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¡Suya!

¡Suya!

Status: Terminada
Genre:Venganza / Reencarnación / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:77.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Daemin

Ella murió a manos de su propia hermana. Pero el destino le dio una segunda oportunidad: despertó en el cuerpo de una mujer inteligente, carismática y casada con el hombre más poderoso y deseado. El mismo hombre por el que siempre había sentido admiración.

Todo parece un sueño hecho realidad. Hasta que descubre que el "amor del pasado" de su esposo no es otra que su asesina.

Ahora, atrapada en un matrimonio que cree una farsa, solo quiere una cosa: el divorcio y la libertad para vengarse. Pero su esposo, frío e implacable con el mundo, se convierte en un muro de fuego cuando ella pronuncia la palabra "Divorcio".

Él no piensa soltarla. Ella no piensa quedarse.

Y entre la venganza, los secretos y un deseo que ninguno de los dos puede controlar, comienza una guerra de poder donde el amor se disfraza de odio... y la verdad podría ser el arma más peligrosa de todas.

NovelToon tiene autorización de Daemin para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11: Mi Propio Entierro

[POV'Alessandra]

Aquella mañana me levanté temprano. El sol apenas comenzaba a asomarse por las cortinas. Miré el otro lado de la cama: vacío. Dante ya se había ido a la empresa.

Ash, ese hombre parece vivir del trabajo.

—Ana, deja de quejarte —me regañé mentalmente mientras me estiraba—. ¿No ves que él es quien te mantiene?

Solé una risita tonta y me levanté. Una ducha rápida, el agua caliente ayudándome a despertar del todo, y bajé las escaleras con el cabello aún húmedo.

Clara ya tenía el desayuno listo en la mesa. Una taza de té humeante, fruta fresca y una tostada con mantequilla. Nada pesado. Mi estómago no estaba para grandes banquetes.

—Buenos días, señora —dijo Clara con su sonrisa amable—. ¿Durmió bien?

—Más o menos —respondí, sentándome—. Tengo un día... complicado.

Ella asintió comprensiva sin preguntar más.

Comí en silencio, saboreando el té y tratando de calmar los nervios. Mi mano temblaba ligeramente al llevar la taza a los labios. Cuando terminé, agradecí y me levanté. Apenas había dado dos pasos cuando escuché el motor del auto.

El chofer ya estaba afuera, esperando con la puerta abierta.

Me subí al auto y ahí estaba Elisa. Mi suegra. Con su vestido negro impecable, un sombrero pequeño y elegante, y una sonrisa cálida que intentaba calmarme.

—Buenos días, hija —dijo, dándome un beso en la mejilla—. ¿Dormiste bien?

—Más o menos —repetí.

Ella asintió sin insistir. El auto comenzó a moverse.

El silencio se instaló en el habitáculo. Miré por la ventanilla mientras las calles pasaban. Edificios, tiendas, semáforos. Todo tan normal. Todo tan ajeno a lo que estaba a punto de hacer.

Iría a mi propio entierro.

La idea era tan absurda que casi quería reírme. Pero la risa no llegaba. En su lugar, sentía un nudo en la garganta y un peso en el pecho que no me dejaba respirar bien.

Elisa me tomó la mano en un gesto silencioso. No dijo nada. Solo apretó suavemente.

Le sonreí débilmente y volví a mirar por la ventana. Mi mente estaba en blanco. O mejor dicho, en un caos tan grande que parecía un vacío. Sentía tantas emociones revueltas en mi estómago que por un momento me perdí. La verdad no sabía qué sentir. Rabia. Tristeza. Impotencia. Todo mezclado.

Hoy vería a mi madre. Vería cómo lloraba por mí, cómo sufría por la hija que había perdido. Vería a mis hermanos, con sus rostros serios y sus ojos enrojecidos. Vería a Fernanda, esa maldita, fingiendo dolor detrás de un velo negro. Y a mi padre... quizás no estaría allí. La verdad, eso no me sorprendería para nada. El hombre que siempre había visto a su hija como un estorbo probablemente estaría en su oficina, "ocupado" con asuntos más importantes.

El cementerio apareció a lo lejos. Una imponente puerta de hierro forjado, árboles viejos y una paz que no sentía.

El auto se detuvo.

—¿Estás lista? —preguntó Elisa, con voz suave.

—Si —respondí, sincera.

Ella sonrió y me apretó la mano una vez más.

Bajamos del auto. Caminamos hacia el pequeño grupo reunido bajo un enorme árbol. Unas veinte o treinta personas, todas de negro, todas con expresiones de dolor o respeto.

El padre estaba al frente, con su túnica blanca y un libro abierto en las manos. Hablaba en voz baja, sus palabras apenas audibles desde donde estábamos.

Y allí, al fondo, mi ataúd.

Blanco. Adornado con flores blancas. Sencillo. Y junto a él, una foto mía. Una foto que no recordaba haber visto nunca. Sonriendo tímidamente a la cámara.

El nudo en mi garganta se hizo más grande.

—¿Te sientes bien? —susurró Elisa.

Asentí, aunque era una mentira.

Caminamos hacia el grupo. Elisa me guiaba, su mano firme en mi brazo. A medida que nos acercábamos, fui reconociendo rostros.

Mi madre al frente, junto al ataúd, con el rostro demacrado y los ojos enrojecidos. Su cabello recogido de manera descuidada. Como si ya no le importara.

Mis hermanos detrás de ella. Leonel con la mandíbula apretada, conteniéndose. Martín con el rostro pálido y los ojos brillantes.

Fernanda, a la derecha de mi madre. Vestido negro impecable, velo cubriendo parcialmente su rostro. Su mano sobre el pecho, su expresión de dolor perfectamente ensayada.

A su lado, Alexander.

Apreté los puños con tanta fuerza que sentí las uñas clavarse en mis palmas.

—Mantén la calma —me ordené—. Mantén la calma.

Elisa me guió hacia un lugar discreto, en la segunda fila. El lugar perfecto para observar sin ser observada.

El padre continuó con sus palabras. Algo sobre el descanso eterno, sobre la paz. Yo apenas escuchaba. Todo se mezclaba en un sonido lejano, como si estuviera sumergida bajo el agua.

No podía dejar de mirar a mi madre.

Sus hombros temblaban. Mis hermanos la sostenían. Ella se llevaba un pañuelo a los ojos, tratando de contener el llanto. Y yo, a unos metros de distancia, no podía hacer nada.

No podía correr hacia ella y abrazarla. No podía decirle que estaba viva. No podía secar sus lágrimas y decirle que todo iba a estar bien. Porque no estaba viva. No como ella recordaba. No como su hija.

Estaba muerta. Y al mismo tiempo, estaba aquí, viendo cómo me enterraban.

Era una sensación tan horrible que no sabía cómo describirla. Como si estuviera viendo una película de mi propia vida. Como si estuviera atrapada detrás de un vidrio, viendo todo sin poder hacer nada.

El padre terminó su discurso. Algunas personas se acercaron a dejar flores. Mi madre rompió a llorar en los brazos de Leonel. Martín se apartó un momento, secándose los ojos con el dorso de la mano.

Fernanda permaneció inmóvil, con su velo y su expresión de dolor perfectamente ensayada.

Sentí una oleada de odio tan fuerte que tuve que cerrar los ojos. No podía mirarla. No podía ver su cara sin querer arrancársela.

Cuando abrí los ojos, vi algo que me rompió el corazón aún más.

Mi madre se acercó al ataúd. Puso una mano sobre la madera blanca y cerró los ojos. Sus labios se movieron, pero no pude escuchar lo que decía. Una oración, quizás. O una despedida.

Cuando finalmente el grupo comenzó a dispersarse, Elisa me tomó del brazo.

—Vámonos —susurró—. Ya hemos mostrado nuestro respeto.

Asentí, agradecida por la oportunidad de irme.

Mientras caminaba hacia el auto, no pude evitar mirar atrás una vez más. Mi madre seguía llorando. Mis hermanos seguían sosteniéndola. Fernanda seguía fingiendo. Necesitaba grabar cada momento en mi memoria. Cada lágrima. Cada gesto. Cada dolor.

Porque todo eso, todo ese sufrimiento, iba a ser la gasolina de mi venganza.

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Rosa Escalona
me gustan mucho las novelas de reencarnación, mentira, me encanta, pero no cuando viven la vida de otro, me parece injusto para una de las dos vidas, ambas merecen la misma oportunidad de elegir mejor la vida que les toca vivir, es mi opinión,
Graciela Lopez
en un accidente la choco un camionero borracho
Lucy
En simple palabra " EXCELENTE"
Irene Covarrubias
❤️❤️
Lucilenne A. Ribeiro
creo que trocaran Alessandra y Fernanda de bebês, asi doña Carmen crê que criava su hija.
Lucilenne A. Ribeiro
creio que trocaran Alessandra y Fernanda de bebês, asi doña Carmen crê que criava su hija.
Fernanda Perez
preciosa
gracias
Lucy
listo confirmado el viejo las cambio
Lucy
Esto me huele a que el viejo las cambio. de bebé..
Iza Lozano
no puede dejarle el camino libre a la desgraciada de Fernández, debería buscar como conquistarlo
Anabell Machin
Simplemente genial!
Magnolia
la ropa de prisión???
si todavía trae el vestido de novia...
Magnolia
que dante no tiene los ojos color miel???
Esther Grace: si te pones a notar esos detalles que se que fueron mis errores al escribir nunca disfrutarás de la historia 😄😄🥹
total 1 replies
Magnolia
no dice cómo se conocieron...
ni cuánto llevaban juntos...
porqué no han tenido hijos...
su relación como pareja...
cómo fue su accidente...
porqué discutieron aquella vez...
todo, antes del accidente, falta para ponernos en contexto...
Magnolia
me siento insegura, alessandra...
mándame de perdis uno...
digo...
yo también quiero "apreciar " el arte...
yomy, yomy...
Alejandra Revelante
me encantó Autora te felicito sigue escribiendo asi y esperando tu próxima historia
Anabell Machin
no eran verdes? o me equivoco? 😂🤭😂🤭😂🤭
Esther Grace: son pequeños errores que pase por alto con autocorrector 😂😂😂
total 1 replies
Magnolia
el entierro fue a las 9 de la mañana...
y tan rápido es de tarde???
Magnolia
pero está en la misma ciudad donde vivía antes...
lo digo por el entierro...
cómo no sabría cómo llegar?
y el GPS para qué es?
Teresita Ramirez Lecuna
está novela me tiene atrapada
cuánta intriga
pero Ana debería tener algunos recuerdos de su vida anterior como Alessandra
sería más interesante
pero igual lo vamos descubriendo poco a poco 🤭
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