Elena a punto de perder la custidia de su hija, esta en la disyintiva entre el amor y el odio a su ex, porque lo considera el autor intelectual de la muerte de sus padres
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Elena.
Capítulo 5: Elena
El deseo no se negocia. No entiende de promesas ni de juramentos. El deseo es un animal que siempre encuentra la manera de escapar de su jaula, y yo llevaba diez años intentando mantener la mía bien cerrada.à
La cena fue un acto de resistencia.
Me senté frente a Mateo con la espalda recta y la mandíbula tensa, como si la rigidez de mi postura pudiera protegerme de la tormenta que se gestaba en mi pecho. Lucía, a mi lado, devoraba la pasta con un apetito que no le había visto en meses, y cada bocado que daba era un recordatorio de que él había logrado lo que yo no: llegarle a través del estómago.
¿Está buena, princesa? preguntó Mateo, con esa voz de padre perfecto que siempre había sabido usar.
Lucía asintió con entusiasmo, y por un instante, su boca se abrió como si fuera a decir algo. Todos nos quedamos en suspenso. Hasta los cubiertos parecieron detenerse en el aire.
...Buena, susurró.
Una palabra. Una sola palabra. Pero en esa palabra había un universo de significado. Lucía había hablado. Después de tres años de silencio, de consultas con psicólogos, de sesiones de logopedia que no habían servido de nada, había pronunciado una palabra en la mesa de su padre.
Mateo se levantó de un salto y rodeó la mesa para abrazarla. Sus ojos estaban húmedos, y por primera vez desde que lo conocía, vi algo que no era control ni manipulación en su rostro. Vi emoción pura. Vi amor.
¡Eso es, mi niña! exclamó, levantándola en brazos. ¡Eso es! ¡Has hablado!
Yo permanecí sentada, con el tenedor a medio camino de mi boca, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies. No era celos. No era rabia. Era algo más profundo, más oscuro. Era el miedo de que mi hija, mi única razón para seguir adelante, estuviera eligiendo a su padre sobre mí.
Bájala, Mateo dije, y mi voz sonó más cortante de lo que pretendía.
Él me miró, y la alegría de su rostro se apagó ligeramente. Comprendió. Como siempre comprendía. Como siempre sabía leer mis miedos sin que yo tuviera que pronunciarlos.
Claro respondió, dejando a Lucía suavemente en el suelo. Lo siento. Me he emocionado.
Lucía, ajena a la tensión, volvió a su plato con la misma naturalidad con la que había hablado, como si aquella palabra hubiera sido un ensayo y ahora el escenario estuviera listo para el verdadero espectáculo.
Terminamos la cena en silencio. Un silencio pesado, cargado de todo lo que no decíamos. Cuando recogí los platos y los llevé al fregadero, mis manos temblaban. No por el esfuerzo. Por la electricidad que aún sentía en los dedos después de aquel roce en la cocina.
Déjame a mí, dijo Mateo, apareciendo detrás de mí y tomándome los platos de las manos.
Sus dedos rozaron los míos, y sentí el mismo escalofrío que aquella noche en la notaría, cuando su mirada se clavó en mi nuca. Un escalofrío de deseo. De miedo. De todo lo que había estado reprimiendo durante una década.
No necesito tu ayuda, respondí, pero mi voz era débil, casi un susurro.
Lo sé. Pero aun así quiero dártela.
Me giré para enfrentarlo. Estaba demasiado cerca. Podía sentir el calor de su cuerpo, oler su colonia, ver las diminutas arrugas alrededor de sus ojos que el tiempo había grabado. Diez años. Diez años desde la última vez que habíamos estado tan cerca. Diez años desde que sus labios tocaron los míos.
¿Por qué haces esto?, pregunté, y mi voz temblaba. ¿Por qué eres amable? ¿Por qué cocinas? ¿Por qué le hablas a Lucía con esa voz? ¿Qué quieres demostrar?
Mateo dejó los platos sobre la encimera y me miró con una intensidad que me desarmó.
Quiero demostrarte que no soy el monstruo que crees.
Entonces, ¿por qué no me dices la verdad? ¿Por qué no me dices qué pasó realmente aquella noche?
Su rostro se endureció. Vi la lucha en sus ojos, la misma guerra que yo sentía en mi pecho. Quería hablar. Lo vi. Pero algo lo detenía. Algo más fuerte que su deseo de redimirse.
No puedo, dijo finalmente. No todavía.
Entonces eres un cobarde.
Soy un hombre que está intentando protegerte, aunque tú no lo veas.
¿Protegerme? ... bufé, con la rabia brotando como un volcán. ¿Protegerme de qué? ¿De la verdad? ¿De saber que fuiste tú quien mató a mis padres?
Él dio un paso hacia mí, y yo retrocedí hasta chocar con la encimera. No había escapatoria. Estaba atrapada entre su cuerpo y el mármol, entre su olor y su calor.
No fui yo ...dijo, y su voz era grave, casi un rugido contenido—. Te lo he dicho mil veces. Pero hay algo más, Elena. Algo que no puedo contarte ahora porque no estás preparada.
¿Preparada para qué?
Para saber que tu odio se ha estado alimentando de una mentira.
Sus palabras me golpearon como un puñetazo en el estómago. Una mentira. Toda mi vida, todo mi dolor, toda mi lucha durante diez años... ¿había sido una mentira?
Sal de mi cocina dije, y mi voz era un hilo.
Elena...
¡Sal! grité, y mis manos lo empujaron contra el pecho.
Él retrocedió, pero no con derrota. Con paciencia. Con la paciencia de quien sabe que tiene un año para desmontar todas mis defensas.
Esta noche dormiré en el sofá dijo, y su voz era suave. Tú duermes en la habitación principal. Hay sábanas limpias en el armario.
Y se fue.
Me quedé sola en la cocina, temblando, con el corazón latiendo tan fuerte que podía oírlo en mis oídos. Fui al cuarto de baño y abrí el grifo para lavarme la cara. El agua fría me ayudó a recuperar la compostura, pero cuando levanté la vista hacia el espejo, algo llamó mi atención.
Un pequeño armario de pared, entreabierto. Una ranura apenas perceptible, como si alguien hubiera intentado cerrarlo a toda prisa.
Lo abrí con dedos temblorosos.
Y allí, entre toallas viejas y frascos de medicamentos caducados, encontré un sobre amarillo.
Mi nombre escrito en la letra de mi padre.
Se me heló la sangre.
Abrí el sobre con manos que no dejaban de temblar, y saqué una carta. Una carta que mi padre había escrito la semana antes de morir.
"Querida Elena: si estás leyendo esto, es porque algo me ha pasado. No confíes en todo lo que ves. No confíes en todo lo que crees. Hay cosas que no son lo que parecen. Hay personas que no son quienes dicen ser. Cuida de Lucía. Y cuida de ti. Siempre, papá."
La carta cayó al suelo mientras mis piernas se doblaban bajo mi peso.
¿Qué significaba todo aquello?
¿Quién no era quien decía ser?
Y lo más aterrador: ¿y si el monstruo no era Mateo, sino alguien mucho más cercano?