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SABOR A FUEGO Y SOMBRA

SABOR A FUEGO Y SOMBRA

Status: Terminada
Genre:Romance / Traiciones y engaños / Enfermizo / Completas
Popularitas:9.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

Jeremías Bustamante lo tiene todo: poder, una fortuna inmensa y un físico imponente, pero la vida lo redujo a una silla de ruedas, a la amargura perpetua y a un oscuro secreto sobre el abandono de su exesposa. Su existencia gris da un vuelco total el día en que cruza la puerta de la cafetería más alegre de la ciudad y una torpe, radiante y descarada arquitecta le baña la camisa en jugo de fresa. Ana Belén Gallego no le teme a su dinero ni a su carácter de demonio, y por primera vez en años, Jeremías encuentra a una mujer capaz de plantársele enfrente sin temblar. Entre risas, secretos del pasado y tazas de café, este magnate indomable descubrirá que la verdadera parálisis no está en sus piernas, sino en su corazón.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL ARTE DE PROVOCAR AL LOBO

​Los rayos del sol se filtraban con fuerza a través de los ventanales de cristal templado de la Mansión Bustamante, iluminando el polvo en suspensión que parecía estancado en el estudio de Jeremías. Llevaba tres días sin salir de allí, rodeado de pantallas parpadeantes con gráficos bursátiles, reportes financieros de las filiales en Europa y Asia, y una taza de café negro que se había enfriado por completo sobre el escritorio. Sin embargo, ninguna cifra o fusión corporativa lograba desplazar de su mente el recuerdo de los ojos marrones de Ana Belén. Cada vez que cerraba los ojos, volvía a sentir el impacto helado del jugo de fresa y, sobre todo, la bofetada verbal de aquella mujer que se había atrevido a llamarlo «amargado de mierda» en su propia cara.

​Para un hombre acostumbrado a que el mundo entero se inclinara a su paso —ya fuera por reverencia o por el terror paralizante que inspiraba su fortuna y su implacable carácter—, el desprecio de la dueña de la cafetería era una afrenta imperdonable... y, al mismo tiempo, una picazón extraña que se negaba a desaparecer.

​—Don Jeremías, los informes de la junta directiva de Madrid están listos para su revisión — anunció Federico Montiel, ingresando al estudio con pasos medidos y portando una tablet en las manos. Al notar la expresión ausente del magnate, el fiel asistente arqueó una ceja con cautela—. ¿Se encuentra bien, señor? Lleva horas mirando fijamente la misma línea del gráfico.

​—Estoy perfectamente, Federico —respondió Jeremías con voz seca, apartando la vista de la pantalla y ajustándose los puños de la camisa con brusquedad—. Lo único que me fatiga es la incompetencia general de este país. ¿Averiguaste lo que te pedí sobre el edificio de la cafetería?

​Federico contuvo una sonrisa apenas perceptible. Conociendo a su jefe, sabía perfectamente que el orgullo herido lo iba a empujar a investigar cada detalle de su nueva némesis.

​—Sí, señor. El edificio pertenece en su totalidad a la señora Ana Belén Gallego. Lo adquirió tras su divorcio hace ocho años. Es una arquitecta de profesión, aunque decidió enfocar su energía en el negocio de la cafetería, el cual administra junto a sus dos hijos gemelos, Alberto y Albert, que cursan primer año en la universidad. Por lo demás, la propiedad está libre de hipotecas y el negocio goza de una salud financiera envidiable. No le debe un centavo a nadie —explicó Federico con precisión milimétrica.

​Jeremías apretó los dientes, sintiendo una punzada de frustración. Habituado a comprar voluntades o a presionar a sus rivales con deudas y contratos, descubrir que Ana Belén era completamente independiente y dueña de su propio terreno lo dejaba sin herramientas tradicionales de retaliación.

​—¿Independiente, dices? —murmuró Jeremías entre dientes, recorriendo con la mirada los respaldos de caoba de su estudio—. Una mujer sola con dos hijos universitarios y un local de café no puede ser tan intocable. Debe haber algo... un permiso municipal vencido, una inspección de sanidad pendiente, cualquier cosa que ponga en jaque su preciado local.

​—Le aconsejaría que proceda con cautela, don Jeremías —replicó Federico con firmeza profesional, aunque con un dejo de advertencia—. Intentar clausurar ese establecimiento por capricho personal podría llamar la atención de la prensa económica, y dudo que le convenga aparecer en los titulares como el magnate vengativo que destruye el modesto negocio de una madre soltera solo porque le mancharon el traje.

​Antes de que Jeremías pudiera replicar a la inoportuna pero certera lógica de su asistente, la puerta del estudio se abrió de par en par con un estrépito alegre. María Fernanda entró corriendo, con el cabello castaño suelto y una sonrisa traviesa que iluminaba toda la habitación, seguida de cerca por doña Anahí.

​—¡Papá, abuela dice que hoy hace una tarde preciosa y que nos toca salir! ¡Y yo quiero ir por un batido de fresa a la cafetería de doña Ana Belén! —anunció la niña con absoluta inocencia, plantándose frente a la silla de ruedas con las manos en la cintura.

​Jeremías sintió que el aire se le atragantaba en la garganta.

​—¡¿De qué demonios hablas, María Fernanda?! —bramó el empresario, girando la silla con violencia para quedar frente a su hija—. ¡Te he dicho mil veces que ese lugar está prohibido! ¡Esa mujer es una maleducada de lo peor y yo no pienso volver a poner un pie en ese antro de insolentes!

​—¡Ay, hijo, no seas tan rencoroso! —intervino doña Anahí, cruzándose de brazos con una elegancia imponente y una sonrisa socarrona que delataba su absoluta complicidad con su nieta—. A una dama no se le trata con groserías, y fuiste tú quien entró pisando fuerte y con cara de pocos amigos. Además, María Fernanda tiene razón: el café de ese lugar es exquisito, y a mí me apetece ver otra vez a esa mujer tan valiente ponerte los puntos sobre las íes. Nos hace falta un poco de aire fresco y risas de verdad en esta casa, no este sepulcro de aburrimiento.

​—¡Exacto, papá! ¡Abuela y yo ya tenemos los abrigos listos! Federico tiene el auto en la puerta. Así que te guste o no, nos vas a acompañar, porque si no, le diremos a todo el mundo que el gran Jeremías Bustamante le teme a una arquitecta que hace café —remató la niña con una carcajada cristalina, estirando de la manga del saco de su padre.

​Federico desvió la mirada hacia el techo, intentando disimular una sonrisa de absoluta aprobación ante la astucia de la pequeña. Jeremías, acorralado entre la complicidad de su madre y el chantaje emocional de su hija, sintió que la sangre le hervía en las venas. Quería negarse, ordenar que cerraran las puertas de la mansión, prohibir la mención de aquella cafetería maldita; pero en el fondo de su conciencia, una curiosidad salvaje y prohibida le soplaba al oído que debía regresar.

​Media hora más tarde, el lujoso vehículo se estacionaba exactamente frente a la fachada de colores cálidos del local de Ana Belén. A través de los cristales ahumados, Jeremías observó el interior. El sitio estaba animado, lleno de risas, aromas a canela y café recién molido. Y allí, en el centro de todo, moviéndose con una gracia envidiable y una energía desbordante, estaba ella. Ana Belén llevaba puesto un delantal blanco sobre su blusa azul, con el cabello negro recogido en una coleta alta, cantando a media voz mientras entregaba una bandeja a una mesa cercana.

​—Muy bien, señorías. Bajen de una vez antes de que me arrepienta y mande a demoler la cuadra entera —espetó Jeremías con voz helada, permitiendo que Federico abriera la puerta lateral y lo acomodara en la silla de ruedas con su habitual eficiencia.

​En cuanto cruzaron el umbral de la puerta, un suave tintineo de campanillas anunció su llegada. El bullicio del local pareció decaer un ápice cuando algunos clientes habituales reconocieron la imponente y sobria figura del empresario multimillonario, recordando el escándalo de unos días atrás.

​Ana Belén, que en ese momento se encontraba detrás de la barra limpiando una taza de cerámica, levantó la vista. Al reconocer al hombre de los ojos verdes y el traje arruinado, lejos de mostrar sorpresa o temor, una sonrisa pícara y desafiante se dibujó en sus labios. Dejó la taza sobre la repisa, se secó las manos con un repasador y caminó hacia ellos con paso firme, meneando levemente la cabeza con una mezcla de diversión y desdén.

​—Vaya, vaya... Miren quién decidió regresar al escenario del crimen —dijo Ana Belén con voz clara y resonante, plantándose justo frente a la silla de ruedas de Jeremías con los brazos cruzados, destacando su figura esbelta y su mirada marrón llena de chispa—. Pensé que el señorito de cristal no volvería a pisar un lugar tan ordinario como este. ¿Qué pasa? ¿Extrañabas el sabor del jugo de fresa en tu costosa ropa, o es que en tu mansión nadie te dice las verdades en la cara y necesitabas una dosis diaria de realidad?

​El rostro de Jeremías se ensombreció de inmediato, adquiriendo un tono plomizo mientras sus ojos verdes chispeaban con una furia contenida que amenazaba con incendiar el local entero.

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Nerika Moreno
Por Dios casi muero de tanto llorar, que capítulo tan fuerte me hizo recordar cuando yo pasé por lo mismo
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