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Siempre Tendrás 18

Siempre Tendrás 18

Status: Terminada
Genre:Enfermizo / Escuela / Amor eterno / Completas
Popularitas:472
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Abril tiene 17 años, leucemia y una lista: aprovechar cada segundo que le queda.

Sus padres siempre trabajan, así que vive sola y se refugia estudiando en el colegio. Hasta que aparece Kael, 18, el chico que divide su tiempo entre las clases y una escuela de boxeo, con los nudillos siempre rotos y el corazón blindado.

Él cree que pelear es la única forma de no sentir. Ella le va a enseñar que vivir también duele.

Lo que Kael no sabe es que Abril se está apagando, que los dolores son cada vez más fuertes y que un día se va a desmayar frente a él.

Una historia sobre amar sabiendo que tienes fecha de vencimiento.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12: El secreto de Kael

Al día siguiente Kael me dijo que me quería mostrar dónde vivía. No me dijo te invito a mi casa, me dijo te quiero mostrar dónde vivo, que es distinto. Le dije que sí, pero que tenía que volver temprano porque tenía control al otro día en la mañana. Me dijo que era cerca del gimnasio de su tío, a cinco cuadras del colegio.

Salimos del colegio a las cuatro y caminamos juntos. No tomamos la micro, caminamos. Las calles por allá son distintas a las de mi casa, más chicas, con perros sueltos y con señoras vendiendo pan en la puerta. Kael caminaba rápido, como si conociera cada piedra, y me decía cuidado aquí hay un hoyo, aquí se hace barro.

Llegamos a una casa de madera pintada de celeste, con la pintura un poco salida. Afuera había una bicicleta chica sin rueda y una bolsa con ropa. Adentro se escuchaba una máquina de coser. Kael abrió la puerta y gritó mamá, llegué. Una señora salió de una pieza chica, con lentes y con alfileres en la blusa. Era su mamá. Era bajita, con el pelo tomado y con las manos con marcas de aguja.

Su mamá me miró y me dijo hola, tú debes ser Abril. Me quedé helada porque no sabía que sabía mi nombre. Kael le había contado. Me dijo pasa, no te quedes afuera que hace frío. Pasé y la casa era chica, muy chica, con una mesa al medio y con telas por todos lados. Había una máquina de coser vieja en la esquina, con un pedal grande, y al lado había montones de ropa doblada.

Kael me presentó a su hermano chico, que estaba en el suelo jugando con unos autitos. Tenía como seis años y me saludó con la mano sin mirarme mucho. Me senté en una silla que me ofreció su mamá y me dio un té en una taza grande que decía feliz día mamá.

Su mamá me preguntó cómo estaba del colegio y le dije bien. Me preguntó si Kael se portaba bien y le dije que sí, que era el que mejor pegaba el jab. Se rió y me dijo ese cabro solo piensa en boxeo y en cuidar a su hermano. Kael se puso rojo y le dijo mamá, no cuentes todo.

Tomamos té y su mamá siguió cosiendo mientras hablábamos. Cosía rápido, con el pie dándole al pedal y con las manos moviendo la tela. Me dijo que cosía para afuera, para una señora que le traía ropa para arreglar y que le pagaba por prenda. Me dijo que llevaba años así y que la máquina ya estaba vieja y que a veces se trababa.

Kael me miró y me dijo por eso quiero ganar el regional, para comprarle una máquina nueva a mi mamá. Me lo había dicho antes, pero ahora que veía la máquina vieja y la casa chica y las telas por todos lados, entendí mejor. No era solo ganar una pelea, era poder ayudar en su casa.

Después de un rato su mamá nos dijo que teníamos que irnos porque tenía que entregar un trabajo y necesitaba silencio. Kael le dio un beso en la mejilla y le dijo chao mamá. Su hermano chico me dijo chao y me pasó un autito como regalo. Le dije gracias y me lo guardé en la mochila.

Salimos y caminamos de vuelta al colegio en silencio un rato. Yo no sabía qué decir, porque sentía que había visto algo muy privado y no quería decir algo tonto. Kael me dijo ¿qué pensaste? Le dije que tu casa es bacán, que tu mamá es buena onda. Me dijo no es bacán, es chica y se llueve cuando llueve fuerte. Le dije que igual es bacán porque se nota que se quieren mucho.

Me preguntó si me daba vergüenza venir. Le dije que no, que por qué me iba a dar vergüenza. Me dijo porque a veces mis compañeros no quieren venir porque dicen que vivo lejos y que mi casa es fea. Le dije que tu casa no es fea, que es chica no más, que es distinto.

Llegamos al colegio y ya estaba cerrando don Luis. Nos dejó subir cinco minutos a la azotea, como siempre. Nos sentamos en el borde y Kael me dijo que su papá se había ido hace dos años y que desde entonces su mamá trabajaba todo el día cosiendo y que él cuidaba a su hermano chico cuando llegaba del colegio y que por eso a veces no podía ir a entrenar.

Me dijo que el boxeo lo había empezado su tío para sacarlo de la calle, porque antes se juntaba con unos cabros que no eran buenos y que tomaban y fumaban. Me dijo que al principio no le gustaba, que le daba vergüenza que le pegaran, pero que después le gustó porque cuando estaba en el ring no pensaba en nada más.

Le dije que a mí me pasaba lo mismo en la azotea, que cuando estaba ahí arriba no pensaba en el hospital ni en la lista ni en nada triste.

Nos quedamos callados y el viento pegaba fuerte. Kael me dijo gracias por venir a mi casa. Le dije gracias por mostrarme. Me dijo que nadie del colegio había venido antes, solo su tío. Le dije que yo quería volver si su mamá me dejaba.

Don Luis nos gritó que bajáramos y bajamos. En la escalera me dijo mañana a la misma hora. Le dije mañana a la misma hora.

Llegué a mi casa y mi mamá me preguntó dónde andaba. Le dije que había ido a la casa de Kael. Se sorprendió un poco y me preguntó cómo era. Le dije que era chica y que su mamá cosía mucho y que me había dado té. Me preguntó si me había gustado. Le dije que sí, que mucho.

Me metí a mi pieza y saqué el cuaderno de cálculo. Miré la lista tachada y al lado escribí: 22 de junio, conocí la casa de Kael y su máquina vieja. Y abajo escribí: ahora entiendo por qué quiere ganar.

Guardé el cuaderno y saqué el autito que me había regalado su hermano chico. Lo puse en mi velador, al lado del termo. Pensé que mañana se lo iba a devolver, pero después pensé que mejor me lo quedaba un tiempo.

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