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Mi Mundo Termina Contigo (Vindicta Dinasty 3)

Mi Mundo Termina Contigo (Vindicta Dinasty 3)

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Amor eterno / Mafia
Popularitas:74
Nilai: 5
nombre de autor: Paula Romero

Años después, Chiara y Markus han construido algo más que un imperio: tienen una hija que se convierte en lo único que realmente los une.

Pero los enemigos del pasado no han desaparecido.

Las guerras que comenzaron años atrás vuelven con más fuerza, y esta vez el precio es mucho más alto. Traiciones, venganzas y viejos secretos provocan una caída devastadora.

Muchos aliados mueren, las familias se destruyen y el imperio que tanto costó mantener empieza a desmoronarse.

Chiara tendrá que enfrentarse a la decisión más difícil de su vida: seguir luchando por el poder o salvar a lo único que queda de su mundo: su familia.

NovelToon tiene autorización de Paula Romero para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitolo 19

...⚔️...

El humo todavía cubría parte del pasillo.

Valeria apenas podía distinguir las formas que tenía delante. El aire estaba cargado de polvo, humo y un olor áspero que se había quedado pegado a las paredes después de la explosión.

A lo lejos continuaban escuchándose disparos; contó tres veces para después ocurrir lo inevitable: silencio.

Valeria mantenía el arma levantada y no apartaba los ojos del hombre que tenía delante. Él tampoco parecía dispuesto a apartar la mirada.

Durante unos segundos, ninguno de los dos dijo nada.

Era extraño.

En medio del caos, de los gritos y de aquella propiedad que podía venirse abajo en cualquier momento, ambos permanecían inmóviles, observándose como si el resto del mundo hubiera desaparecido.

Valeria fue la primera en estudiarlo con atención.

Era un hombre alto, de presencia imponente, con el cabello castaño ligeramente despeinado por la explosión. Su rostro tenía algunos rastros de polvo, pero no parecían afectarle.

Sin embargo, fueron sus ojos los que llamaron especialmente la atención de Valeria.

Uno café y uno verde.

Intensos.

Demasiado tranquilos para alguien que acababa de atravesar una explosión.

Valeria estrechó los ojos.

Él parecía estar analizándola de la misma manera.

Como si intentara descubrir quién era.

Como si ya sospechara algo.

El hombre abrió ligeramente la boca.

Parecía dispuesto a hablar.

Pero antes de que pudiera pronunciar una palabra...

Una segunda explosión sacudió el edificio.

Valeria apenas tuvo tiempo de reaccionar.

El hombre se lanzó hacia ella y la cubrió con su cuerpo mientras una lluvia de pequeños fragmentos caía desde el techo.

Valeria sintió cómo él la sujetaba para evitar que perdiera el equilibrio.

Durante unos segundos quedaron prácticamente pegados a la pared.

El ruido fue ensordecedor.

Después llegó el silencio.

Valeria respiró agitadamente.

El hombre levantó la cabeza.

—¿Estás bien?

Valeria lo empujó inmediatamente.

—¡¿Qué te pasa?!

Él la miró con una mezcla de desconcierto y diversión.

—¿Perdón?

—No vuelvas a tocarme.

El hombre arqueó una ceja.

—Acabo de salvarte la vida.

—No necesitaba que me salvaras.

Él soltó una pequeña risa.

—Claro.

Valeria lo fulminó con la mirada.

—Mi plan estaba funcionando hasta que me sacaste de allí. Lo estropeaste todo.

El hombre permaneció mirándola unos segundos.

—Vaya...

Se limpió un poco de polvo del hombro.

—Entonces, si no te hubiera sacado de allí, ¿qué habría ocurrido?

Valeria respondió sin dudar.

—Habría terminado mi trabajo.

—Corrección: Habrías muerto.

—No necesariamente.

—Sí, necesariamente.

Valeria apretó la mandíbula.

El hombre la observó con curiosidad.

—Eres bastante testaruda.

—Y tú bastante insolente.

—Eso también me lo han dicho.

Valeria reconoció entonces algo en su forma de hablar.

El acento.

No era italiano.

Tampoco británico.

Ni siquiera parecía proceder de alguien que hubiera pasado demasiado tiempo en España o Italia.

Era ruso.

Valeria conocía el idioma, pero decidió no demostrarlo.

No quería darle ninguna ventaja.

—Eres ruso.

El hombre sonrió ligeramente.

—¿Lo has descubierto por mi acento?

—No ha sido difícil.

—Entonces tú debes ser bastante observadora.

—Lo suficiente para saber que no debería confiar en ti.

La sonrisa desapareció de su rostro.

—Eso es sensato.

Valeria volvió a mirar hacia el pasillo.

Todavía podían escucharse movimientos en alguna parte de la propiedad.

—¿Quién eres?

El hombre la miró fijamente.

—No podría decirle mi nombre a alguien que sé que trabaja para el enemigo.

Valeria levantó una ceja.

—Qué considerado.

Él sonrió.

—Pero puedes llamarme Vladimir.

Valeria soltó una pequeña risa irónica.

—Ese nombre es falso.

El hombre pareció divertido.

—¿Tan rápido?

—Tu cara dice una cosa y tu actitud otra.

—Entonces tendrás que confiar en tu intuición.

—No confío en nadie.

—Eso explica muchas cosas.

Valeria volvió a apuntarle con el arma.

La expresión del hombre cambió.

No retrocedió.

Ni siquiera pareció sorprendido.

Simplemente la miró.

Después, lentamente, sacó su propia arma.

Ahora ambos se apuntaban.

El espacio entre ellos pareció hacerse más pequeño.

La tensión era casi palpable.

Valeria no parpadeó.

Vladimir tampoco.

—Veo que al menos sabes defenderte —dijo él.

—No tienes idea de lo que sé hacer.

—Eso es interesante.

—No estoy aquí para entretenerte.

—Lo sé.

Vladimir inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Eres de la mafia Vindicta?

Valeria permaneció en silencio.

—¿Qué te importa?

—Me interesa saber con quién estoy hablando.

—Pues tendrás que seguir interesado.

—Entonces no eres una persona fácil.

—Nunca he dicho que lo fuera.

El tal Vladimir dejó escapar una sonrisa.

—Empiezo a creerlo.

Valeria mantuvo el arma firme.

—Ahora dime quién es tu jefe.

El hombre guardó silencio.

—No.

—¿Los albaneses?

Vladimir negó lentamente.

—Son mis enemigos.

Aquello sorprendió a Valeria.

—Entonces, ¿qué haces aquí?

—Lo mismo que tú.

—¿Robar el cargamento?

—No.

—¿Entonces?

—Sobrevivir.

Valeria lo observó detenidamente.

No sabía si creerle.

Y eso era precisamente lo que más le molestaba.

El hombre no parecía nervioso.

No parecía estar intentando escapar.

No parecía preocupado por tener un arma apuntándole directamente.

Era como si supiera exactamente hasta dónde podía llevar aquella situación.

—Dime tu apellido —Comentó Vladimir.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no tienes derecho a saberlo.

—Entonces tendré que adivinarlo.

—Buena suerte.

Vladimir sonrió.

Pero sus ojos cambiaron apenas durante un instante.

Vladimir lo notó.

No dijo nada.

Valeria comprendió inmediatamente que debía actuar.

Un disparo resonó a lo lejos.

Ambos miraron hacia el mismo lugar.

Vladimir volvió a mirar a Valeria.

—Los albaneses siguen aquí.

—Ya lo sé.

—Y están buscando a los que han quedado dentro.

Valeria pensó en Ricci y Alonzo.

Su expresión cambió.

—Tengo que encontrar a mi gente.

—Y yo a la mía.

Vladimir bajó lentamente el arma.

—Estamos solos por ahora.

Valeria no bajó la suya.

—¿Y eso qué significa?

—Que tenemos un problema común.

—No significa que seamos aliados.

—Nunca he dicho que lo fuéramos.

Vladimir la miró fijamente.

—Pero si seguimos apuntándonos, alguien encontrará nuestros cuerpos antes de que encontremos a nuestros hombres.

Valeria sabía que tenía razón.

Y odiaba admitirlo.

Finalmente bajó el arma.

—De acuerdo.

Vladimir hizo lo mismo.

Ambos observaron el pasillo.

—Bene, Vladimir —dijo Valeria—. ¿Cuál es tu punto de fuga?

Él sonrió.

—Sígueme, malen'kiy.

Valeria se quedó inmóvil.

Conocía perfectamente aquella palabra.

Pequeña.

No le gustaba.

De hecho, detestaba que alguien la llamara así.

Era un término que solo toleraba de una persona.

Su padre.

Markus.

Nadie más.

Valeria lo miró con una expresión fría.

—No vuelvas a llamarme así.

Vladimir arqueó una ceja.

—¿Por qué?

—Porque no me gusta.

—¿Eso es todo?

—Es suficiente.

—Como diga, malen'kiy.

Valeria cerró los ojos durante un segundo.

—Te juro que...

—Tenemos que irnos.

—Eres insoportable.

—Y tú sigues viva.

Valeria no respondió.

Simplemente comenzó a seguirlo.

Avanzaron por una zona lateral de la propiedad mientras el sonido de los disparos aparecía y desaparecía a lo lejos.

En más de una ocasión tuvieron que detenerse.

Vladimir parecía conocer bien el lugar.

Valeria empezó a preguntarse cómo.

No era una propiedad sencilla.

Había demasiados pasillos y habitaciones.

Demasiadas zonas oscuras.

Demasiados lugares donde alguien podía esconderse.

—¿Has estado aquí antes? —preguntó.

—No.

—Entonces, ¿cómo sabes por dónde ir?

Vladimir la miró de reojo.

—Tengo buena memoria.

—No me convence.

—No necesito convencerte.

Valeria bufó.

—Eso también es cierto.

Continuaron.

En un momento, escucharon voces.

Vladimir levantó una mano.

Valeria se detuvo.

Ambos permanecieron en silencio.

Dos hombres aparecieron al fondo.

La tensión regresó inmediatamente.

Vladimir miró a Valeria.

Ella entendió.

Los dos actuaron al mismo tiempo.

Tras unos instantes, el pasillo volvió a quedar en silencio.

Valeria respiró profundamente.

—Cada vez entiendo menos quién eres.

—Eso es bueno.

—Para ti.

—Exactamente.

Finalmente llegaron a una zona donde se escuchaban voces conocidas.

Valeria reconoció a algunos de sus hombres.

Vladimir también detectó a los suyos.

Habían llegado a un punto donde sus caminos debían separarse.

Valeria miró hacia el grupo de Vladimir.

Después volvió a mirarlo a él.

Durante un instante, ninguno habló.

—Parece que aquí termina nuestra alianza —dijo ella.

—Nunca tuvimos una alianza.

—Una colaboración, entonces.

—Eso suena mejor.

Valeria comenzó a alejarse.

Después se detuvo.

Se volvió hacia él.

—Grazie, Vladimir.

El hombre sonrió.

—De nada.

Valeria lo señaló con el arma, aunque esta vez sin verdadera intención de disparar.

—Pero tú y yo nunca nos conocimos.

Vladimir entendió inmediatamente.

—Por supuesto.

Valeria comenzó a marcharse.

—Y nunca nos cruzamos.

—Como diga.

Ella avanzó unos pasos.

Entonces escuchó la voz de Vladimir detrás de ella.

—Intenta ser más precavida.

Valeria se detuvo.

—¿Qué?

—La próxima vez quizá no llegue a tiempo.

Ella giró lentamente la cabeza.

Vladimir la observaba.

—No durarás mucho con vida si sigues confiando demasiado en tu intuición.

Valeria sonrió con ironía.

—Mi intuición acaba de salvarme.

—Yo diría que fui yo.

—Prefiero mi versión.

Vladimir soltó una pequeña risa.

—Quizá volvamos a vernos.

Valeria negó con la cabeza.

—Espero que no.

—Yo no.

Ella rodó los ojos.

—Adiós, Vladimir.

—Adiós, malen'kiy.

Valeria se marchó sin responder.

Pero mientras caminaba hacia donde estaban sus hombres, una parte de ella seguía pensando en aquellos ojos verdes.

Y en aquella voz.

En aquel hombre que había aparecido en medio de una emboscada.

En alguien que decía ser enemigo de los albaneses, pero que claramente tenía sus propios motivos para encontrarse allí.

Y, sobre todo, en la extraña sensación de que aquel encuentro no había sido una casualidad.

Mientras tanto, Vladimir permaneció inmóvil durante unos segundos.

Observó cómo esa ella desaparecía entre el humo.

Después bajó lentamente la mirada.

También él parecía pensativo.

Había conocido a muchas personas durante su vida.

Pero aquella mujer era diferente.

No solo por la forma en que había reaccionado ante el peligro.

Era su mirada.

Su carácter.

La manera en que había intentado ocultar quién era.

Vladimir sonrió para sí.

—Malen'kiy...

Y se marchó en dirección contraria.

Valeria finalmente encontró a sus hombres.

—¡signorina valeria!

Uno de ellos corrió hacia ella.

—¿Está bien?

—Sí. ¿Dónde están Ricci y Alonzo?

El hombre vaciló.

—No lo sabemos.

La expresión de Valeria cambió inmediatamente.

—¿Cómo que no lo saben?

—La explosión nos separó. Algunos hombres están buscando a su tío y a Ricci.

Valeria miró alrededor.

—Entonces seguimos buscando.

—signorina…

—He dicho que seguimos buscando.

Nadie discutió.

Valeria avanzó entre los restos de la propiedad.

Entonces escuchó una voz.

Débil.

—Valeria...

Se quedó paralizada.

—¿Padrino?

Corrió hacia el sonido.

Ricci estaba apoyado contra una pared, herido, pero consciente.

—¡Ricci!

Valeria se arrodilló junto a él.

—Estoy bien —dijo él con dificultad—. Solo es un golpe.

—No vuelvas a decirme que estás bien cuando claramente no lo estás.

Ricci sonrió débilmente.

—Sigues teniendo carácter.

—¿Dónde está mi tío?

Ricci miró hacia un extremo del pasillo.

—Alonzo...

Valeria se puso en pie inmediatamente.

—¡Tío!

No hubo respuesta.

El corazón comenzó a golpearle con fuerza.

Avanzó entre el humo.

—¡Alonzo!

Entonces escuchó un ruido.

Una tos.

Valeria giró la cabeza.

Y allí estaba su tío.

Alonzo apareció entre los restos, cubierto de polvo y con una expresión agotada.

—Aquí estoy.

Valeria corrió hacia él.

Por primera vez desde que había comenzado la emboscada, permitió que la preocupación se reflejara completamente en su rostro.

—Pensé que...

Alonzo la interrumpió.

—Estoy vivo.

Valeria respiró profundamente.

Ricci observó a ambos.

Pero entonces miró a Valeria con atención.

—¿Dónde estabas?

Ella guardó silencio durante un instante.

Pensó en ese hombre.

En sus ojos verdes.

En su voz.

En la forma en que la había apartado de la explosión.

—Encontré una salida.

Ricci la observó.

Parecía saber que había algo más.

—¿Una salida?

Valeria asintió.

—Sí.

No dijo nada más.

Porque, aunque jamás lo admitiría delante de sus hombres, todavía podía recordar perfectamente la sensación de aquella mano sujetándola del brazo.

Y el aroma que había quedado en el aire después de que él se marchara.

Al otro lado de la propiedad, el hombre que se encontró también se alejaba.

Y, por extraño que resultara, él tampoco podía olvidar a Valeria.

Ni su mirada.

Ni su voz.

Ni aquel aroma que permanecía en su memoria.

Ambos habían llegado a aquel lugar como desconocidos.

Habían salido de él sabiendo que sus caminos estaban destinados a cruzarse nuevamente.

Aunque ninguno de los dos quisiera admitirlo.

...CONTINUARÁ…...

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