Ella tiene curvas que esconde y un promedio impecable. Él es el hombre perfecto que la observa en secreto. Una noche, un plan macabro los une. ¿El resultado? Una mentira, un bebé y un amor que lo arriesgará todo.
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capitulo 13
Romina
Una semana después de aquel día en que vi a Camila salir de la oficina de Geovanny, Ernesto me llamó a su despacho.
—Romina, necesito que acompañe a Geovanny a un viaje de negocios
dijo, sin levantar la vista de unos papeles.
— Es una reunión importante con unos inversionistas del sur. Quieren conocernos, evaluar una posible alianza millonaria. Y quiero que usted esté allí.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Yo?
pregunté, intentando que mi voz no delatara el terremoto interno
— ¿No sería más apropiado alguien con más experiencia?
Ernesto levantó la vista y me miró con esa mezcla de autoridad y calidez que lo caracterizaba.
—Usted tiene la experiencia que importa, Romina. Sabe de números, sabe de negocios, y tiene una cabeza prodigiosa para los detalles. Además
sonrió.
— Geovanny necesita a alguien en quien confiar plenamente. Y yo confío en usted.
Confiar en mí. Plenamente.
Ojalá él supiera que lo que realmente quería era confiar en que podría pasar dos días enteros con su hijo sin morir en el intento. Sin hacer el ridículo. Sin que mi cuerpo traicionara cada uno de mis propósitos.
—Está bien
asentí.
— ¿Cuándo partimos?
—Mañana a primera hora. Vuelo a las siete. Geovanny le dará los detalles.
Salí de su despacho con las piernas temblorosas. Laura me esperaba en el pasillo, con una sonrisa cómplice.
—¿Y bien?
—Viaje de negocios
susurré.
— Con Geovanny.
Laura abrió los ojos como platos y luego soltó una risa baja.
—Esto se pone interesante.
—No es gracioso, Laura. Está prometido. Tiene una modelo perfecta esperándolo en casa.
—¿Y?
encogió los hombros.
— Puedes viajar con él, es el jefe, que puede pasar?. Eres profesional, ¿no?
Claro que lo era. Pero mi cuerpo, mi estúpido cuerpo, no siempre entendía de profesionalismo.
Esa noche no pude dormir. Otra vez. Ya empezaba a convertirme en experta en pasar las noches en vela pensando en Geovanny Valverde.
–––––
El aeropuerto a las seis de la mañana era un lugar fantasmagórico. Luces fluorescentes, viajeros con ojos hinchados, el olor a café recalentado. Llevaba mi mejor traje, chaqueta negra entallada, pantalón de vestir, y una blusa de seda color marfil que Laura me había obligado a comprar. Por si acaso, dijo con picardía.
Lo vi antes de que él me viera a mí. Estaba en la fila de facturación, con una bolsa de viaje colgada al hombro y un café en la mano. Vestía un traje azul marino, impecable, el cabello negro peinado hacia atrás, la mandíbula cuadrada más pronunciada que nunca. Parecía sacado de una película.
Cuando me acerqué, sus ojos grises me encontraron y algo cambió en su expresión. Un destello. Una chispa. Luego, la máscara profesional volvió a su lugar.
—Buenos días, Romina
dijo, con esa voz que me desarmaba.
—Buenos días
respondí, sosteniendo su mirada.
El vuelo fue tranquilo. Hablamos de trabajo, de la reunión, de los inversionistas. Todo muy profesional, muy correcto. Pero cada vez que nuestras manos se rozaban al pasar documentos, cada vez que su pierna accidentalmente tocaba la mía en el estrecho espacio del avión, una corriente eléctrica recorría mi cuerpo.
Aterrizamos en una ciudad del sur, cálida, con olor a mar y a libertad. Un coche nos esperaba para llevarnos directamente a la reunión.
Pero el destino, caprichoso, tenía otros planes.
—¿Cómo que se canceló?
preguntó Geovanny, con el ceño fruncido, sosteniendo el teléfono contra su oído.
Yo esperaba junto a él, en la recepción del edificio donde debía ser la reunión. El sol del mediodía calentaba con fuerza.
—Sí, entiendo... No, no se preocupe... Mañana a primera hora, entonces.
Colgó y se volvió hacia mí con una expresión que no supe interpretar.
—El señor Méndez tuvo una emergencia familiar. Su madre está en el hospital. Reagendamos para mañana a las nueve.
—Oh
dije, procesando la información.
— Entonces... ¿nos quedamos?
—Nos quedamos.
Hubo un silencio. Un silencio que de repente se llenó de posibilidades, de tensiones, de todo lo que habíamos estado evitando.
—Buscaré un hotel
dijo él, sacando su teléfono.
— Dos habitaciones, por supuesto.
—Por supuesto
repetí, como una idiota.
Llegamos al hotel era precioso. Boutique, con vistas al mar, habitaciones amplias y una terraza que invitaba a quedarse. La mía y la suya eran contiguas. Separadas solo por una puerta. Una puerta que, según me informó la recepcionista con una sonrisa, se podía abrir desde ambos lados si lo deseaban.
No lo deseábamos. Claro que no.
Después de instalarnos, pasamos la tarde trabajando en la habitación de él, repasando los detalles de la reunión, preparando la presentación. Todo muy profesional. Todo muy correcto.
Pero cuando el sol comenzó a caer, cuando el cielo se tiñó de naranja y rosa, Geovanny cerró su portátil y me miró.
—¿Cenamos?
preguntó.
— Hay un restaurante en el hotel. Dicen que es bueno.
Mi estómago rugió en ese preciso momento, traicionándome.
—Parece que mi cuerpo ya respondió por mí
dije, sonrojándome.
Él sonrió. Una sonrisa pequeña, genuina, que iluminó todo su rostro.
—Entonces vamos.
–––
El restaurante estaba en la terraza, con vistas al mar. Mesas con manteles blancos, velas, una brisa suave que movía las cortinas. Demasiado romántico. Demasiado peligroso.
Pedimos vino. Yo solo una copa, porque el alcohol y yo no nos llevábamos bien. Geovanny pidió una botella para él.
Durante un rato, hablamos de trabajo. De la reunión, de los inversionistas, de las proyecciones. Todo muy seguro. Todo muy profesional.
Pero entonces, en un momento de silencio, mientras el camarero servía el primer plato, Geovanny me miró de una forma diferente.
—¿Puedo preguntarte algo personal?
dijo, y el tuteo me sorprendió. Hasta ahora, todo había sido, usted, formal, distante.
—Claro
respondí, correspondiendo al tuteo.
—¿Por qué administración de empresas? Quiero decir, con tu promedio, podrías haber estudiado cualquier cosa.
Sonreí, recordando.
—Siempre me gustaron los números. Desde pequeña. En mi pueblo, ayudaba a mi papá con las cuentas del taller. Él tiene un taller mecánico, pequeñito, pero siempre estaba hecho un lío con los números. Un día me senté con él y le organicé todo. Facturas, ingresos, gastos, impuestos. Cuando terminé, me miró como si hubiera hecho magia.
Me reí suavemente.
— Desde entonces, supe que quería hacer eso. Ayudar a la gente a entender sus números. A organizar el caos.
Geovanny me observaba con una intensidad que me hacía difícil sostenerle la mirada.
—Eso es hermoso
dijo.
— Tener claro lo que quieres desde pequeña. Yo... yo nunca supe qué quería. Solo sabía lo que se esperaba de mí.
—¿Y qué se esperaba de ti?
Bebió un trago de vino antes de responder.
—Ser perfecto. Ser el hijo que mi padre necesitaba. El que cargara con la empresa, el que no diera problemas, el que siempre estuviera ahí.
Su voz se volvió más baja, más íntima.
— Mi madre murió cuando yo era niño. Mi padre... bueno, mi padre siempre estuvo ausente. Cuando volvió a casarse y nació León, todo fue para él. Yo solo era el que debía mantener las cosas en orden.
—Eso suena muy solitario
dije, sin pensar.
Me miró. Directamente a los ojos. Y por un instante, vi algo en su mirada que me partió el alma. Una vulnerabilidad que no esperaba.
—Lo fue
admitió.
— Lo es.
Continuara...