SINOPSIS ~
Amaris ha aprendido que sobrevivir significa no llamar la atención, no confiar demasiado y sobre todo ocultar aquello que te hace diferente
Pero al acercarse a sus 18 años su vida comienza a cambiar secretos que nunca pidió conocer salen a la luz
Personas desconocidas entran en su camino y alguien que parece saber más de ella de lo que debería
Entré magia peligros y sentimientos que jamás esperaba encontrar Amaris tendría que descubrir en quien confiar
Por qué hay verdades capaces de cambiar una vida y hay destinos que fueron escritos mucho antes de que pudiéramos elegirlos
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EL BOSQUE QUE RECUERDA
Habían pasado varios días desde que abandonaron el valle.
El camino hacia el norte se había vuelto más tranquilo de lo que esperaban. Después de tantas semanas de persecuciones, combates y encuentros extraños, aquella calma resultaba casi sospechosa.
Amaris caminaba junto a Kael mientras Arnold iba unos metros por delante.
Nox avanzaba cerca de ellos, silencioso como siempre.
El bosque que atravesaban era diferente a los anteriores. Los árboles eran altos y sus ramas formaban un techo natural sobre el camino. La luz del sol apenas lograba atravesarlo, dejando manchas doradas sobre la tierra.
Amaris observó los alrededores.
—Hace demasiado silencio.
Kael miró hacia los árboles.
—¿Eso te preocupa?
—Un poco.
—Pensé que ya te habías acostumbrado a que las cosas intentaran matarnos.
Amaris lo miró de reojo.
—No.
—¿No?
—No me acostumbro.
Kael sonrió.
—Entonces vamos progresando.
Amaris soltó una pequeña risa.
No era una gran carcajada. Apenas una sonrisa que apareció durante unos segundos.
Pero Kael la vio.
Y, por alguna razón, no pudo evitar sonreír también.
Desde unos metros adelante, Arnold giró la cabeza.
Los observó.
Después miró hacia otro lado con una sonrisa divertida.
—Qué raro...
—¿Qué? —preguntó Amaris.
—Nada.
—Arnold.
—He dicho que nada.
Kael soltó una pequeña risa.
—Déjalo. Si empieza, no va a parar.
—Te escuché —protestó Arnold.
—Era la intención.
Amaris negó con la cabeza.
Por primera vez desde que habían comenzado aquel viaje, caminar juntos no se sentía como una obligación.
Se sentía natural.
Un movimiento entre los arbustos llamó la atención de Amaris.
Se detuvo.
Kael también.
—¿Qué pasa?
Amaris levantó una mano.
—Espera.
Los tres guardaron silencio.
Algo pequeño salió lentamente de entre las hojas.
Era un zorro.
Tenía el pelaje rojizo y una de sus patas parecía lastimada.
Amaris bajó la mirada.
El animal la observó.
Pero no huyó.
Eso era extraño.
Los animales salvajes normalmente escapaban al notar personas.
Este no.
Amaris dio un paso hacia él.
El zorro retrocedió.
Ella se detuvo.
—Tranquilo.
El animal ladeó la cabeza.
Amaris sintió algo extraño.
No era una voz.
Era una sensación.
Una imagen fugaz.
Dolor.
Hambre.
Miedo.
Y una necesidad desesperada de encontrar refugio.
Amaris abrió un poco los ojos.
—¿Qué...?
Kael se acercó.
—¿Qué sucede?
Amaris no respondió inmediatamente.
Miró al zorro.
Después a Kael.
—Creo que...
Se quedó callada.
—¿Qué? —insistió él.
—Creo que está herido.
Kael miró al animal.
—Eso sí puedo verlo.
Amaris frunció el ceño.
—No. Quiero decir que...
Volvió a mirar al zorro.
—Sé que está asustado.
Kael la observó.
—¿Y cómo sabes eso?
—No lo sé.
Arnold se acercó también.
—¿Te está hablando?
Amaris negó rápidamente.
—No exactamente.
Kael cruzó los brazos.
La miró durante unos segundos.
—Amaris...
—¿Qué?
—¿Estás segura de que no comiste alguna planta extraña?
Ella entrecerró los ojos.
—¿Qué estás insinuando?
Kael se inclinó ligeramente hacia ella y bajó la voz.
—No sé... quizá estás con los alucinógenos.
Amaris lo golpeó suavemente en el brazo.
—¡Idiota!
Kael se llevó una mano al brazo, fingiendo dolor.
—¡Oye!
—Te lo ganaste.
—Solo estaba preocupado por ti.
—Claro.
—De verdad.
—Kael.
—¿Sí?
—Cállate.
Arnold soltó una carcajada.
—Definitivamente se están llevando mejor.
Amaris y Kael se quedaron callados al mismo tiempo.
Se miraron.
Luego apartaron la mirada casi inmediatamente.
—No estamos haciendo nada —dijo Amaris.
—Yo no dije nada —respondió Arnold.
—Pero lo pensaste.
—Eso sí.
Kael soltó una risa.
Amaris volvió a mirar al zorro.
El pequeño animal se había acercado un poco más.
Esta vez, ella extendió lentamente la mano.
El zorro olfateó sus dedos.
Después apoyó el hocico contra su palma.
Amaris sintió nuevamente aquella extraña sensación.
Dolor.
Frío.
Hambre.
Y una palabra.
No escuchada con los oídos.
Sentida dentro de su mente.
Ayuda.
Amaris contuvo el aliento.
Miró al animal.
—Estás herido...
El zorro cerró los ojos.
Amaris se quitó una pequeña tira de tela que llevaba en la muñeca y se agachó para vendarle la pata.
Kael se quedó observándola.
Había algo diferente en la manera en que Amaris trataba a los animales.
No era simplemente compasión.
Parecía entenderlos.
Después de curar al zorro, continuaron el camino.
El animal los siguió durante un rato.
Amaris miraba hacia atrás cada cierto tiempo.
—¿Crees que seguirá detrás de nosotros?
—Probablemente —respondió Kael.
—¿Y eso no te parece extraño?
—Después de todo lo que hemos visto, no sé qué debería considerarse extraño.
Amaris sonrió.
—Buen punto.
Pero Nox no compartía la tranquilidad de Kael.
El Fenrir caminaba en silencio.
De vez en cuando miraba al pequeño zorro.
Y luego a Amaris.
Su expresión era difícil de interpretar.
Al caer la noche, encontraron un claro donde podían descansar.
Arnold reunió madera.
Kael encendió una pequeña fogata.
Amaris se sentó cerca de las llamas.
El zorro había desaparecido entre los árboles.
Nox estaba acostado cerca de Kael.
Todo parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Amaris levantó la mirada hacia el cielo.
Entre las ramas podía verse una pequeña parte de las estrellas.
—¿Alguna vez te has preguntado qué hay más allá de todo esto? —preguntó.
Kael la miró.
—¿Más allá del bosque?
—Más allá de todo.
Kael permaneció pensativo.
—Sí.
—¿Y qué imaginas?
Él se encogió de hombros.
—Un lugar donde nadie me diga dónde debo estar.
Amaris lo miró.
Kael sonrió ligeramente.
—¿Y tú?
Ella tardó en responder.
—Un lugar donde no tenga que esconderme.
La sonrisa de Kael desapareció.
No preguntó por qué.
No intentó hacerla hablar.
Simplemente se quedó junto a ella.
—Entonces supongo que buscamos cosas parecidas.
Amaris bajó la mirada.
—Supongo.
Durante unos segundos no dijeron nada.
Pero el silencio no resultó incómodo.
Era un silencio tranquilo.
Uno que ninguno de los dos necesitaba romper.
Más tarde, cuando Arnold y Kael dormían, Amaris permaneció despierta.
No podía explicar por qué.
Sentía una inquietud extraña.
Se levantó y caminó unos pasos alejándose del campamento.
Nox abrió los ojos.
La observó.
Pero no la siguió.
Amaris se sentó junto a un árbol.
Cerró los ojos.
Entonces lo vio.
Un bosque cubierto de nieve.
Todo era blanco.
Había árboles enormes.
El viento movía las ramas.
Y entre la niebla apareció una figura.
Un hombre.
Cabello blanco.
Piel pálida.
Ojos rojos.
A su espalda se movían lentamente nueve enormes colas blancas.
Amaris quiso acercarse.
Pero la figura desapareció.
Entonces escuchó un rugido.
No era amenazante.
Era triste.
Amaris abrió los ojos de golpe.
Respiraba con dificultad.
Miró sus manos.
No había nada.
—¿Qué fue eso...?
Una sombra apareció frente a ella.
Nox.
El enorme Fenrir se había acercado.
Amaris levantó la mirada.
Sus ojos se encontraron.
Por un instante tuvo la extraña sensación de que Nox sabía exactamente lo que acababa de ver.
—Tú sabes algo... ¿verdad?
Nox permaneció inmóvil.
Amaris frunció el ceño.
—Siempre haces eso.
El Fenrir inclinó ligeramente la cabeza.
—Me miras como si supieras quién soy.
Nox no respondió.
Solo se acercó y apoyó lentamente la cabeza contra su mano.
Amaris se quedó inmóvil.
Aquella sensación volvió.
Una tristeza profunda.
Una nostalgia que no parecía pertenecerle.
Y, por un instante, sintió que estaba recordando algo que jamás había vivido.
Retiró la mano.
—No entiendo...
Nox la observó.
Sus ojos verdes reflejaban la luz de la luna.
Y aunque Amaris todavía no podía saberlo, aquel bosque había despertado algo que llevaba siglos esperando.
Algo que comenzaba a recordar.
Y algo dentro de ella...
también.
A unos metros de allí, Kael abrió los ojos.
Había despertado.
Miró hacia donde estaba Amaris y Nox.
No pudo escuchar lo que hablaban.
Pero vio la expresión de ella.
Parecía confundida.
Preocupada.
Y, por alguna razón, Kael sintió el impulso de levantarse.
Sin embargo, se quedó donde estaba.
Sabía que Amaris no necesitaba que alguien invadiera todos sus silencios.
Solo necesitaba saber que, si lo necesitaba...
él estaría allí.
Y eso era algo que Kael todavía no se había dado cuenta de que ya estaba empezando a hacer.
Quedarse.
Sin que nadie se lo pidiera.