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Me Enamore De Mi Sobrina

Me Enamore De Mi Sobrina

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance / Malentendidos
Popularitas:6k
Nilai: 5
nombre de autor: Yulexi De Fernández

Esta historia comienza con Daniela y Marcos.

Según la gente, ellos son tío y sobrina. Así los llaman y así los ven desde siempre.

Por eso, cuando empiezan a surgir sentimientos entre ellos, todos creen que es un amor prohibido, porque piensan que Daniela y Marcos son familia y que no pueden estar juntos.

Pero la verdad es otra.

Marcos no es su tío. No existe ningún parentesco familiar entre ellos y no llevan la misma sangre. Él simplemente es amigo de la mamá de Daniela y, como se he criado a Daniela ella comenzo a llamarlo “tío”.

Pero para Daniela y Marcos, la verdad siempre fue diferente: él no es su tío, solo es el amigo de su mamá.

NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9 — ¿Qué tiene, ñaño?

Ya no podía más.

Desde aquella noche no lograba sacarme a Daniela de la cabeza. Lo peor era que no sabía cómo comportarme con ella después de haberle dicho que la amaba.

Me levanté temprano y bajé al comedor.

Lisbeth ya estaba ahí, tomando café mientras revisaba unas cosas en su celular.

—Buenos días, ñaña.

—Buenos días, ñaño.

Me senté frente a ella.

—¿Quiere café?

—Sí, gracias.

Lisbeth me sirvió una taza y volvió a mirar su celular.

Yo intenté concentrarme en el desayuno, pero no podía.

Tenía la cabeza llena de pensamientos.

Recordaba perfectamente lo que había pasado.

Recordaba haberle dicho a Daniela que la amaba.

Y aunque había tomado, sabía que lo que sentía era real.

Eso era precisamente lo que me tenía tan confundido.

Lisbeth levantó la mirada.

—Ñaño...

—¿Sí?

Me observó durante unos segundos.

—Usted últimamente está como raro.

Me quedé quieto.

—¿Raro cómo?

—Pues raro. Está distraído, callado, como ido.

Agarré la taza de café.

—Nada, pues, ñaña. Todo bien.

Ella entrecerró los ojos.

—No me diga eso. Yo lo conozco.

—¿Y qué cree que tengo?

—No sé, por eso le estoy preguntando.

—Estoy cansado.

—¿Cansado?

—Sí.

—¿Solo eso?

Asentí.

—Solo eso.

Lisbeth dejó el celular sobre la mesa.

—Ñaño, usted sabe que conmigo puede hablar.

—Ya sé.

—Entonces dígame qué pasa.

Me quedé callado.

¿Cómo iba a contarle?

¿Cómo podía decirle a mi mejor amiga que estaba enamorado de su hija?

La miré y sentí un peso enorme en el pecho.

—No es nada grave.

—Entonces ¿por qué está así?

—Tengo muchas cosas en la cabeza.

—¿Trabajo?

—También.

—¿Problemas personales?

No respondí inmediatamente.

—Algo así.

Lisbeth suspiró.

—Marcos, usted me preocupa.

—No tiene que preocuparse.

—Claro que sí.

Sonreí un poquito.

—Estoy bien, ñaña.

Ella negó con la cabeza.

—No le creo.

—Pues créame.

—No.

Solté una pequeña risa.

—Usted sí es intensa.

—Y usted muy malo para mentir.

—¿Yo?

—Sí, usted.

Me quedé mirando el café.

En ese momento escuché unos pasos acercándose.

Levanté la mirada.

Daniela entró al comedor.

—Buenos días.

—Buenos días —respondió Lisbeth.

Yo me quedé callado.

Daniela me miró por un instante.

Nuestros ojos se encontraron.

Los dos apartamos la mirada casi al mismo tiempo.

Lisbeth nos observó.

—¿Y ustedes qué?

—Nada —respondí rápidamente.

Daniela se sentó.

—Nada.

Lisbeth frunció el ceño.

—Ustedes sí están raros.

—¿Por qué? —preguntó Daniela.

—No sé. Los dos están como callados.

Daniela agarró una arepa.

—Es que estamos cansados.

La miré de reojo.

Ella también me miró.

Ninguno dijo nada.

Lisbeth volvió a su desayuno.

—Bueno, pues.

Yo respiré profundo.

No podía seguir así.

Tenía que hablar con Daniela, pero no delante de Lisbeth.

Necesitaba saber qué pensaba ella de lo que había ocurrido.

Y también necesitaba aclarar algo conmigo mismo.

Porque por más que intentara esconderlo, ya no podía negar lo evidente.

Estaba enamorado de Daniela.

Y el problema era que ella también parecía sentir algo por mí.

Pero Lisbeth seguía sin saber absolutamente nada.

Y si algún día se enteraba de todo, no sabía qué iba a pasar.

—Ñaño.

La voz de Lisbeth me sacó de mis pensamientos.

—¿Sí?

—Le estoy hablando hace rato.

—Perdón, ñaña. ¿Qué decía?

Ella soltó una carcajada.

—¿Ve? Está en otro mundo.

Sonreí.

—Perdón.

—Definitivamente usted tiene algo.

—Nada, pues.

—Ajá.

Me miró con desconfianza.

Yo bajé la mirada hacia mi café.

—Todo bien, ñaña.

Pero por dentro sabía perfectamente que no estaba bien.

Porque desde aquella noche, nada volvía a sentirse igual.

1
Deyda Ninorca Sanchez Batista
porque no lo visitaste
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