Aurora, la ladrona
En una época de castillos, reyes y caballeros, una joven desafía las leyes del reino con una única regla: jamás derramar sangre inocente.
Aurora es la líder de la temida Banda del Cuervo, un grupo de ladrones que roba las riquezas de nobles corruptos y comerciantes deshonestos para ayudar en secreto a quienes más lo necesitan. Su habilidad para desaparecer entre las sombras y dejar una pluma negra como única pista la ha convertido en una leyenda.
Mientras el capitán de la guardia moviliza a todo el reino para capturarla, el príncipe Daniel inicia una implacable persecución sin imaginar que la misteriosa ladrona es muy distinta de la criminal que todos describen.
Entre robos imposibles, conspiraciones, traiciones y secretos que podrían cambiar el destino del reino, Aurora descubrirá que el mayor desafío no será escapar de sus enemigos, sino decidir entre proteger a su banda o seguir los dictados de su corazón.
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Cara a cara
Aurora salió del molino lentamente con las manos separadas del cuerpo para demostrar que no pretendía atacar.
La luz de la luna iluminó su capa negra.
Frente a ella, el príncipe Daniel sostenía la espada, pero no levantó la hoja para atacarla.
Durante unos segundos ninguno dijo una palabra.
Solo se escuchaba el viento moviendo las aspas del viejo molino.
—Así que tú eres la famosa ladrona —dijo Daniel sin apartar la vista de ella.
Aurora inclinó ligeramente la cabeza.
—Y tú eres el príncipe que no se rinde fácilmente.
Daniel dio un paso al frente.
—Entrégate.
Aurora sonrió con tranquilidad.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque mi trabajo aún no ha terminado.
Daniel frunció el ceño.
—¿Llamas trabajo a robar?
Aurora sostuvo su mirada.
—¿Y cómo llamas tú a quitarle el pan a los campesinos con impuestos injustos?
Aquellas palabras sorprendieron al príncipe.
Jamás imaginó que una ladrona respondería de esa manera.
—Las leyes existen por una razón —contestó.
—Las leyes deben proteger al pueblo, no hacerlo sufrir.
Daniel guardó silencio.
Sabía que muchos aldeanos se habían quejado del conde Ricardo, pero nunca había visto la situación con sus propios ojos.
Aurora aprovechó ese instante.
—No todos los que llevan una corona son injustos... pero tampoco todos los que usamos una capucha somos criminales.
El príncipe bajó la espada unos centímetros.
—Aun así has cometido delitos.
—Nunca lo he negado.
—Entonces debes responder ante la justicia.
Aurora respiró profundamente.
—Cuando la justicia llegue a todos por igual, ese día dejaré de robar.
Las palabras quedaron flotando entre ambos.
Dentro del molino, Mateo observaba por una rendija.
—¿Qué está haciendo? —susurró Pablo.
—Está ganando tiempo.
Lili apretó las manos.
—Espero que funcione.
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Daniel volvió a levantar la espada.
—No puedo dejarte ir.
Aurora asintió.
—Lo entiendo.
Sin apartar la vista de él, dio un paso hacia atrás.
El príncipe avanzó otro.
La distancia entre ambos era cada vez menor.
Entonces Daniel notó algo.
Aurora no llevaba la mano sobre el cuchillo.
Ni siquiera intentaba sacarlo.
Aquello era extraño.
Cualquier ladrón habría aprovechado la ocasión para atacar.
—¿Por qué no peleas? —preguntó.
—Porque tú tampoco quieres hacerlo.
Daniel quedó desconcertado.
Era cierto.
Si hubiera querido capturarla por la fuerza, ya habría intentado desarmarla.
Pero había algo en aquella joven que despertaba su curiosidad.
Aurora observó discretamente hacia el costado del molino.
Una pequeña sombra apareció entre los árboles.
Era Diego.
Había logrado salir por la parte trasera junto con Mateo, Lili y Pablo.
Todo marchaba según el plan.
Solo faltaba ella.
—Gracias por la conversación, príncipe.
Daniel dio un paso más.
—Espera.
Aurora sonrió.
—Nos volveremos a encontrar.
Sacó de su cinturón una pequeña bolsa de cuero y la lanzó al suelo.
Al romperse, una nube de polvo blanco cubrió el camino.
Daniel cerró los ojos por un instante.
Cuando el aire volvió a despejarse, Aurora ya corría hacia el bosque.
—¡Detente! —gritó el príncipe.
Comenzó a perseguirla.
Aurora conocía aquellos senderos mejor que nadie.
Saltó un tronco caído y cruzó un pequeño arroyo.
Daniel no se quedó atrás.
Cada vez estaba más cerca.
Aurora llegó hasta un enorme roble.
Sin detenerse, se sujetó de una rama baja y trepó con rapidez.
Daniel levantó la vista sorprendido.
—Increíble...
Aurora avanzó de rama en rama hasta alcanzar otro árbol.
En pocos segundos desapareció entre las copas.
El príncipe buscó alrededor, pero ya era tarde.
Solo encontró una pluma negra que descendía lentamente hasta posarse sobre la hierba.
Daniel la recogió con cuidado.
Sonrió sin darse cuenta.
—Escapas demasiado bien...
A varios metros de allí, reunida nuevamente con su banda, Aurora respiró aliviada.
—¿Todos están bien?
—Sí —respondió Mateo.
Lili sonrió.
—Creí que te capturaría.
Aurora negó con la cabeza.
—Todavía no.
Entonces recordó el pergamino que había guardado durante el robo.
Lo sacó de debajo de su capa y rompió el sello de cera del conde Ricardo.
Los cinco comenzaron a leer su contenido.
A medida que avanzaban por las primeras líneas, sus rostros cambiaron por completo.
No era un registro de impuestos.
Era una carta secreta.
Y lo que decía podía poner en peligro no solo al pueblo... sino al reino entero.