Lyanne Vesper siempre fue considerada la hija dócil de la poderosa Casa Vesper. Dulce, obediente y sin ambición. Una señorita incapaz de hacer daño. Pero todos estaban equivocados.
Lyanne no se volvió mala por culpa del mundo. Nació así. Desde niña aprendió a esconder sus colmillos detrás de una sonrisa inocente y a convertir las debilidades ajenas en armas.
Cuando el heredero Kaelen la toma como esposa mientras continúa obsesionado con Wynne, Lyanne comprende que el amor nunca será su moneda de cambio. Si no puede tener su corazón, tendrá algo mucho más valioso: el poder.
Entre intrigas, traiciones, venenos, guerras entre clanes y una lucha por el Trono de la Luna, Lyanne moverá cada pieza sin que nadie descubra quién está detrás.
Porque cuando todos creen estar jugando contra ella…
ya han perdido.
Y Lyanne solo sonríe.
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LA SOMBRA DEL NORTE
Pasaron tres años. Tres años de calma aparente, de crecimiento, de un reino que florecía bajo la mano firme de Kaelen y la presencia constante y serena de su esposa. Elian crecía fuerte, de risas claras y ojos dorados como los de su padre, pero con la determinación silenciosa que reconocía como mía. Yo ya no era solo la esposa legítima: era la reina en todo menos el nombre. Mara había abdicado poco después del nacimiento de mi hijo, entregando el sello de la Luna a Kaelen, y con ello, el peso del mando. Y yo estaba siempre a su lado, en cada consejo, en cada audiencia, en cada decisión importante. Nadie cuestionaba mi lugar. Nadie dudaba de mi influencia.
Pero la calma se rompió una tarde de otoño, cuando un jinete llegó galopando sin descanso desde la frontera norte, con el manto rasgado y el rostro desencajado por el terror. Entró al salón del trono sin anunciarse, cayendo de rodillas ante nosotros.
—¡Alteza! ¡Reina Lyanne! —jadeó, con la voz rota—. Vienen.
Kaelen se puso de pie de golpe, golpeando el reposabrazos con el puño.
—¿Quién viene? ¿Qué noticias traes?
—La mujer que se fue —respondió el mensajero, bajando la cabeza como si el nombre mismo quemara sus labios—. Wynne. No vino sola. Reunió a los clanes salvajes del Norte: los Lobos de Hierro, los Cuervos de la Niebla, los Hijos de la Nieve. Dicen que lleva más de dos mil guerreros. Queman las aldeas que no se rinden. Han tomado tres fuertes fronterizos en menos de una luna. Y en cada lugar que conquistan… gritan que vienen a recuperar lo que es suyo.
Un murmullo de inquietud recorrió la sala. Kaelen palideció, pero mantuvo la compostura, mirando a los ancianos y capitanes reunidos.
—¿Dos mil? —murmuró él—. No puede ser. Una mujer sin tierras, sin oro, sin ejército… ¿cómo ha logrado tanto?
—Porque no es solo una mujer —dije, rompiendo mi silencio por primera vez. Mi voz fue clara, firme, sin rastro de miedo—. Es el rencor hecho carne. Y el rencor une a los clanes mejor que el oro o las promesas. Les prometió venganza, les prometió botín, les prometió el trono. Y los hombres que viven en la guerra no pueden resistirse a esas promesas.
Me levanté, ajustándome el manto con el emblema de la Luna y la Espada bordado en plata.
—¿Cuándo llegará? —pregunté al mensajero.
—Si cabalgan sin detenerse… en tres días, Alteza.
Kaelen empezó a caminar de un lado a otro, con la frente fruncida.
—Debemos negociar. Debemos enviarle un mensaje. Decirle que…
—No —lo interrumpí, y mi palabra cayó como un martillo sobre la piedra—. No hay nada que negociar. Ella no busca paz. Busca destrucción. Si le pedimos tregua, verá debilidad. Si le ofrecemos oro, querrá sangre. Y si la dejamos entrar… no nos dejará a nosotros salir.
Me acerqué a él, poniéndome frente a él para que me mirara a los ojos.
—Tienes que elegir, Kaelen. ¿El hombre que la amaba vuelve a hablar… o el rey que protege a su pueblo asume su responsabilidad? Ella no viene por ti. Viene por todo lo que tenemos. Por Elian. Por mí. Por este pueblo que nos confió su futuro. ¿La dejarás llegar hasta las puertas de la Ciudadela? ¿La dejarás poner una mano sobre nuestro hijo?
Él se detuvo, con el pecho subiendo y bajando con fuerza. Miró a los capitanes, a los ancianos, y finalmente a mí. Y en esa mirada, vi morir al hombre que amaba a una sombra, y nacer al rey que defendía su reino.
—Convoca a los jefes de los clanes —ordenó, con voz tronante que hizo temblar las paredes—. Moviliza a la guardia completa. Cierra las puertas. Que nadie entre ni salga sin mi permiso. Y que la sanadora jefe prepare las salas de curación. Porque habrá batalla.
Los capitanes salieron de inmediato, con paso firme, y la sala se vació rápidamente. Cuando quedamos solos, Kaelen se dejó caer en el trono, cubriéndose el rostro con una mano.
—Tres años —susurró—. Tres años y no la olvidé. Y ahora… ahora viene a matarnos. A ti. A él. A todo lo que tengo.
Me acerqué y me senté en el borde del trono, a su lado. No le tomé la mano. No le ofrecí consuelo suave.
—Ella tomó la decisión hace tres años —dije con calma—. Tú elegiste el deber. Ella eligió la guerra. Ahora vivimos con nuestras elecciones. No te culpes por lo que ella es. No es tu culpa que su corazón solo sepa odio.
—¿Y si gana? —preguntó, bajando la mano y mirándome con ojos llenos de terror—. ¿Si entra aquí? ¿Qué hará con nosotros?
—No ganará —respondí con una seguridad absoluta, que incluso a mí misma me sorprendió—. Porque ella lucha por el pasado. Y yo lucho por el futuro. El pasado pesa, Kaelen. El futuro da alas. Y cuando llegue el momento… verás que no tengo miedo de enfrentarme a ella. Ni a ella, ni a su ejército, ni a la muerte misma. Porque tengo algo que me hace más fuerte que cualquier enemigo: un hijo que espero que crezca en un mundo mejor que el que conocí.
Me levanté y me dirigí hacia la puerta, pero me detuve antes de salir, mirándolo por encima del hombro.
—Prepárate, rey mío. La guerra no se gana con lágrimas. Se gana con espadas en la mano y claridad en la mirada. Y yo… yo ya estoy lista.
Fui directa a la cámara de Elian. Elara estaba con él, leyéndole una historia, pero se puso de pie al verme entrar, notando la gravedad en mi rostro.
—Señorita… ¿las noticias del norte…?
—Son ciertas —confirmé, arrodillándome junto a la cama donde mi hijo jugaba con un caballo de madera—. Vienen.
—¿Qué haréis? —susurró ella, con temor.
—Lo que una madre hace —respondí, acariciando el cabello oscuro de Elian—. Proteger lo que es mío. Cueste lo que cueste.
El niño levantó la vista, con esos ojos grandes y dorados, y me sonrió.
—¿Mamá? ¿Vendrán personas malas?
Me incliné y lo abracé con fuerza, respirando su olor a jabón y leche y seguridad, grabándome cada detalle en la memoria.
—No te harán daño, pequeño. No mientras yo esté aquí. Nadie te toca. Nadie nos separa. Lo prometo.
Esa noche, escribí en mi cuaderno, con mano firme pero cargada de un peso que antes no tenía:
La sombra regresa. Tres años de calma fueron solo preparación. Ella viene con fuego y espadas, tal como prometió. Pero olvidó algo importante: yo también he estado preparándome. Mientras ella reunía guerreros, yo he construido un hogar. Mientras ella soñaba con venganza, yo he aprendido a reinar. Y cuando dos fuerzas chocan… gana la que tiene más que perder. Yo tengo todo que ganar. Ella solo tiene que perder. Que venga. La espero. Y esta vez… no habrá piedad.
Cerré el cuaderno y me dirigí a la ventana, mirando hacia el norte, donde el horizonte se veía oscuro, como si nubes de tormenta se acumularan allá lejos.
—Vete al infierno, Wynne —susurré, con voz fría y serena—. Pero ven preparada. Porque esta vez no te irás. Una de las dos caerá. Y no seré yo.