al pecho. Igual que ella cargaba el anillo. Y ninguno de los dos pensaba confesarlo. Valentina se llevó la mano al cuello, al anillo de plata escondido bajo la bata, y se quedó mirando la puerta vacía mucho rato, con el caldo enfriándose y el corazón hecho un nudo imposible.
di la verdad de una y ya....