Cinco años atrás, ella destrozó su corazón. Hoy, él regresa convertido en el poderoso heredero de un imperio, listo para ver caer a quienes lo despreciaron.
Cuando la familia de ella cae en la ruina, su padre la obliga a comprometerse con el magnate que puede salvarlos, sin imaginar que es el mismo hombre al que ella humilló en el pasado. Él acepta la unión solo para cobrarse cada lágrima y pisotear su orgullo.
Sin embargo, una noche de irresistible pasión arrastra a su corazón a una tregua, aunque al despertar vuelve a tratarla con crueldad. Todo cambia cuando ella se desmaya por una amenaza de aborto y sale a la luz su embarazo.
¿Seguirá buscando venganza o protegerá la vida que los une?
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Capitulo 1
Camil Fontán ajustó el cierre invisible de su vestido verde esmeralda frente al espejo de cuerpo entero. Sus manos temblaban con una ligereza imperceptible pero constante. Su padre, Guillermo Fontán, no había dejado de pasearse por el pasillo del segundo piso desde las cinco de la tarde. Cada uno de sus pasos retumbaba en el parqué brillante como la cuenta regresiva de una bomba.
—Tiene que salir perfecto, Camil —dijo Guillermo, apareciendo en el marco de la puerta. Su traje a medida no lograba disimular el tono grisáceo de su piel ni la marcada rigidez en la mandíbula que había adquirido en los últimos seis meses—. El Consorcio Rothschild Global no hace caridad. Si Augusto Rothschild o su nuevo heredero detectan una sola grieta de duda en nosotros, los bancos ejecutarán la quiebra mañana antes del mediodía. ¿Entendiste?
—Entendí, papá —respondió ella, con la voz plana, aprendida.
—No es solo la quiebra, hija. Son las auditorías. Si la firma cae, las demandas nos llevarán directos a la cárcel. Tu futuro, el mío, el nombre de la familia... todo depende del hombre que cruzará esa puerta en media hora.
Camil miró a su padre a través del reflejo. Guillermo Fontán, el hombre que solía mirar al resto del mundo por encima del hombro, la observaba ahora con los ojos de un suplicante acorralado. Ella asintió en silencio, tragándose la amargura. Sabía exactamente lo que se esperaba de ella esta noche: sonreír, asentir y vender su libertad al mejor postor para salvar las ruinas del Grupo Fontán Internacional.
En el centro de la mesa, la cena servida por personal contratado para la ocasión despedía aromas refinados, pero para Camil el aire se sentía tan denso como el plomo.
Augusto Rothschild llegó primero. El magnate de la logística y el transporte se sentó a la derecha de Guillermo. Era un hombre mayor, de mirada serena pero impenetrable, alguien que construyó su imperio a fuerza de decisiones quirúrgicas.
—Mi hijo viene retrasado por una junta de cierre en Wall Street —explicó Augusto con voz pausada mientras tomaba un sorbo de vino—. Ha asumido la dirección del consorcio con una garra implacable. No esperaba menos de él cuando lo nombré mi único heredero.
—Es perfectamente comprensible, Augusto —se apresuró a decir Guillermo con una sonrisa complaciente—. La dedicación de tu sucesor es legendaria en la ciudad. Camil está ansiosa por conocerlo.
Camil apretó la servilleta de lino sobre su regazo. Ansiosa no era la palabra. Sentía una presión en el pecho que apenas le permitía respirar. Su padre ni siquiera le había revelado el nombre del prometido; solo le garantizó que era el nuevo titán del mercado neoyorquino, un extraño adoptado por Rothschild hace cinco años tras un escándalo familiar que desheredó a los parientes sanguíneos del magnate, pero que aún él no revelaba su identidad.
De pronto, el eco de unos pasos firmes resonó en el vestíbulo de mármol.
—Ah, ya está aquí —anunció Augusto, volviéndose hacia la entrada de la estancia.
Los pasos se detuvieron en el umbral. Camil levantó la vista lentamente, lista para ofrecer su mejor sonrisa ensayada de dama de la alta sociedad.
La sonrisa murió en su garganta antes de formarse. Su corazón dio un vuelco violento y la sangre se le congeló en las venas.
Alto, vistiendo un traje a la medida color noche que remarcaba sus hombros anchos y su postura dominante, el nuevo líder del Consorcio Rothschild Global avanzó hacia la luz. Tenía la mandíbula marcada, los rasgos pulidos por el tiempo y unos ojos oscuros que brillaban con una intensidad helada y calculadora.
Damián.
No el Damián de abrigo gastado y zapatos desgastados que llevaba libros prestados a la biblioteca de la universidad. No el joven humilde que trabajaba jornadas triples para pagar su matrícula mientras soñaba con ser alguien.
Era Damián Rothschild. El hombre al que ella destruyó cinco años atrás.
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