Victoria Laurent creyó tenerlo todo: un amor de años, una boda soñada y un futuro seguro… hasta que el día de su boda, su prometido la abandonó frente a todos para huir con su propia prima. Humillada y destrozada, descubre que detrás de esa traición hay una conspiración para destruir a su familia y quedarse con su herencia. Desaparece entonces del ojo público, cambia su nombre y apariencia, oculta su verdadera identidad y regresa transformada: fría, calculadora y decidida a arruinar la vida de quienes la destruyero
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Capítulo 5: El Despacho y Las Sombras
El sol apenas comenzaba a teñir de dorado los bordes de los rascacielos cuando Valeria cruzó el vestíbulo de la Torre Blackwood. A las siete en punto. El edificio se alzaba como una aguja de cristal y acero en el corazón financiero de la ciudad, imponiendo respeto antes incluso de cruzar sus puertas giratorias. Nadie la detuvo; el guardia de seguridad, tras comprobar su nombre en una tableta, le indicó con un gesto el ascensor privado que subía directo a la planta treinta y ocho, la cima absoluta del imperio de Damián.
El ascensor era amplio, con paredes de espejo y un panel de control que solo mostraba su destino. Mientras subía a una velocidad vertiginosa, Valeria estudió su reflejo: traje sastre gris marengo, blusa blanca impecable, cabello recogido en una cola ajustada, lentes de marco fino. Una mujer eficiente, anónima, sin pasado. Nadie diría que detrás de esa fachada tranquila latía el corazón destrozado de una heredera abandonada, ni que cada latido era un recuerdo de venganza.
Las puertas se abrieron con un suave zumbido. El despacho era inmenso, un espacio de líneas rectas y materiales nobles: suelos de madera oscura, estanterías repletas de libros hasta el techo, un escritorio monumental de caoba que dominaba la estancia, y un ventanal de piso a techo que ofrecía una vista panorámica de toda la ciudad despertando. Y allí, de pie frente al cristal con las manos entrelazadas a la espalda, estaba Damián.
—Exacta —dijo sin darse la vuelta, como si hubiera contado cada segundo.— Me gusta. La impuntualidad es una falta de respeto al tiempo ajeno. Y aquí el tiempo es lo más valioso que existe.
—También lo creo —respondió ella avanzando con paso firme hasta detenerse frente al escritorio.— ¿Por dónde empezamos?
Él se giró lentamente. Vestía igual de impecable que la noche anterior, pero sin corbata, el primer botón de su camisa desabrochado, dándole un aire menos formal y mucho más peligroso. En sus manos sostenía una carpeta de cuero negro que depositó sobre la mesa entre ambos.
—Por el principio —señaló la silla frente a él y esperó a que ella se sentara antes de continuar.— Ahora mismo está en juego la adquisición de una cadena de hoteles de lujo que pertenece a la familia de su antiguo… círculo. Los Laurent. O lo que queda de ellos.
La sangre se le heló en las venas. Lo dijo con naturalidad, como mencionaría cualquier otra empresa, pero sus ojos grises no perdían detalle de su reacción. Valeria mantuvo el rostro inexpresivo, aunque por dentro todo dio un vuelco.
—¿Los Laurent? —repitó con voz pareja.— Una familia en declive, según los informes públicos. Deudas, malas gestiones…
—Exacto. Desde la desaparición de la heredera, la administración recayó en la tía, Marisa de la Vega. Y su yerno elegido, Adrián Márquez, maneja todo en la sombra —Damián abrió la carpeta y empujó unos documentos hacia ella.— Han endeudado la empresa hasta el cuello. Compras innecesarias, desvío de fondos, inversiones ruinosas… Todo indica que están vaciando el cascarón antes de dejarlo caer. Mi interés es comprar los activos antes de que se desplome el valor. Su trabajo: revisar cada movimiento, señalar dónde están escondiendo el dinero real, decirme qué es verdad y qué es mentira.
Valeria recorrió con la mirada los balances, las facturas, los contratos firmados por Adrián. Reconocía su letra, la caligrafía cursiva y presuntuosa que una vez le pareció elegante y ahora solo le producía asco. Cada rúbrica era una prueba más de que no solo la habían traicionado a ella: habían estado saqueando el patrimonio familiar desde mucho antes de la boda.
—Hay aquí muchas facturas duplicadas —señaló con el dedo un punto concreto, manteniendo la voz estable.— Transferencias a empresas fantasma registradas a nombre de testaferros cercanos a doña Marisa. Y estos contratos de obras… nunca se ejecutaron, pero se pagaron por adelantado. Están sacando el dinero en gotas pequeñas para que nadie lo note.
Damián asintió, pero no pareció sorprendido. Parecía satisfecho.
—Lo ve. Nadie más lo ha detectado tan pronto. Los demás analistas ven números; usted ve intenciones. Por eso la quiero a usted. —Se inclinó hacia adelante sobre el escritorio, reduciendo la distancia entre ambos.— Pero hay algo más, Valeria. Algo que no está en estos papeles. ¿Por qué le importa tanto? ¿Qué hay detrás de esos ojos que no me dice?
Ella cerró la carpeta despacio.
—Me importa porque es mi trabajo. Porque el fraude merece ser descubierto. Y porque cada mentira debe ser desmantelada, sin importar quién la diga —lo miró directo a los ojos, sin pestañear.— Eso es lo único que necesita saber por ahora.
Hubo un silencio tenso, cargado de electricidad contenida. Damián la observó como si intentara traspasarle la piel y leer lo que se escondía debajo. Finalmente, esbozó una media sonrisa, esa que llegaba a sus labios pero nunca a su mirada.
—Bien. Por ahora será suficiente. —Señaló los documentos, lléveselo. Tiene cuarenta y ocho horas para darme un informe completo. Y Valeria… —su tono bajó, volviéndose más serio.— Tenga cuidado. Márquez y su suegra no son simples estafadores torpes. Ya han dejado un rastro de daño a su paso. No quiero que usted sea el siguiente.
—No dejaré que me alcancen —respondió ella levantándose, guardando la carpeta contra su pecho como si fuera un arma.
—Eso espero —murmuró él, tan bajo que apenas lo escuchó—. Porque no sé qué haría si algo le sucediera.
Valeria salió del despacho con paso firme, pero el corazón le latía acelerado, tanto por el peligro que se avecinaba como por aquellas últimas palabras, dichas casi sin querer. Bajó en el ascensor sin quitar la vista de su reflejo. Tenía acceso directo a las entrañas de la traición. Las piezas del ajedrez empezaban a moverse. Y esta vez, ella no era la pieza sacrificada. Era la Reina que venía a dar jaque mate.
En que quedamos