Abril tiene 17 años, leucemia y una lista: aprovechar cada segundo que le queda.
Sus padres siempre trabajan, así que vive sola y se refugia estudiando en el colegio. Hasta que aparece Kael, 18, el chico que divide su tiempo entre las clases y una escuela de boxeo, con los nudillos siempre rotos y el corazón blindado.
Él cree que pelear es la única forma de no sentir. Ella le va a enseñar que vivir también duele.
Lo que Kael no sabe es que Abril se está apagando, que los dolores son cada vez más fuertes y que un día se va a desmayar frente a él.
Una historia sobre amar sabiendo que tienes fecha de vencimiento.
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Capítulo 9: Primer dolor fuerte
Me desperté a las cuatro de la mañana con un dolor que no era el de siempre. No era el dolor de estar cansada, ni el de haber pegado al saco, ni el de dormir mal. Era un dolor que apretaba por dentro, en la espalda baja, como si alguien me estuviera apretando los huesos con las manos. Me quedé quieta en la cama, respirando despacio, contando hasta diez como me enseñó la enfermera del hospital.
Conté hasta diez y no se pasó. Conté de nuevo hasta veinte y tampoco. Me senté en la cama y sentí que se me nublaba un poco la vista. Me agarré de la cabecera y esperé a que se pasara. A las cuatro y diez ya había pasado un poco, pero no del todo. Quedó como un dolor sordo, ahí, molestando.
No le dije a mi mamá. Mi mamá había llegado a las doce de la noche del trabajo y estaba durmiendo con la puerta entreabierta para escucharme. Si le decía, se iba a levantar, iba a llamar al hospital, iba a perder el turno de la mañana y después iba a estar todo el día con esa cara de susto que me da más pena que el dolor mismo.
Me levanté a las seis y media igual, me puse el polerón y me fui al colegio caminando despacio, más despacio que siempre. Cada paso me dolía un poco, pero si caminaba despacio dolía menos. Llegué tarde a la primera hora y la profe no me dijo nada, solo me hizo un gesto con la mano para que me sentara.
En el recreo me senté en la banca de la biblioteca y no me paré. Kael llegó con su botella de agua y me dijo ¿qué te pasa? Le dije que nada, que había dormido mal. Me miró la cara y me dijo estás pálida. Le dije que siempre estoy pálida. Me dijo no, hoy más. Le dije que era el frío.
Me pasó el sándwich que traía, como siempre, pero no tenía hambre. Me dijo cómetelo igual. Le di un mordisco chico y lo dejé. Me preguntó si quería subir a la azotea a las cuatro. Le dije que sí, que a las cuatro.
La mañana se me hizo eterna. En matemáticas no entendí nada, en historia me quedé dormida un segundo y la profe me despertó con mucho cuidado. En educación física le dije a la profe que me dolía la guata y me dejó sentada mirando. Me senté con las rodillas abrazadas y vi a los demás correr y me dieron ganas de correr también, pero no podía.
A las cuatro subí a la azotea. Kael ya estaba ahí, con los guantes y las vendas. Me dijo ya, hoy te enseño el cruzado. Le dije que hoy no, que no tenía ganas. Me miró y me dijo ¿te duele? Le dije que no. Me dijo ya, no me mientas, te conozco.
Me senté en el suelo, aunque estaba frío, y me abracé las rodillas. Le dije que me dolía la espalda desde la mañana, pero que era poco. Le dije que no le dijera a nadie. Me dijo ¿desde cuándo te duele así? Le dije que desde la mañana, pero que antes también me había dolido, pero menos. Me preguntó si le había dicho a mi mamá. Le dije que no.
Se sentó a mi lado y no me tocó, solo se sentó cerca. Me dijo mi tío dice que cuando duele así hay que respirar lento y no hacer fuerza. Me dijo que me quedara quieta y que respirara con él. Respiramos juntos, lento, entrando aire por la nariz y botándolo por la boca. De a poco el dolor bajó un poco, no se fue, pero bajó.
Don Luis nos gritó desde abajo que quedaban cinco minutos. Kael le gritó ya vamos. Me dijo ¿puedes bajar? Le dije que sí. Me paré despacio y me dolió de nuevo, pero me aguanté. Bajamos la escalera despacio, él iba detrás mío por si me caía.
En la salida me dijo te acompaño a la micro. Le dije que no, que podía sola. Me dijo ya, pero mándame un mensaje cuando llegues. Le dije ya.
Llegué a mi casa y mi mamá me estaba esperando en la cocina, con cara de preocupada. Me dijo ¿por qué llegas tan tarde? Le dije que me quedé en la biblioteca. Me miró fijo y me dijo ¿te duele algo? Le dije que no. Me miró fijo y me dijo Abril, no me mientas. Le dije que me dolía un poco la espalda, pero que era poco. Se paró al tiro y me dijo vamos al hospital. Le dije que no, que mañana tenía control igual, que esperáramos a mañana. Me dijo no, vamos ahora.
Fuimos al hospital y esperamos dos horas. Me sacaron sangre, me hicieron una placa y me dijeron que era parte del tratamiento, que a veces duele, que me iban a cambiar un medicamento para el dolor. Me dieron una pastilla y me dijeron que descansara.
Volvimos a la casa a las diez de la noche. Mi mamá me acostó y se sentó a mi lado y me tomó la mano. Me dijo hija, no me escondas cuando te duele, porque me duele más no saber. Le dije perdón. Me dijo no me pidas perdón, solo dime.
Me quedé dormida con ella al lado, con la pastilla haciendo efecto y con el dolor bajando de a poco.
Antes de dormirme pensé en Kael y en que mañana le iba a tener que contar que sí me dolía más de lo que decía. Y pensé que por primera vez no quería que mi lista fuera de cosas que hacer antes de irme, sino de cosas que hacer para quedarme.