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Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Amor-odio / Ascenso de clase social
Popularitas:459
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Luz Albarracín

Morgana tiene 24 años y siente que su vida se detuvo entre los campos de soja de Entre Ríos. Cansada de la monotonía, del trabajo pesado y de la presión de un futuro trazado por su familia, decide armar las valijas y mudarse a la provincia de Buenos Aires en busca de una nueva oportunidad.
​Sin embargo, el cambio de aire resulta ser más caótico de lo que esperaba. En medio del bullicio de la gran ciudad y durante una multitudinaria marcha manifestante, un choque fortuito cambia sus planes por completo: termina cara a cara con el hijo mimado de la presidenta de Argentina.
​Entre el choque de dos mundos opuestos -la vida rural y humilde contra el privilegio y la política de alto nivel-, Morgana se verá envuelta en un torbellino de secretos, flashes de prensa y una tensión inesperada de la que no podrá escapar tan fácilmente.

NovelToon tiene autorización de Ana Luz Albarracín para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 16

Llevaba una semana debatiéndome entre quedarme o ir a Milán, hasta que tomé la decisión que creía correcta: iría a Milán y demostraría que venir de abajo no te limita.

Faltaban solo tres días para mi vuelo a Milán. El taller estaba sumido en un caos ordenado: cajas de madera listas para el embarque de las obras, plástico de burbujas por todas partes y el eco sordo de mi vida empaquetada.

​El golpe en la puerta de entrada no fue dudoso ni amigable. Tres toques secos y firmes que reconocería en cualquier parte.

​Al abrir, me encontré con Caín. Llevaba las manos dentro de los bolsillos de su tapado oscuro y me observó de arriba abajo con esa mirada fría y penetrante que solía intimidarme en los pasillos de la universidad. Esta vez, sin embargo, sostuve su postura sin pestañear.

​—Así que es verdad —dijo, sin molestarse en saludar mientras daba un paso hacia el interior del taller—. Te vas a Italia.

​—Veo que Hestia ya te dio la noticia —respondí, cruzándome de brazos y apoyándome contra una mesa de trabajo—. ¿A qué viniste, Caín? Si es para darme otro de tus discursos sobre la caridad y la clase social, te aviso que llego tarde para empacar.

​Caín recorrió el lugar con la vista, deteniéndose en las cajas etiquetadas hacia la galería de Milán. Había una sombra de algo indescifrable en sus ojos, una mezcla de cálculo y un respeto involuntario que intentaba disfrazar con desdén.

​—Creí que te quedarías esperando a que mi hermano volviera de París llorando por su fracaso —comentó con voz pausada, acercándose a mí—. Pensé que ibas a ser la eterna sombra en su vida.

​—Te equivocaste —le dije con firmeza, mirándolo fijamente—. Elian tomó su decisión y yo tomé la mía. No voy a pasarme la vida esperando las sobras de nadie.

​Caín se detuvo a solo un paso de distancia. Por un segundo, la frialdad en su rostro pareció resquebrajarse.

​—Sorprendente —murmuró, casi para sí mismo—. Al final no eras tan débil como aparentabas.

​—Nunca lo fui —rebatí—. Solo estaba encandilada por la ilusión equivocada. Pero ya desperté.

​Él sostuvo mi mirada durante unos segundos en un silencio tenso, denso, cargado de todo lo que nunca nos dijimos. Luego, metió la mano en su saco, sacó una pequeña tarjeta dorada de un exclusivo club de arte en Milán y la dejó sobre la mesa.

​—Si vas a estar en Milán, vas a necesitar contactos reales y no solo intermediarios —dijo, dando medio paso hacia la salida—. Demostrales de qué estás hecha, Morgana. No dejes que nadie en esa ciudad te mire por encima del hombro.

​Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Antes de cruzar el umbral, se detuvo un instante sin mirarme:

​—Buen viaje.

​Cuando la puerta se cerró, me quedé mirando la tarjeta en la mesa. Caín no había venido a detenerme ni a humillarme; había venido a reconocer, a su manera amarga, que yo ya no pertenecía a la categoría de los vulnerables.

El bullicio de la terminal de salidas sonaba como un zumbido distante mientras la pantalla principal anunciaba mi vuelo a Milán en letras deslumbrantes. Frente a mí, Hestia sostenía dos cafés en vasos de poliestireno, intentando disimular con una sonrisa frágil la tristeza que se le asomaba en la mirada.

​—Así que esto es todo —dijo, entregándome uno de los vasos—. En un par de horas vas a estar cruzando el Atlántico.

​—Parece una locura —admití, apretando el vaso entre mis manos para calentar los dedos helados por los nervios—. Hace unos meses pensaba que mi vida se resumía a aprobar finales de abogacía y a esperar que alguien me prestara atención. Y ahora...

​—Y ahora sos una artista que se va a triunfar a Italia —me interrumpió Hestia, esbozando una sonrisa llena de orgullo sincero—. Te lo ganaste vos sola, Morita. Nadie te regaló nada.

​Me quedé en silencio un segundo, conmovida por el cariño en su voz. A pesar de su cercanía con la familia Capell, Hestia había sido la única que no me miró por encima del hombro cuando todo a mi alrededor se desmoronaba.

​—Gracias por no soltarme la mano cuando me caí —le dije, sintiendo cómo se me nudaba la garganta—. De verdad.

​Hestia dejó su café a un lado en un asiento libre y se acercó para envolverme en un abrazo apretado. Pasé mis brazos alrededor de su cuello, escondiendo el rostro en su hombro mientras sentía un par de lágrimas rebeldes rodar por mis mejillas.

​—Prometeme que vas a brillar en esa exposición —murmuró Hestia cerca de mi oído, con la voz quebrada—. Y sobre todo, prometeme que no vas a dejar que nadie te haga dudar de lo que valés.

​—Te lo prometo —respondí, separándome despacio para mirarla a los ojos y sonreírle.

​El altavoz de la terminal emitió el llamado final para los pasajeros de mi vuelo. Tomé la manija de mi equipaje de mano, respiré hondo y miré a Hestia una última vez.

​—Avisame apenas aterrices —pidió, agitándome la mano mientras daba un paso atrás.

​—Te escribo en cuanto llegue. Cuídate mucho, Hestia.

​Me di la vuelta y me dirigí hacia la puerta de embarque. Con cada paso que me alejaba, el peso del pasado se sentía un poco más liviano, abriéndole paso a la mujer que finalmente había decidido ser.

Automáticamente al subir al viaje me dormí, hasta que recibí la llamada de mi Teté. Me había olvidado de contarle que me iba del país y no sabía cuándo volvería.

​Atendí con el corazón en la boca y lo primero que escuché fueron sus gritos:

​—¡Gurisa malagradecida! Nunca me avisaste que te irías del país.

​—Teté, me olvidé de decirte; disculpa.

​—Estoy muy preocupada por vos, ¿y qué pasa con tu carrera?

​Notaba a través de la llamada su preocupación, cosa que me dio un vuelco en el corazón.

​—La dejé hace mucho tiempo, Teté, pero nunca me animé a contártelo por miedo a decepcionarte.

​—Gurisa, nunca me decepcionarías; solo quiero lo mejor para vos. Lo que más duele es que hayas pensado que me enojaría con vos por tomar una decisión que solo te concierne a vos, ya que es tu vida y solamente tuya.

​—Gracias, Teté. Siempre sé que puedo confiar en vos y te voy a extrañar mucho.

​La escuché reír.

​—Si tanto me extrañás, contame cómo pasó todo.

​Pasé el resto del viaje hablando con Teté. Cómo extrañaba tener estas charlas con ella mientras tomábamos unos mates con bizcochitos.

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Maria M. Rosario
Creo q la familia lo savo del.medio. y no es cierto q va tras Alexandra o quizas ellos se lo hiceron creer.
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