Dante Lam era un fantasma.
Tres explosiones, veintisiete fragmentos de cristal extraídos de su cuerpo y una cirugía de reconstrucción facial después, el agente de élite de Interpol aceptó la misión más peligrosa de su carrera: asumir la identidad de Dean Yang, heredero de la Joyería Yang, e infiltrarse en el corazón del imperio criminal más poderoso del mundo.
El problema fue que Anderson Lorenzo ya lo estaba esperando.
Heredero de la dinastía militar-industrial Lorenzo, magnate de armas con contactos en cada gobierno del planeta, Anderson es un hombre que consigue todo lo que desea. Y desde el momento en que estrechó la mano de "Dean Yang", supo exactamente quién se escondía detrás de esa cara nueva. No dijo nada. No lo delató. En cambio, compró el edificio donde Dante vivía. Instaló cámaras en su departamento. Aprendió su sabor favorito de helado. Y cada noche, mientras Dante dormía inconsciente en un sótano del que no sabía que era prisionero, Anderson besaba su nuca sin que él lo supiera.
Obsesivo. Peligroso. Irresistible.
Pero Dante no es una presa fácil. Francotirador de élite, políglota, entrenado para resistir cualquier forma de tortura, tiene una regla inquebrantable: nunca mezclar la misión con los sentimientos. Y hay alguien más esperando su corazón——Leslie Avis, su compañero de armas en Interpol, el hombre que lo protege en silencio y jamás pide nada a cambio.
Entre un agente de la ley y un señor de las armas no debería existir nada. Pero cuando Dante descubre que Anderson recibió tres balazos por salvarlo y cruzó un puente en llamas cargándolo en su espalda, la línea entre el deber y el deseo se quiebra.
Y luego está Marlin——el joven vulnerable que Dante rescató de un casino, el amigo inocente que siempre sonríe con dulzura. Nadie sospecha lo que Marlin esconde. Ni siquiera Dante. Hasta que es demasiado tarde.
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Capítulo 6
Capítulo 6: La tercera explosión
El uniforme de mesero le quedaba una talla grande. Dante se había ajustado el chaleco con un alfiler en la espalda para que no se le notara la pistolera bajo la camisa, pero cada vez que levantaba una bandeja con la mano derecha — la izquierda todavía no tenía toda su fuerza —, el alfiler se le clavaba entre los omóplatos como un recordatorio de que no estaba hecho para servir canapés.
—Canal tres, LAM —dijo Gwen en el auricular—. Dean Yang acaba de llegar a la sala principal. Traje gris, pelo corto, acompañado de una mujer rubia. Confirma visual.
Dante se abrió paso entre los invitados con una bandeja de copas de champán. La exhibición de Joyería Yang ocupaba los dos pisos superiores del Palacio de Cristal, un edificio art déco en Polanco que alguien había restaurado con más dinero que gusto. Vitrinas de cristal blindado exhibían diamantes del tamaño de uñas, zafiros cortados en formas que no existían en la naturaleza, y en el centro de la sala principal, bajo un foco que le sacaba destellos como a una estrella muerta, la Lágrima del Sol: un diamante amarillo de catorce quilates que costaba más que el presupuesto anual de la oficina de Interpol en Polanco.
Dean Yang estaba junto a la vitrina de la Lágrima del Sol. Un hombre joven — más o menos de la edad de Dante —, con el tipo de elegancia que viene de haber crecido entre cosas caras. Rasgos chinos. Mandíbula angulosa. Ojos inteligentes que recorrían la sala con la calma de alguien que sabe que todo lo que ve lleva su apellido.
La mujer a su lado era otra cosa. Rubia, con un vestido rojo que debía costar lo que Dante ganaba en tres meses, y una forma de moverse que combinaba la gracia de una bailarina con la precisión de alguien que sabe dónde tiene la salida más cercana. Eva Hofsky. Traficante de armas rusa. En la lista de Interpol desde hacía seis años, pero nunca con cargos suficientes para detenerla.
—Confirmo visual —susurró Dante, acercándose con las copas—. Yang y Hofsky junto a la vitrina central.
—La lista de invitados incluye representantes de Lorenzo, Fanshawe y Pazzi —dijo Gwen—. La crema de la industria armamentística cenando diamantes. Mantén los ojos abiertos.
Dante se acercó con la bandeja. Dean Yang tomó una copa sin mirarlo. Eva Hofsky tomó otra y lo miró.
Fue una mirada rápida — dos segundos, tal vez tres — pero con la intensidad de alguien que está acostumbrada a evaluar peligros y placeres con la misma precisión. Sus ojos bajaron del rostro de Dante al chaleco, a las manos, a la bandeja, y volvieron a subir.
—Eres realmente guapo —le dijo, en español con un acento que no era del todo ruso ni del todo europeo—. Un mesero como tú debería estar del otro lado de la bandeja.
Dante inclinó la cabeza con la cortesía vacía de un empleado de catering.
—Gracias, señora. ¿Desean algo más?
—No soy señora. —Eva sonrió—. Soy Eva. Y no, gracias. Ya tengo lo que quiero.
Dean Yang le puso la mano en la cintura a Eva con un gesto que pretendía ser casual pero no lo era. Eva se apartó medio paso, suave, sin confrontación, como alguien que ha rechazado ese mismo gesto tantas veces que ya ni lo registra.
—Eva —dijo Dean—, la subasta del colgante de jade empieza en quince minutos. ¿Te lo compro?
—No me compras nada, querido. —Eva le palmeó la mejilla—. Pero puedes invitarme a otra copa.
Dean Yang sonrió. Una sonrisa que no llegó a los ojos. Dante la reconoció porque él hacía la misma sonrisa cada vez que alguien le preguntaba cómo estaba y la respuesta verdadera era demasiado complicada para decirla en voz alta.
Dante se retiró con la bandeja vacía. En el auricular, Gwen le indicó que cubriera el pasillo sur — las salas de descanso, donde los clientes VIP firmaban contratos lejos de las cámaras de seguridad. Sala uno, vacía. Sala dos, dos hombres hablando en alemán sobre precios de cobalto. Sala tres, un par de abogados revisando documentos.
Sala cuatro.
La puerta estaba cerrada. Dante se detuvo frente a ella con la bandeja bajo el brazo. No había ruido adentro. No había luz por debajo de la puerta. Y sin embargo, algo le erizó la piel de los antebrazos — un instinto que no tenía nombre pero que le había salvado la vida tres veces.
Dos veces en explosiones. La tercera estaba a punto de ocurrir.
—Gwen —dijo Dante en el auricular—, sala cuatro está cerrada y sin actividad. Solicito...
La puerta se abrió. Dean Yang salió de la sala con el teléfono en la mano y una expresión de irritación.
—¿La copa? —le dijo a Dante, señalando la bandeja vacía—. ¿No tienes más champán?
—Enseguida, señor.
Dean entró de nuevo a la sala. Dante giró hacia el pasillo para buscar otra bandeja. Dio tres pasos.
El sonido llegó antes que la onda expansiva. No era el tic-tic-tic del temporizador de la mansión ni la detonación súbita del Hotel W. Era un rugido sordo, subterráneo, como si la tierra misma estuviera tosiendo. El piso tembló. Las luces parpadearon. Y luego la puerta de la sala cuatro dejó de existir.
La explosión lo alcanzó por la espalda.
El calor fue lo primero. No fuego — calor. Una pared de aire hirviendo que le golpeó la espalda, los hombros, la nuca, y le arrancó la bandeja de las manos como si fuera de papel. Dante cayó hacia adelante. Su cara golpeó el mármol del pasillo. Los oídos se le cerraron en un pitido agudo que borró todos los demás sonidos — los gritos, las alarmas, el crujido de los paneles del techo desplomándose.
Rodó sobre sí mismo por instinto. Error. La espalda ardía. La tela del chaleco y la camisa se habían fundido con la piel en zonas que no podía ver ni quería imaginar. El dolor era diferente al de las otras veces — no era el impacto seco de los fragmentos ni el crujido limpio de un hueso roto. Era un dolor líquido, vivo, que se extendía por la espalda y el costado izquierdo del pecho como si alguien le estuviera vertiendo ácido sobre la piel.
Intentó levantarse. La pierna izquierda — la que acababa de sanar, la que el cirujano le había dicho que no forzara durante tres meses más — cedió bajo su peso. Cayó de rodillas. El pasillo estaba lleno de humo negro y polvo blanco. La puerta de la sala cuatro era un hueco ardiente. Adentro, algo se movía — o alguien. Dean Yang.
Dante se arrastró. Cada metro era una negociación con un cuerpo que ya había agotado su crédito de dolor. Llegó al umbral de la sala. El interior era irreconocible: las paredes reventadas, los muebles convertidos en astillas incandescentes. Dean Yang estaba en el suelo, boca arriba, con la ropa fundida al torso y la cara cubierta de quemaduras tan profundas que los rasgos se habían borrado. Todavía respiraba. Apenas.
—Hombre caído en sala cuatro —jadeó Dante en el auricular, sin saber si el dispositivo seguía funcionando—. Repito, hombre caído. Necesito paramédicos. Ahora.
La respuesta fue estática. El auricular estaba muerto, derretido contra su oreja.
Gwen lo encontró cuarenta y siete segundos después. Para entonces, Dante había arrastrado a Dean Yang dos metros fuera de la sala y se había desplomado contra la pared del pasillo, con la espalda dejando una marca húmeda en el yeso. La marca era roja y marrón. No era sudor.
—LAM. LAM, mírame. —Las manos de Gwen le sujetaron la cara—. No cierres los ojos.
Dante la miraba pero ya no la veía con claridad. La adrenalina se estaba retirando y el dolor avanzaba como una marea. Su campo visual se encogía por los bordes, como una fotografía quemándose desde las esquinas.
—Es la tercera vez —dijo Dante. Su voz sonaba lejana, como si viniera del fondo de un pozo—. La tercera explosión en seis meses. ¿Puedes creerlo, jefa?
—Cállate y respira.
—Tengo una suerte increíble.
—He dicho que te calles.
Dante cerró los ojos. El último pensamiento coherente fue para Anderson Lorenzo. No sabía por qué. Tal vez porque Anderson era la única constante entre las tres explosiones — la primera fue suya, la segunda mató a su socio, y la tercera... la tercera todavía no sabía de quién era.
Luego no pensó nada.
* * *
La noticia llegó a Anderson Lorenzo a las 9:47 de la noche, mientras Richard le servía una copa de vino tinto en su estudio. El teléfono vibró sobre el escritorio de roble. Un mensaje de su contacto en la policía de CDMX: explosión en la exhibición de Joyería Yang, víctimas múltiples, un agente de Interpol entre los heridos críticos.
Anderson leyó el mensaje dos veces. Dejó la copa sobre el escritorio sin haber bebido.
—¿Señor? —dijo Richard.
—El agente herido. Averigua quién es.
Richard salió. Volvió en siete minutos.
—Agente LAM, señor. Quemaduras en más del cincuenta por ciento del cuerpo. Pronóstico reservado.
Anderson no se movió. Sus ojos se quedaron fijos en un punto del escritorio — el punto exacto donde, siete semanas antes, había visto a Dante Lam pasarse una toalla húmeda por el cuello en la pantalla de vigilancia. El archivo de video seguía guardado. No lo había borrado.
Richard esperó junto a la puerta. Conocía cada variación del silencio de Anderson Lorenzo, y este era uno que no había escuchado antes. No era el silencio de la furia, ni el del cálculo, ni el de la indiferencia estratégica. Era un silencio que parecía tener peso, como si el aire de la habitación se hubiera vuelto más denso.
—La subasta benéfica del Palacio de Cristal continúa mañana —dijo Anderson, con voz que no traicionaba nada—. El colgante de jade que vi la semana pasada. Cómpralo. Al precio que sea.
—Sí, señor.
—Y el edificio de departamentos en Iztapalapa donde vivía LAM. Quiero que Corporación Lorenzo lo adquiera antes del viernes.
Richard asintió y salió.
Anderson se quedó solo. Abrió el archivo de video en la computadora. La imagen era granulada pero nítida: Dante Lam en el baño de su departamento, afeitándose con la mano derecha, los ojos fijos en el espejo, la mandíbula tensa, los vendajes del hombro asomando por debajo de la camiseta. La imagen estaba congelada en el momento exacto en que Dante miraba directamente a la cámara — directamente a Anderson — sin saberlo.
Anderson se presionó la frente con la palma de la mano. Cerró los ojos. Y se rio.
No era una risa de alegría ni de alivio. Era la risa de un hombre que acaba de descubrir que algo que creía controlable se le ha escapado de las manos, y que no sabe si lo que siente es pérdida o la primera etapa de algo mucho peor.
Cuando dejó de reír, la pantalla seguía encendida. Dante seguía mirándolo desde la imagen congelada, con esos ojos que no sabían que estaban siendo observados.
Anderson no apagó la pantalla en toda la noche.