Lía jamás imaginó que terminaría dentro de su novela. Después de llorar por la trágica muerte del Clan Licano, despierta en el cuerpo de Elara Licano, la hija menor de la familia y una de las primeras víctimas de la historia.
Ahora conoce el futuro: las traiciones, las conspiraciones y la guerra que destruirán al clan hasta borrar su nombre.
Pero esta vez, Elara no piensa seguir el guion.
Con sus recuerdos y conocimiento de cada acontecimiento, decide cambiar el destino de su familia antes de que sea tarde. Lo que nadie sabe es que alterar una historia puede despertar peligros que jamás existieron en el libro… y ponerla frente a enemigos mucho más poderosos de lo que recuerda.
Para salvar a los Licano, Elara tendrá que desafiar al Imperio, descubrir quién los traicionará y luchar por la supervivencia del clan.
Esta vez, la historia terminará de otra manera.
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Los aliados olvidados
El frío se intensificó al amanecer, cubriendo la fortaleza de una capa de escarcha que no debía aparecer hasta meses después. El invierno eterno, ese castigo que el libro describía como inevitable, ya estaba respirando sobre ellos. Elara lo sintió en los huesos mientras caminaba hacia la sala del consejo, donde su padre y sus hermanos la esperaban. Sabía que habían ganado la primera batalla de palabras… pero la guerra de espadas requería algo que en la historia original les faltó: aliados.
Al entrar, Lord Kael estaba frente a un gran mapa de piel, señalando las fronteras del clan.
—Valerius volverá con un ejército —decía con voz pesada—. Lo sabemos. Y si venimos solos, no resistiremos mucho tiempo. El Imperio tiene hombres, recursos, oro… y nosotros solo tenemos nuestras murallas y nuestra voluntad.
—No estamos solos —dijo Elara al entrar, con paso firme—. En el libro, el Clan Licano esperó hasta el último momento para buscar ayuda. Y cuando lo hicieron, ya era tarde. Los clanes vecinos no les creyeron, pensaron que era demasiado arriesgado aliarse con unos "rebeldes". Pero ahora podemos llegar antes. Antes de que el Emperador envenene sus oídos con mentiras.
Rian se inclinó sobre el mapa, con el ceño fruncido.
—¿A quién piensas enviar? Los clanes del Norte siempre han sido desconfiados. Los del Este… temen al Imperio demasiado para oponérsele.
—Hay dos clanes que no temen nada —respondió Elara, señalando dos regiones al suroeste, en las montañas—. El Clan Halcón y el Clan del Río. En la historia original, el Emperador los atacó y los sometió justo antes de caer sobre nosotros. Nunca se aliaron con él, solo fueron conquistados. Si les ofrecemos una alianza sincera, antes de que caiga sobre ellos la misma amenaza, nos ayudarán. Compartimos el mismo enemigo. Y el mismo destino si caemos uno por uno.
Lady Mira asintió lentamente.
—Son orgullosos. No aceptan órdenes. Pero si les hablamos de igual a igual… quizás escuchen.
—Entonces debemos enviar a alguien que hable con la voz de nuestro clan, no con la de un mensajero cualquiera —dijo Lord Kael, recorriendo con la mirada a sus hijos—. Rian, tú eres el mayor, pero te necesito aquí para dirigir la defensa. Zora, tu magia es indispensable en la fortaleza. Darien… tú irás.
Darien, que hasta ese momento había escuchado en silencio, levantó la vista con sorpresa.
—¿Yo? Padre, soy el mediano… ¿estás seguro?
—Tienes la mente más rápida de todos nosotros —respondió su padre—. Sabes escuchar, sabes hablar sin provocar. Y Elara confía en ti. Eso es suficiente para mí.
Elara se acercó a su hermano, poniéndole una mano en el brazo. En el libro, Darien también partió en busca de aliados… pero llegó demasiado tarde. Los mensajeros imperiales ya habían llegado antes que él, y los clanes vecinos, asustados, lo rechazaron. En el camino de regreso, cayó en una emboscada y murió solo, lejos de casa.
—Escúchame bien, Darien —le dijo, bajando la voz para que solo él la oyera—. No tomes el camino del Valle de los Susurros. Es más corto, pero el Imperio ya lo tiene vigilado. Toma el camino de la costa. Es tres días más largo, pero llegarás antes de que ellos puedan interferir. Y cuando hables con los jefes de los clanes, no les pidas ayuda. Diles que les ofreces la oportunidad de luchar por su libertad. Que el Emperador nos destruirá a todos, uno tras otro, si no nos unimos ahora.
Darien la miró, con una mezcla de asombro y confianza.
—¿Cómo sabes todo esto, hermana? Parece que ya viviste este viaje.
—Viví el final de quien no lo hizo —respondió ella con sinceridad—. Y no quiero que tú tengas que vivirlo también. Ten cuidado, hermano. Eres nuestra esperanza. Y si no vuelves… será mi culpa por haberte enviado.
—No será tu culpa —respondió él, apretándole la mano—. Será nuestra elección. Y si voy, es porque creo en ti. Porque veo lo que veo en todos vosotros: el fuego del Clan Licano, encendido de nuevo.
Esa misma tarde, Darien partió. Llevaba consigo una escolta pequeña pero de confianza, los tratados antiguos que demostraban la ilegalidad de las exigencias imperiales, y la promesa de que el Clan Licano no buscaría dominar, sino luchar junto a ellos. Elara lo vio partir desde la torre más alta, con el corazón apretado. En la historia original, esta misión fue el canto de cisne de su hermano. Ahora, era la primera esperanza real de victoria.
—Volverá —dijo una voz a su lado. Era Zora—. Lo siento. Su fuego no se ha apagado.
—Lo sé —respondió Elara, sin apartar la vista del camino—. Pero el destino es cruel, hermana. Y ahora que nos desviamos de su camino, nos pondrá más obstáculos que nunca. Si Darien no logra convencerlos… si llega tarde… estamos perdidos.
—Entonces rezaremos para que llegue a tiempo —dijo Zora con firmeza—. Y mientras tanto, nosotras nos preparamos. Si el invierno llega antes, si el ejército aparece antes de que él regrese… nosotras sostendremos la fortaleza. Como Licano.
Elara asintió, sintiendo el peso de la responsabilidad. Había enviado a su hermano hacia lo que podía ser su muerte… pero también era la única forma de sobrevivir. El destino original no tenía aliados, porque nadie se atrevió a dar el primer paso. Ellos sí lo hicieron. Y ahora, solo quedaba esperar… y resistir.
Abajo, en el patio, los guerreros entrenaban con más brío que nunca. Las puertas se cerraban con cerrojos reforzados. Los almacenes se llenaban día tras día. Y en el horizonte, el cielo se teñía de un gris plomizo, anunciando que la tormenta —tanto la de nieve como la de espadas— estaba cada vez más cerca.