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OLVIDÓ DE AMOR

OLVIDÓ DE AMOR

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / CEO / Romance
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa

Ottavia Silvestri lleva diez años de matrimonio con Nereo Lombardi. A pesar de que su relación ha atravesado momentos difíciles, Ottavia siempre ha creído que cada discusión, cada crisis y cada reconciliación fueron necesarias para construir el matrimonio que tiene hoy.

Madre de tres hijos adultos —Marco, Dario y Elena—, cada uno con su propia empresa y una vida establecida, Ottavia siente que lo tiene todo: una familia de la que está orgullosa, un esposo al que ama y una vida que no cambiaría por nada.
Hasta que una noche, durante el quinto aniversario de la empresa de su hijo menor, Dario, descubre la verdad que destroza todo lo que creía conocer.

Nereo la engaña. Y no con cualquier mujer.

Su amante es Beatrice Sorrentino, la mejor amiga de su hija Elena… una mujer mucho más joven que Ottavia.

Con el corazón hecho pedazos y una humillación que no piensa olvidar, Ottavia decide no enfrentarse a su esposo. En lugar de eso, prepara su venganza en silencio.

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Capitulo 2

El motor del coche ronroneaba suavemente mientras recorrían las calles oscuras de regreso a casa. Las luces de la ciudad pasaban fugaces por la ventana, dibujando manchas doradas y rojas sobre el rostro de Ottavia, que permanecía inmóvil mirando al frente. Nereo conducía con calma, tarareando una melodía bajita, como si nada hubiera pasado, como si no le hubiera destrozado el corazón apenas unas horas antes entre los brazos de otra.

—Has estado muy callada toda la vuelta —dijo de pronto, sin apartar la vista de la carretera—. ¿Te sientes mal? ¿Fue demasiado el evento?

Ottavia giró despacio la cabeza hacia él, y le dedicó una sonrisa que le costó sangre dibujar. —No, para nada. Solo estoy cansada, eso es todo. Ha sido un día largo.

—Lo fue —convino él, asintiendo—. Pero salió todo perfecto. Dario estaba radiante. Gracias por estar ahí, Ottavia. Tú eres quien le da equilibrio a esta familia.

Esas palabras, dichas con tanta naturalidad, le ardieron en la garganta como ácido. Equilibrio, pensó. Como si ella fuera solo un mueble, un pilar frío que sostiene la casa mientras él vive la vida de verdad con otra. —Me alegra que lo veas así —respondió ella, con voz firme y suave a la vez—. Hago lo que puedo.

—Y lo haces maravillosamente —dijo él, y le rozó la mano sobre el reposabrazos. Ella no la retiró, pero tampoco la apretó. Se quedó allí, rígida, soportando ese tacto que antes le daba paz y que ahora le causaba escalofríos.

Llegaron a casa. La puerta se cerró tras ellos, y el silencio los envolvió de inmediato, un silencio distinto, más denso. Nereo se quitó la chaqueta y la colgó en el perchero, mientras Ottavia encendía la luz tenue del recibidor.

—¿Quieres que te prepare algo? ¿Una infusión? —preguntó él, con esa falsa amabilidad que ahora reconocía tan claramente.

—No, gracias. Voy a ir a dormir —respondió ella, empezando a subir las escaleras despacio—. Mañana tenemos mucho que hacer.

—Claro, querida. Te espero arriba —dijo él, y le dio una palmadita cariñosa en la espalda al pasar a su lado. Ottavia contuvo el aliento hasta llegar al dormitorio.

Minutos después, él entró. Se vistió para dormir con la tranquilidad de quien no tiene nada que ocultar, nada que temer. Se metió bajo las sábanas a su lado, y el colchón se hundió levemente con su peso. Apagó la luz, y en la penumbra se giró hacia ella, acercando su cuerpo y rodeándole la cintura con el brazo, como hacía todas las noches.

—Buenas noches, mi amor —le susurró al oído, y le besó el cuello con confianza.

Ottavia se quedó inmóvil, con los ojos abiertos clavados en la oscuridad del techo. Sintió su respiración en su piel, su pecho contra su espalda, ese cuerpo que había compartido con ella durante diez años y que ahora sabía que había estado pegado a otra. Cerró los ojos con fuerza, tragó el nudo que se le formó en la garganta y respondió, tan bajito que apenas se oyó a sí misma:

—Buenas noches, Nereo.

Y él, confiado, seguro de su mentira, de que ella nunca se enteraría, suspiró y se quedó dormido en cuestión de minutos. Su respiración se hizo profunda y regular, ajeno a todo lo que se estaba rompiendo dentro de la mujer que tenía al lado.

Ottavia esperó. Contó los minutos, escuchó cada respiración suya, y cuando estuvo segura de que dormía profundamente, se giró despacio hasta quedar cara a cara con él. La luz de la luna entraba por la ventana entreabierta y le bañaba el rostro, ese rostro que había amado con locura, por el que había dejado de lado sus propios sueños, sus deseos, su vida entera.

—¿Cómo pudiste? —susurró sin voz, mirándolo con los ojos llenos de lágrimas que no se atrevía a derramar—. Diez años. Diez años de levantar esta casa juntos, de criar a nuestros hijos, de creer que lo nuestro era para siempre… ¿Y todo era una mentira? ¿Cada abrazo, cada “te quiero”, cada promesa?

Nereo se movió levemente en sueños, y ella se calló de nuevo, apretando los labios hasta dolerle. No llores, se dijo a sí misma con firmeza. No llores por él. No vale la pena.

Repasó en su mente cada momento de estos diez años: las noches esperándolo despierta, las discusiones que ella terminaba cediendo por mantener la paz, las reconciliaciones en las que él le juraba que eran el uno para el otro, los viajes que cancelaba por trabajo, las veces que se sintió sola aunque él estuviera a su lado. Y ahora lo entendía todo. No era el trabajo. No era el estrés. Era ella. Beatrice. La joven, la hermosa, la que no cargaba con años de rutina y sacrificio.

—Me cambiaste por ella —dijo en un hilo de voz, sin rencor al principio, solo con una tristeza inmensa que luego se transformó en fuego—. Me cambiaste y te burlaste de mí en mi propia cara. Y lo peor de todo es que creí en ti. Siempre creí en ti.

Pasó un dedo despacio por su mejilla, sin tocarlo de verdad, como si ya fuera un extraño. Y en ese instante, la tristeza se transformó en algo más frío, más duro, más permanente.

—No voy a llorar —se prometió a sí misma, mirándolo con determinación—. No voy a destruirme para que tú te diviertas con ella. No te daré el gusto de verme destrozada. Si crees que soy tonta, que soy débil, te equivocas.

Respiró hondo, recuperando el control sobre sí misma, y apartó lentamente el brazo de él que descansaba sobre su cintura. Se incorporó en la cama y lo miró una última vez antes de acostarse de nuevo, dándole la espalda.

—Duerme tranquilo, Nereo —pensó con una claridad helada—. Porque yo no voy a destruirte con gritos ni escándalos. Voy a esperar. Voy a observar. Y cuando menos lo esperes… cobraré cada lágrima que me haces derramar hoy.

Cerró los ojos y apretó las manos sobre el pecho, donde el corazón le dolía con latido sordo y constante. No era la esposa engañada que se quedaba esperando perdón. Era una mujer que acababa de despertar de un sueño largo y amargo, y que ahora sabía exactamente lo que tenía que hacer.

—No te enfrentaré ahora —susurró al techo, como si hiciera un juramento—. Pero prepárate. Porque la mujer que crees conocer ya no existe. Y la que ha despertado no se detendrá ante nada.

Y así, en el silencio de la noche, junto al hombre que le había roto el corazón, Ottavia tomó la decisión que cambiaría su vida: no sería víctima. Sería la dueña de su destino. Y nadie, ni Nereo ni Beatrice, se saldrían con la suya sin pagar el precio.

—¿Sigues despierta? —preguntó Nereo con voz somnolienta, girándose hacia ella y abrazándola más fuerte—. Siento que te mueves mucho.

Ottavia se quedó rígida un instante, luego fingió una voz suave y cansada: —Sí, ya estoy tranquila. Solo me costó un poco conciliar el sueño, nada más.

—Todo estará bien —murmuró él, besándole la nuca con esa ternura fingida que ahora le dolía en los huesos—. Somos felices, ¿verdad? Tú y yo, nuestra familia… eso es lo que importa.

Ella cerró los ojos con fuerza, mordiéndose los labios antes de responder: —Sí, Nereo. Eso es lo que importa.

—Sabía que lo dirías —suspiró él, acomodando la cabeza en la almohada—. Eres la mejor esposa del mundo. Nunca cambiaría nada entre nosotros.

Ottavia sintió cómo se le rompía algo por dentro, pero respondió con una calma que helaba la sangre: —Tampoco yo cambiaría nada. Todo es exactamente como debe ser.

Nereo sonrió sin saberlo y se quedó dormido de nuevo. Y Ottavia, mirando la oscuridad, pensó con firmeza: Mentira. Todo va a cambiar. Y serás tú quien lo pague todo.

1
Mirna Vargas olortegui
Ya cansa con lo mismo que se dicen y hacen.
Monica Raquel Martin
es muy gracioso ella le reclama la traición pero ella no se queda atrás,
Leonela Soledad Trejo
como que recién se conocen y avanzaron como 20 pasos
Rossy Bta
Hola , estoy confusa como que 10 años de matrimonio y tiene hijos adultos algo no cuadra
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