Valeria tiene un don maldito: cada vez que se enamora, la persona amada deja de respirar por unos segundos. Un año entero sin sentimientos es su única salvación. Pero entonces llega Nicolás, un chico con cicatrices en las manos y una enfermedad que lo tiene al borde de la muerte. Él no le teme a su maldición; al contrario, la busca. Porque él solo respira cuando ella lo besa. Juntos descubren que el amor no es veneno, sino el único remedio. Pero el año termina, y con él, la cuenta atrás para salvarle la vida.
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Capítulo 6: Los padres
Llevábamos dos semanas de visitas diarias cuando conocí a sus padres.
No fue planeado. Llegué a la sexta planta como siempre, con un libro nuevo bajo el brazo y el corazón contento, y me encontré con una escena que no esperaba: la puerta de la habitación de Nicolás estaba abierta, y dentro había dos personas que no conocía.
Una mujer, de pelo castaño y ojos azules como los de Nicolás, estaba sentada en la silla junto a la cama. Tenía las manos enlazadas sobre el regazo y una expresión de preocupación permanente en el rostro. Al lado, un hombre alto y delgado, con el mismo pelo oscuro de Nicolás y unas gafas de pasta que le daban un aire intelectual, estaba de pie junto a la ventana.
—Ah, debes ser Valeria —dijo la mujer al verme. Se levantó con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos. —Nicolás nos ha hablado mucho de ti.
Mi corazón dio un vuelco.
—Soy yo —dije, sin saber muy bien qué más añadir. —Encantada.
—Yo soy Elena, su madre. —Se acercó y me estrechó la mano con una calidez que me sorprendió. —Y este es su padre, Javier.
El hombre levantó la mano en un saludo tímido.
—Nos han dicho que le lees libros —dijo Javier, con una voz suave y pausada. —Y que le has enseñado a dibujar mandalas.
—Solo son círculos.
—Para nosotros son mucho más. —Elena me miró con una intensidad que me hizo sentir desnuda. —Desde que llegaste, Nicolás está diferente. Más sonriente. Más vivo. Hasta los médicos lo han notado.
—No he hecho nada especial.
—Has hecho todo —dijo Nicolás desde la cama. Su voz sonó débil, pero su sonrisa era tan brillante como siempre. —Mamá, papá, dejadla en paz. La vais a asustar.
—No la estamos asustando —respondió Elena, pero se apartó para dejarme pasar.
Me senté en el borde de la cama, como hacía siempre, y Nicolás me cogió la mano sin ningún pudor. Sus dedos se enredaron con los míos, y sentí cómo su madre contenía el aliento.
—¿Qué libro has traído hoy? —preguntó Nicolás.
—La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón.
—¿De qué va?
—De un chico que encuentra un libro maldito en una biblioteca.
—Como nosotros. —Sonrió. —Menos lo de maldito.
—Aún no lo sabes.
—¿Me lo lees?
—Claro.
Y entonces, con sus padres mirándonos desde el otro lado de la habitación, abrí el libro y empecé a leer.
Poco a poco, la tensión en la habitación se fue disipando. Elena y Javier se sentaron en las sillas, y escucharon con atención. De vez en cuando, Elena sonreía. Otras, Javier asentía. Pero ninguno de los dos interrumpió.
Cuando terminé el primer capítulo, cerré el libro y lo dejé sobre la mesilla.
—Mañana más —dijo Nicolás, con los ojos brillantes.
—Mañana más —repetí.
Elena se levantó y se acercó a la cama. Puso una mano sobre el hombro de su hijo y lo besó en la frente.
—Nosotros tenemos que irnos —dijo, con la voz un poco rota. —El médico nos ha citado para hablar de... bueno, ya sabes.
Nicolás asintió.
—No pasa nada, mamá. Iré con vosotros.
—No, tú descansa. —Elena me miró. —Valeria, ¿podrías quedarte un rato más? Hasta que volvamos.
—Claro.
Ella me dedicó una sonrisa de gratitud y salió de la habitación con Javier detrás. La puerta se cerró con un chasquido suave, y nos quedamos solos.
—Tus padres son encantadores —dije.
—Son un poco intensos.
—Te quieren mucho.
—Demasiado. —Nicolás suspiró y apretó mi mano. —Llevan veintitrés años viéndome enfermo. Veintitrés años esperando que el teléfono suene con malas noticias. Y ahora, con lo que viene...
—No pienses en eso.
—No puedo dejar de pensar en ello. —Me miró con una tristeza que me partió el alma. —Sé lo que me espera, Valeria. Lo sé desde que tenía diez años. Y no me da miedo morir. Lo que me da miedo es dejarlos a ellos.
—Y a mí.
—Y a ti. —Levantó mi mano y la besó. —Pero contigo es diferente. Contigo no siento miedo. Siento que cada día es un regalo.
—Porque lo es.
—Lo sé. —Sonrió. —Y quiero que lo disfrutes. Quiero que disfrutes cada momento conmigo, sin pensar en el final.
—No puedo prometerlo.
—No te pido que lo prometas. Solo te pido que lo intentes.
Y entonces, sin decir nada más, me atrajo hacia la cama y me abrazó. Su cuerpo era delgado y frágil, pero su abrazo era cálido y fuerte. Como si todo su ser se concentrara en ese gesto.
—Te quiero, Valeria —susurró contra mi pelo. —No sé si es demasiado pronto para decirlo. Pero es verdad. Te quiero.
Mi corazón se detuvo.
—Yo también te quiero —respondí, con la voz temblorosa.
Y por primera vez en tres años, no sentí miedo al decirlo.
Solo amor.