A sus 48 años, Solange Barreto es una fuerza de la naturaleza. Viuda desde hace quince años y al frente de la constructora y firma de arquitectura más grande e importante del país. Su vida gira en torno a su imperio y su familia, conformada por su hijo mayor Santiago de 28 años —quien vive con su esposa Carol y sus dos hijos en la gran mansión de Solange bajo la excusa de "no dejarla sola"— y su hija menor Sáhara, una talentosa jefa de marketing casada con un reconocido neurocirujano.
El orden inquebrantable de su mundo cambia radicalmente cuando, durante un almuerzo en el restaurante de su íntima amiga Yamilet de Sánchez (junto a su contadora Martha de Benavides), escucha una voz que hace latir su corazón con fuerza desbocada. Se trata de Ismael Fermín Muñoz, un antiguo amigo de la universidad convertido en un magnate de 50 años, dueño de conglomerados financieros, centros comerciales y resorts.
El reencuentro enciende una chispa inmediata.
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LA EMBOSCADA EN LA CARRETERA DEL ESTE Y LA FURIA DE LOS BLINDAJES
El sol de la tarde comenzaba a teñir el cielo de tonos cobrizos y violetas cuando el imponente sedán blindado de la familia Barreto abandonó los portones de la gran mansión. En el asiento trasero, Solange repasaba con una tableta digital los informes financieros que su contadora Martha le había enviado tras el bloqueo de cuentas, manteniendo la mente fría y calculadora que la había llevado a la cima. Al volante iba Marcos, su chofer de confianza y un exmiembro de las fuerzas especiales, mientras que en el asiento del copiloto viajaba Roberto, el jefe de seguridad personal de la matriarca, un hombre de hombros titánicos y mirada de halcón que jamás se separaba de su radio de comunicación encriptada.
El trayecto hacia las oficinas centrales del corporativo transcurría con la habitual monotonía de la autopista del este, una vía rápida flanqueada por densas arboledas y escasas incorporaciones vehiculares. Sin embargo, a la altura del kilómetro veintidós, donde el asfalto describía una curva pronunciada antes de adentrarse en un viaducto elevado, la situación dio un vuelco repentino y letal.
Una camioneta pickup de carga, con las placas manchadas de lodo y los cristales oscuros, redujo la velocidad de manera abrupta justo frente a ellos, bloqueando por completo el carril central. Al mismo tiempo, por el retrovisor izquierdo, Roberto vio cómo una motocicleta de gran cilindrada con dos sujetos encapuchados se emparejaba a toda velocidad con la ventanilla del pasajero trasero.
—¡Emboscada! ¡Agache la cabeza, señora Solange! —gritó Roberto con una voz atronadora, desgainando su arma de fuego reglamentaria con reflejos felinos mientras pulsaba el botón de alerta general.
Antes de que Solange pudiera siquiera parpadear ante la sorpresa, un estruendo metálico ensordecedor sacudió el lateral del sedán. Las chispas saltaron en una lluvia cegadora cuando las primeras ráfagas de un subfusil impactaron directamente contra el cristal blindado reforzado, astillándolo en una red de telarañas impenetrables pero demostrando la clara intención homicida de los atacantes.
Marcos, con una sangre fría admirable, no pisó el freno. Por el contrario, redujo una marcha de golpe, giró el volante con violencia hacia la derecha y embistió con la pesada defensa del sedán la parte trasera de la camioneta que les bloqueaba el paso, abriéndose un hueco forzado entre el metal retorcido y el muro de contención de la autopista.
—¡No se detenga, Marcos, sáquenos de aquí! —exclamó Solange, manteniendo una compostura férrea a pesar de que el olor a pólvora y ozono impregnaba el habitáculo. Su corazón latía con fuerza, pero el miedo fue instantáneamente reemplazado por una rabia incandescente. Sabía perfectamente que aquello no era un simple asalto al azar; los profesionales que los acechaban buscaban su cabeza.
La motocicleta intentó cerrarles el paso nuevamente por el flanco derecho, acelerando con la intención de disparar directamente a los neumáticos delanteros. Pero Roberto, con medio cuerpo inclinado hacia la ventanilla del copiloto que ya había cedido parcialmente ante los impactos, respondió al fuego enemigo con una precisión quirúrgica. Dos disparos certeros hicieron que el conductor de la moto perdiera el control, derrapando de forma aparatosa sobre el asfalto y llevándose consigo al sicario que iba en la parte trasera.
Acelerando a fondo, el motor V8 del sedán rugió con furia, dejando atrás la zona del viaducto y enfilándose hacia los túneles urbanos que conducían directamente al centro financiero, donde la seguridad privada y la policía metropolitana podían garantizarles un perímetro seguro.
Minutos más tarde, protegidos tras los muros de concreto del aparcamiento subterráneo de la torre corporativa, el vehículo se detuvo con los neumáticos humeantes. Las puertas se abrieron de golpe. Roberto y Marcos descendieron con las armas en alto, revisando cada rincón antes de abrir la puerta trasera para asistir a la jefa.
Solange salió del auto con el traje impecable, sin un solo temblor en las manos, aunque su mirada reflejaba un peligro latente que helaría la sangre de cualquiera. Se sacudió un imperceptible fragmento de cristal de la solapa y miró a su jefe de seguridad con absoluta seriedad.
—Averigüe quién está detrás de esto, Roberto —ordenó Solange con una voz gélida que cortaba como un bisturí—. Quiero nombres, matrículas, cuentas bancarias y el origen exacto de estos mercenarios antes de que termine el día. Alguien firmó mi sentencia de muerte creyendo que soy una presa fácil, y se van a arrepentir de haber nacido.
Mientras tanto, en la oscura y precaria habitación de hotel, Carol paseaba de un lado a otro con las manos entrelazadas, mordiéndose las uñas de los nervios a la espera de una llamada que confirmara la ejecución. Creía haber urdido el crimen perfecto, ignorando que el monstruo que acababa de despertar no descansaría hasta verla destruida por completo.