Algo crudo y nuevo, un reflejo de los problemas en la vida real.
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Termodinámica de la Intemperie.
La noche en el bosque no tardó en demostrarle que la miseria del pueblo era un lujo comparada con la intemperie.
Conforme la pálida luz del día se desvanecía entre las copas de los árboles, la temperatura cayó en picada. El cuerpo famélico de Leo, desprovisto de masa muscular o grasa que sirviera como aislante, comenzó a tiritar de forma violenta. Cada respiración expulsaba una nubecilla de vapor y le provocaba punzadas agudas en las costillas que el caballero le había fracturado horas antes.
Estaba acurrucado bajo la raíz semipodrida de un roble, abrazándose las rodillas con los brazos reducidos a meros huesos. El estómago le quemaba con una punzada vacía y constante, recordándole que no probaba bocado desde aquella última vez.
Para evitar que el pánico o el delirio de la fiebre le ganaran la partida, su cerebro —esa máquina hiperactiva y obsesiva que lo había llevado a memorizarse manuales enteros de balística y mecánica de materiales— comenzó a trabajar a marchas forzadas para bloquear el dolor.
Hipótesis de transferencia térmica: sin ropa adecuada, un refugio hermético o fricción calórica controlada, la hipotermia lo mataría antes del amanecer. En su vida pasada, un problema de diseño se resolvía con un rediseño de piezas o un ajuste en el torque. Aquí, el margen de error era un charco de lodo y una tumba anónima bajo las hojas.
Con los dientes castañeando, Leo obligó a sus dedos entumecidos a indagar en la tierra húmeda a su alrededor. No buscaba comida; buscaba materia prima. Sus dedos tropezaron con piedras, raíces semipodridas y un trozo de corteza seca pero quebradiza.
En su mente no había lamentos por el camión que lo mató, ni lágrimas por la beca o el examen de la Marina que le cerró las puertas. Solo había una fría y cínica constatación: el sistema de este mundo era tan incompetente como el de su tierra natal. Los caballeros eran brutos con armaduras oxidadas que confiaban en la fuerza bruta y el miedo; los plebeyos estaban demasiado quebrados para pensar en rebelión.
Si nadie iba a darle una oportunidad, tendría que fabricársela. Aunque tuviera que empezar moliendo piedras.
El frío no era una molestia; era un taladro que le perforaba la piel y le congelaba la médula.
Leo yacía encogido bajo la raíz del roble, tiritando con una violencia tal que sus dientes chocaban entre sí con un chasquido rítmico y desesperante. La fiebre ligera que había comenzado a nublarle la vista al atardecer ahora se había convertido en un fuego interno que le quemaba la frente, mientras su cuerpo, incapaz de generar calor por falta absoluta de reservas calóricas, comenzaba a apagarse.
El estómago le apretaba las entrañas con espasmos tan dolorosos que le arrancaban arcadas secas. Ya no escupía tierra; escupía bilis amarga y transparente.
—Mierda... maldita sea... —siseó con la voz rota, un hilo de aire que apenas lograba salir de su garganta reseca.
En su delirio por el hambre, el sonido de un crujido sutil entre la hojarasca a pocos centímetros de su mano derecha captó su atención. Sus ojos, hundidos y febriles, se movieron con lentitud en la penumbra.
A medio metro de su rostro, una rata de gran tamaño, engordada por la podredumbre del bosque, lo miraba con un par de abalorios negros y brillantes. El animal olfateaba el aire, intrigado por el olor a sudor frío y descomposición que emanaba de aquel esqueleto humano.
Cualquier otra persona en su sano juicio habría sentido asco o repulsión. Leo solo sintió una necesidad primaria, visceral y despiadada.
Movido por un impulso puramente animal, se lanzó hacia adelante con lo poco que le quedaba de fuerza, estirando los dedos con desesperación. La rata chilló, intentando escapar, pero la mano esquelética de Leo cayó sobre su lomo con la precisión de una trampa para osos, atrapándola contra la tierra húmeda. El roedor se contorsionó, clavándole los incisivos afilados en la palma de la mano. Un dolor agudo le recorrió la muñeca, pero Leo ni siquiera parpadeó; apretó con más fuerza, ahogando los chillidos de la criatura contra el suelo hasta que sintió los huesos pequeños romperse bajo sus dedos.
Se quedó respirando con dificultad, con la mano ensangrentada y el corazón latiéndole desbocado en el pecho.
No había fuego para cocinarla.
No había condimentos, ni agua limpia para lavarla. Tenía una pieza de carne cruda, sucia y pestilente en las manos, y una sola certeza: si quería ver el amanecer y comenzar a maquinar su venganza contra este mundo de mierda, tendría que comerse esa porquería tal como estaba.
El sabor fue una bofetada directa al estómago.
La sangre caliente y metálica inundó su boca antes de que tuviera tiempo de procesarlo, seguida de la textura viscosa, los tendones crujiendo bajo sus molares y el asqueroso rastro de tierra y carroña que la rata llevaba pegado al pelaje. Su garganta se contrajo con un reflejo violento de repulsión, amenazando con devolver cada gramo de lo poco que había tragado.
Trágatelo, se ordenó a sí mismo, con los ojos anegados en lágrimas por el esfuerzo físico y la náusea. Si lo vomitas, te mueres.
Cada masticación era una tortura psicológica y física, pero obligó a su mandíbula a seguir moviéndose hasta que no quedó más remedio que tragar aquel bolo denso y crudo. El bulto bajó por su esófago como una piedra filosa, raspándole las paredes internas hasta el estómago, que de inmediato comenzó a convulsionarse intentando procesar el insulto biológico que acababa de recibir.
Se quedó un largo rato tirado en el barro, con los labios manchados de sangre oscura y los ojos fijos en la oscuridad impenetrable de la maleza, esperando a que su organismo rechazara el alimento. Pero el cuerpo humano, en su desesperación más absoluta, es una máquina terca. Poco a poco, el espasmo estomacal se calmó, sustituido por una pesada sensación de combustión lenta mientras sus jugos gástricos comenzaban a deshacer lo que acababa de cazar.
No fue una comida. Fue combustible de la peor calidad, inyectado a la fuerza en un motor al borde del desbielo.
Con el estómago revuelto y un sabor a podredumbre instalado en el fondo de la lengua, Leo cerró los ojos. El frío de la noche seguía mordiéndole los huesos, pero el calor químico de la digestión —por mínimo que fuera— detuvo el temblor incontrolable de sus mandíbulas.
Las horas siguientes pasaron en un limbo febril.
Entre el sueño y la vigilia, su mente obsesiva no se detuvo; empezó a divagar de forma errática, mezclando los recuerdos del taller de su tío Fernando en Los Mochis con los planos mentales de los mecanismos de retroceso de un fusil de asalto. Imaginaba resortes, percutores, cartuchos de latón y pólvora negra comprimida, intentando traducir la física de la balística a los recursos primitivos de ese mundo medieval.
¿Cómo fabricar nitrato de potasio sin laboratorios? ¿De dónde sacar azufre puro en un reino de campesinos ignorantes? Las preguntas se amontonaban en su cabeza como piezas de un rompecabezas al que le faltaban la mitad de las fichas.
Cuando la primera línea de luz grisácea y sucia comenzó a filtrarse entre las copas de los árboles, Leo abrió los ojos.
Estaba hecho pedazos. Las costillas le dolían con un pinchazo punzante al respirar, la mordedura de la rata en la palma de su mano palpitaba con un inicio de infección, y su ropa apestaba a fango y sangre seca. Pero seguía respirando.
Intentó mover las piernas. Los músculos seguían deprimidos y atrofiados, pero la carne cruda había evitado que su cuerpo colapsara por completo. Apoyándose contra el tronco del roble, se puso de pie con un gruñido sordo, tambaleándose como un fantasma famélico.
El bosque se extendía a su alrededor, indiferente a su existencia. Si quería salir vivo de ahí, y sobre todo, si planeaba empezar a cobrarle cuentas a los caballeros que lo habían pateado, necesitaría dejar de actuar como una bestia acorralada y empezar a pensar como un ingeniero.
Siguiendo el curso natural que dictaba la pendiente del terreno, Leo comenzó a abrirse paso entre la espesura, cojeando con torpeza mientras las ramas bajas le rasguñaban el rostro y los jirones de su ropa se atoraban en los arbustos espinosos.
Cada paso exigía un cálculo mental agotador. Su cuerpo famélico apenas soportaba su propio peso, y la herida en la palma de la mano, infectada por la mordedura de la rata, palpitaba al ritmo acelerado de su pulso.
Tras caminar poco más de una hora con la garganta reseca y la fiebre zumbándole en los oídos, el sonido sutil de un murmullo constante cortó el silencio del bosque.
Avanzó unos metros más, apartando un tupido muro de helechos gigantes, y lo vio.
Entre un lecho de piedras oscuras y musgo esmeralda corría un arroyo de aguas cristalinas y furiosas, bajando directamente desde la cima de un peñasco imponente que se alzaba a lo lejos, cortando el cielo gris como una cicatriz de piedra. Estaba lo suficientemente alejado de los dominios del reino como para estar libre de la porquería, los desechos humanos y las letrinas que envenenaban los alrededores del asentamiento. Era agua pura, nacida de las entrañas de la montaña.
Leo se dejó caer de rodillas en la orilla, con tanta prisa que casi se va de boca contra el fondo rocoso.
No dudó ni un segundo. Hundió las manos temblorosas y llevó el líquido helado directamente a los labios, tragando con desesperación. El agua fresca le golpeó el paladar, aliviando de golpe el fuego de la fiebre y lavando el asqueroso sabor a sangre y carroña que llevaba arrastrando desde la noche anterior. Bebió hasta que el estómago le dolía por la presión, sintiendo cómo el frío líquido despertaba temporalmente los nervios adormecidos de su cuerpo.
Con la respiración más calmada, se inclinó un poco más para ver su reflejo en una poza tranquila junto a la corriente.
El panorama seguía siendo patético: ojeras negras, piel translúcida y costillas marcadas como las de un cadáver desenterrado. Pero al menos, por primera vez desde que había despertado en ese maldito mundo, tenía agua limpia en las manos y la certeza de que la montaña ocultaba recursos que los nobles ignoraban.
Alzando la vista hacia el peñasco de donde descendía el arroyo, su mente de ingeniero comenzó a calcular distancias y pendientes. Si había agua corriendo desde las alturas, también debía haber minerales filtrándose en las paredes de la roca, vetas expuestas por la erosión, y tal vez... los primeros componentes químicos que necesitaría para empezar a jugar al dios de la pólvora.
El agua fría de la corriente le había despejado la mente, pero el estómago le exigió una tregua inmediata. Cazar una rata a mordiscos había sido una medida desesperada de supervivencia nocturna; construir un refugio y herramientas reales era el siguiente paso lógico si no quería terminar convirtiéndose en abono para el bosque antes de terminar la semana.
Leo apartó los ojos del peñasco y analizó el entorno con una mirada fría, despojada de cualquier ilusión romántica sobre la supervivencia en la naturaleza.
Necesitaba tres cosas antes de que cayera el sol: fuego por fricción para mitigar la hipotermia nocturna, un refugio básico contra la intemperie y una lanza de madera resistente que le permitiera cazar algo más digno que roedores sin arriesgar sus escasas calorías.
Se arrastró hasta una zona donde los matorrales daban paso a árboles jóvenes y rectos. Ignorando el dolor punzante en la palma infectada, comenzó a buscar madera adecuada. Descartó las ramas verdes y flexibles que solo se doblarían al impactar, y buscó madera seca pero densa, maderas duras caídas que resistieran la tensión sin astillarse en las manos.
Tras probar varias piezas, seleccionó una vara de aproximadamente dos metros de largo, recta y con un grosor uniforme que le permitía un agarre firme.
Utilizando una piedra afilada que encontró en la orilla del arroyo como si fuera un cincel tosco, comenzó a raspar y golpear el extremo de la madera en un ángulo de cuarenta y cinco grados. El proceso era dolorosamente lento y agotador para sus brazos famélicos; cada golpe le sacudía las costillas fracturadas, obligándolo a detenerse a respirar con los dientes apretados cada pocos minutos.
Pero la persistencia mecánica dio resultados. Tras una hora de trabajo arduo, había modelado una punta cónica y afilada en el extremo de la vara.
Para mejorar la penetración y compensar la falta de fuerza en sus brazos al momento de estocar, levantó una piedra pesada y golpeó firmemente la punta de madera contra el fuego natural de la fricción de la piedra, tostándola ligeramente para endurecer las fibras externas sin llegar a quemarlas por completo. Una lanza rudimentaria, desequilibrada y tosca, pero letal si se usaba a corta distancia.
Con el arma improvisada apoyada contra su hombro, pasó a la siguiente fase: el refugio y el fuego.
Buscando entre los árboles caídos, encontró una depresión natural bajo un saliente de roca firme, flanqueada por las raíces expuestas de un pino gigante. No era una cabaña, pero ofrecía un techo contra la lluvia y paredes naturales que bloquearían parcialmente el viento helado de la montaña.
Para armar el sistema de combustión, buscó madera de pino muy seca y un madero plano de base, tallando una pequeña muesca. Con los dedos temblando por el esfuerzo y la fiebre que amenazaba con regresar, colocó el eje vertical entre las palmas de sus manos y comenzó a rotarlo a máxima velocidad, aplicando presión constante hacia abajo.
El humo blanco y delgado tardó minutos en aparecer, un hilo frágil que se elevaba entre el musgo. Cuando una pequeña brasa incrustada en el polvillo seco comenzó a brillar con un tono anaranjado, Leo contuvo la respiración, depositó la brasa sobre un nido de hierba seca y sopló con suavidad milimétrica hasta que las primeras llamas lamieron la madera.
Alimentó el fuego con ramas pequeñas y hojas secas hasta estabilizar una fogata modesta, pero constante que iluminó el refugio de piedra.
Sentado frente al calor, con la lanza de punta tostada a su lado y el reflejo del fuego parpadeando en sus cuencas hundidas, Leo sintió por primera vez que el control regresaba a sus manos. El cuerpo seguía destrozado, pero ya no era un simple cadáver andante a merced de la suerte. Había construido su primera línea de defensa.
El parpadeo de la fogata frente al refugio de piedra se convirtió en una rutina de supervivencia implacable.
Dos meses en la espesura del bosque habían transformado radicalmente el físico desahuciado de Leo. Las costillas fracturadas habían sanado formando una ligera y dolorosa protuberancia ósea, pero el hambre constante y el esfuerzo físico diario habían obligado a su cuerpo a reconstruirse a la fuerza. Ya no era el esqueleto andante que se arrastraba por el lodo; ahora tenía la complexión seca, fibrosa y correosa de un depredador acorralado. Sus manos, antes suaves por el trabajo de la taquería, estaban ahora cubiertas de callos duros, cicatrices por cortes y el rastro indeleble de la infección mal curada en la palma derecha.
Durante el día, el bosque era su taller y su trinchera. Por las noches, cuando la oscuridad cubría los caminos secundarios del reino y los campamentos periféricos de los exploradores o comerciantes desprevenidos, se convertía en un fantasma.
Con la lanza de punta endurecida al fuego siempre en mano y un cuchillo improvisado a partir de un trozo de ballesta oxidada que había robado semanas atrás, Leo se deslizaba entre la maleza sin emitir un solo sonido. Ya no cazaba ratas por desesperación; acechaba campamentos ajenos.
No masacraba a nadie —no por compasión, sino por cálculo táctico; llamar la atención de los caballeros del reino con asesinatos deliberados era un error amateur que terminaría con una patrulla peinando el bosque—. En su lugar, aplicaba una guerrilla de subsistencia invisible: robaba una bolsa de harina seca, un trozo de carne salada, herramientas de hierro útiles, clavos, trozos de cuero o cualquier pedazo de metal que pudiera desmontar, fundir o reciclar.
Esa noche, de regreso en su refugio bajo el saliente de roca, la pequeña fogata iluminaba los frutos de su última incursión a un campamento de leñadores a tres kilómetros de distancia.
Sobre una piedra plana que utilizaba como mesa de trabajo, Leo vació su botín: dos pequeñas placas de hierro remachadas que había arrancado de un arnés roto, un rollo de alambre de cobre delgado, una cantimplora de metal y una bolsa con un puñado de pólvora negra de baja calidad que le había robado a unos cazadores furtivos mientras dormían.
Se sentó en el tronco que usaba como asiento, con el rostro iluminado por el parpadeo de las brasas. Sostuvo la bolsa de pólvora entre los dedos, frotando los granos irregulares para medir su textura y su grado de humedad. Era burda, mal refinada y su velocidad de deflagración probablemente sería inestable, pero era pólvora.
Los dos meses de hambre, frío y aislamiento habían cumplido su propósito biológico y mental. Su cuerpo ya resistía las largas caminatas y las noches a la intemperie; su mente había dejado atrás el shock de la transición de mundo.
El escondite en el bosque ya no era solo una trinchera para no morir congelado. Se había convertido en el laboratorio clandestino de un ingeniero dispuesto a reescribir las reglas de ese infierno medieval, un cartucho a la vez.
El brillo rojizo de la fogata apenas alcanzaba a iluminar los recovecos de su refugio de piedra mientras Leo examinaba el grano de la pólvora robada. El bosque a su alrededor guardaba el silencio sepulcral de medianoche, un manto de oscuridad que él había aprendido a leer como a los planos de una máquina.
—Así que eras tú.
La voz, cortante, fría y femenina, se materializó justo detrás de él, a menos de dos metros, con la precisión quirúrgica de un depredador que lleva días midiendo cada uno de sus movimientos.
Leo no saltó por el pánico, pero la descarga repentina de adrenalina le contrajo los músculos al instante. Su mano derecha, guiada por el reflejo de dos meses de supervivencia extrema, abandonó la pólvora y se cerró con fuerza milimétrica sobre la empuñadura del cuchillo improvisado que tenía clavado en el tronco junto a él. Giró el torso con velocidad, apuntando al bulto en la penumbra.
Emergiendo de entre las sombras de los pinos, con la silueta recortada contra la pálida luz de la luna, una mujer lo observaba con fijeza. No llevaba las placas relucientes de los caballeros que patrullaban los caminos principales del reino, ni la cota de malla descuidada del matón que lo había pateado en el barro meses atrás. Su armadura era de un acero oscurecido, desgastado por el uso intensivo y los caminos difíciles, y sobre los hombros llevaba una capa pesada de viaje con el emblema real rasgado de cuajo, una cicatriz evidente de deserción.
Los ojos de Kassandra —afilados, duros y cargados de un pragmatismo implacable— se posaron primero en el cuchillo improvisado en la mano de Leo, luego en los restos de hierro y la pólvora sobre la piedra, y finalmente en el rostro endurecido del joven ingeniero. No había sorpresa en su expresión, solo el reconocimiento distante de quien finalmente atrapa a la alimaña que ha estado rondando sus suministros.
—Llevas semanas escabulléndote por los campamentos de la frontera, dejando justo lo necesario para que los idiotas de mis excompañeros crean que son ratas o el viento —dijo Kassandra, cruzándose de brazos, sin desviar la mirada de sus ojos—. Un novato habría dejado huellas claras en el lodo o se habría ahogado con el primer charco contaminado. Tú no. Te mueves como alguien que calcula cada paso.
Leo no bajó el cuchillo. Los nudillos se le pusieron blancos por la tensión mientras medía la distancia y el balance de su cuerpo frente al de ella. Sabía perfectamente lo que significaba una desertora del ejército feudal: disciplina militar, experiencia en combate real y una letalidad que superaba por mucho a cualquier rufián callejero.
—Si vienes a cobrar la cuota de la muralla o a entregarme con los caballeros del reino, perdiste el viaje —respondió Leo, con la voz ronca, templada por el frío y la distancia—. No tengo oro, y si quieres recuperar tus provisiones vas a tener que arrancármelas de las manos.
Kassandra soltó una exhalación corta, que bien pudo ser el amago de una sonrisa fría. Dio un paso al frente, haciendo crujir las hojas secas, y dejó que la luz de la fogata iluminara la empuñadura de la espada larga que pendía de su cadera.
—¿Entregarle informes a los cerdos que gobiernan ese muladar? No me hagas reír, muchacho —replicó ella, entrecerrando los ojos con un brillo calculador—. No vine a cazarte para llevarte preso. Vine porque llevo dos meses observándote... y necesito a alguien que sepa pensar con la cabeza fría, exactamente igual que tú.
El brillo de la fogata se proyectaba sobre los ángulos afilados de su rostro, acentuando la desconfianza. Leo mantuvo la punta del cuchillo hecha de hueso apuntando al pecho de la desertora, aunque sabía perfectamente que, contra una exsoldado equipada con acero y entrenamiento formal, ese pedazo de costilla afilada apenas serviría para rasguñarle la armadura.
—¿Qué quieres de mí? —escupió Leo, con la voz seca y tensa—. Si no vas a matarme ni a entregarnos, vete a buscar a otro idiota a quien hostigar. No tengo nada que te interese.
Kassandra no se inmutó ante la amenaza del cuchillo improvisado. En lugar de retroceder, dio otro paso deliberado hacia el círculo de luz, permitiendo que el calor del fuego iluminara el desgaste de su armadura oscurecida. Sus ojos recorrieron el modesto campamento: el refugio improvisado bajo la roca, el lecho de hojas secas, y sobre todo, la pequeña ballesta de madera tensada con tendones secos que Leo había construido desde cero, tallando cada pieza con una precisión milimétrica que delataba una mente obsesiva.
—¿Nada que me interese? —replicó ella, esbozando una sonrisa irónica que no le llegaba a los ojos—. Llevas dos semanas robándole raciones a los campamentos de la frontera sin dejar una sola huella que los sabuesos del reino puedan rastrear. Y lo más interesante: no usas magia, ni rezos, ni la fuerza bruta de un matón. Te he visto cazar con un mecanismo de poleas y madera que armaste con tus propias manos en medio de este muladar.
Kassandra cruzó los brazos, apoyando el peso en una pierna con una naturalidad peligrosa.
—Los desertores como yo no duran mucho tiempo en los bosques del sur si solo saben sacudir espadas. Tarde o temprano, la escasez de recursos o una patrulla de castigo te acorralan. Yo necesito cruzar hacia el este, más allá de la cordillera muerta, donde las leyes de los nobles no alcanzan a morder. Y tú necesitas salir de este agujero antes de que la infección en tu mano o el invierno terminen por pudrirte por dentro.
Leo bajó ligeramente el cuchillo de hueso, aunque la desconfianza seguía latiendo con fuerza en sus sienes. Sus ojos recorrieron la ballesta de madera que reposaba junto al tronco, su única y preciada obra maestra de ingeniería rústica, antes de volver a clavarlos en la mujer.
—No sé usar una espada, no tengo caballos y no pienso servir de escudo humano para ninguna de tus vendettas personales contra el ejército —contestó Leo con frialdad, midiendo cada palabra—. Si quieres un compañero de ruta, te equivocaste de persona. Yo opero solo.
—No te estoy pidiendo que pelees mis guerras, muchacho —respondió Kassandra, dando un paso más, lo suficientemente cerca como para que el olor a metal frío y pólvora vieja flotara entre ambos—. Te estoy ofreciendo un trato: tú pones la cabeza fría y los inventos para sobrevivir donde cualquiera moriría en tres días, y yo pongo el acero y la protección para que no termines colgado de una muralla. ¿O prefieres seguir comiendo ratas crudas en este rincón de mala muerte?.
El silencio se prolongó entre ambos, roto únicamente por el crujir de la madera seca en la fogata y el parpadeo de las llamas sobre las paredes de piedra. Leo meditaba cada palabra, evaluando la propuesta con la fría precisión de un mecánico ante una pieza desconocida. No conocía su nombre, ni ella el suyo, y en ese mundo desprovisto de leyes, la confianza era un lujo que equivalía a un suicidio.
Sin embargo, Kassandra tenía razón en algo crucial: el margen de error en el bosque se reducía cada día, y un cuerpo humano, por más endurecido que estuviera tras dos meses de supervivencia rústica, tenía límites biológicos claros.
—No sé de dónde sacas esa seguridad —respondió Leo, bajando por fin el cuchillo de hueso, aunque sin relajar la postura defensiva—. No soy ningún guerrero. Si me preguntas qué soy, ni siquiera sabrías entenderlo. En mi tierra no me llamaban herrero ni mago... me llamaban ingeniero. Alguien que diseña cómo funcionan las cosas, cómo se mueven, cómo se rompen o cómo se destruyen con precisión.
Kassandra frunció el ceño ligeramente, procesando un término que jamás en su vida había escuchado. ¿Ingeniero? Sonaba a una jerga extraña, a los balbuceos de algún erudito loco de las altas torres o a locuras de ermitaño. Pero sus ojos volvieron a posarse en la ballesta de madera tallada a mano, en los complejos surcos de tensión y en el ingenioso sistema de gatillo que superaba por mucho a las toscas ballestas de polea que utilizaban los reclutas del ejército regular. La mujer no necesitaba un título elegante; veía el resultado práctico frente a ella.
—No me importa cómo te llamen en tu tierra, ni qué demonios signifique esa palabra rara —replicó Kassandra con sequedad, dando un paso más hacia el fuego—. Si puedes construir mecanismos que matan a distancia sin hacer ruido, o idear la forma de abrir una cerradura sin llave, con eso me basta. ¿Tienes un nombre, o prefieres que te siga llamando "muchacho"?
Leo la observó de reojo, evaluando la cicatriz en su capa, el pulso firme sobre la empuñadura de su espada y la falta total de titubeo en su mirada. Era una desertora curtida por la supervivencia; alguien pragmática que entendía el valor de la utilidad por encima de los blasones nobiliarios.
—Leo —dijo él, con un tono neutro, guardando el cuchillo de hueso en su cinturón improvisado—. Y tú eres una desertora que busca cruzar la cordillera antes de que el reino ponga precio a su cabeza.
Kassandra soltó una exhalación que bordeaba la aprobación.
—Kassandra —respondió ella, inclinando ligeramente la cabeza en un gesto escueto de tregua—. Y ya estás entendiendo cómo funciona esto, Leo.
Dio un vistazo rápido a los alrededores, asegurándose de que la oscuridad del bosque siguiera tan vacía como aparentaba, antes de volver a mirarlo con fijeza.
—Mañana antes del amanecer nos movemos. Hay un viejo camino comercial abandonado cerca de aquí que el ejército no patrulla desde el año pasado. Si vas a venir conmigo, empaca tus herramientas de madera y deja de perder el tiempo con chucherías. Tenemos un largo camino hacia el este, y dudo que quieras quedarte aquí a esperar a que una patrulla descubra tu refugio.
Sin esperar una respuesta formal de su parte, Kassandra dio media vuelta, fundiéndose con la misma rapidez y sigilo en la negrura de los pinos, dejándolo nuevamente solo con el fuego, pero esta vez, con un nuevo tablero de juego sobre la mesa.
Con el crujir de las últimas brasas desvaneciéndose en la oscuridad del refugio, Leo se quedó a solas con el eco de las palabras de Kassandra. El bosque recuperó su mutismo habitual, pero el tablero ya había cambiado por completo.
Miró hacia la pequeña ballesta de madera y tendones que descansaba junto al tronco, luego a su improvisado cuchillo de hueso y, por último, a los escasos bártulos que había acumulado durante su estancia en la espesura. No tenía lujos, no tenía metales refinados ni mucho menos el equipo de un aventurero de cuento. Solo tenía sus manos, una mente entrenada para diseccionar la física de las cosas y la fría convicción de que quedarse estancado en ese rincón significaba la muerte lenta.
El amanecer se filtró entre las copas de los árboles como un fino polvo gris, disipando la humedad de la noche.
Las horas transcurrieron hasta que los primeros vestigios del amanecer se reflejaban en el cielo, Kassandra apareció tan silenciosamente como se había marchado, emergiendo de la bruma matutina con el rostro tenso y la mano apoyada en la empuñadura de su espada, evaluando el entorno por puro reflejo militar. No hubo saludos ni falsas cortesías; el mundo en el que sobrevivían no permitía distracciones.
—El camino hacia el este cruza los Valles Muertos —dijo ella en un susurro áspero, asegurándose las correas de su capa para ocultar el emblema rasgado del reino—. Si nos movemos ahora, evitaremos los puestos de peaje de los recaudadores y las patrullas de desertores que cazan cabezas por unas cuantas monedas de cobre. ¿Estás listo?
Leo ajustó el cinturón de cuero tosco donde guardaba su ballesta y el cuchillo, cargando al hombro el atado con sus pocas pertenencias. Su cuerpo ya no era el despojo humano que había escapado del pueblo meses atrás; los músculos respondían con fuerza seca y templada, y su mente calculaba ya las distancias, el peso de la carga y las posibles rutas de escape si se topaban con hostiles en el camino.
—Muéstrame el camino —respondió Leo con sequedad, dando el primer paso fuera del refugio que lo había mantenido vivo.
Dejando atrás la roca y las cenizas frías de su hoguera, ambos se adentraron en la espesura del bosque, cruzando la línea invisible que separaba la supervivencia rústica del exilio definitivo. Con cada paso, el aire frío de la montaña les golpeaba el rostro, marcando el inicio de un trayecto donde la astucia de Leo y el acero de Kassandra tendrían que abrirse paso a la fuerza en un mundo que no perdonaba debilidades.