Pólux es un dios inmortal del Olimpo. Cástor, su hermano gemelo, es mortal y vive entre humanos. Desde que fueron separados, solo tienen un pacto: una vez al mes deben encontrarse bajo el árbol que ambos consideran sagrado.
Pero un día, Cástor no aparece.
Pólux siente que el vínculo que los une está herido y desciende a la Tierra. Lo encuentra inconsciente en un hospital, víctima de años de humillaciones, abusos y una conspiración que casi le cuesta la vida.
Entonces toma su lugar en la academia humana.
Nadie sospecha que el estudiante que regresó no es Cástor.
Es Pólux.
Y mientras descubre quién destruyó a su hermano, los culpables aprenderán demasiado tarde que meterse con un mortal es una cosa…
metérsete con el hermano de un dios es otra.
Porque Cástor podía perdonarlos.
Pólux no.
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QUIEN TOCA A MI HERMANO, ME TOCA A MÍ
Marcela lo miró fijamente, con los ojos muy abiertos, buscando en su rostro la verdad que sentía en el pecho, y habló con voz firme aunque un temblor recorría sus palabras:
—Tú eres Pólux. No sé mucho de literatura, ni de dioses griegos, egipcios, ni nada de eso… no entiendo de mitos ni de leyendas. Pero lo siento. Lo siento aquí adentro —se llevó la mano al pecho—. Siento que eres mucho más poderoso de lo que demuestras. Que hay algo en ti que apenas estás empezando a contener. —Tragó saliva, con miedo pero sin apartar la mirada—. Entonces… ¿piensas vengarte de los que le hicieron daño a Cástor? ¿Los matarás?
Pólux la observó en silencio un largo instante, como sopesando si responderle con la verdad completa, y entonces empezó a sonreír, despacio, una sonrisa oscura y profunda que se formó lentamente en sus labios y se transformó en una risa baja, grave, que hizo vibrar el aire alrededor de la mesa, una risa que no tenía nada de alegre, solo de vieja y de terrible.
—¿Matarlos? —repitió, y su voz tenía un peso que helaba la sangre en las venas—. No. Matarlos sería demasiado bondadoso. Sería terminar su sufrimiento cuando apenas debería empezar. No los mataré. Pero haré que deseen estar muertos cada día de su maldita y miserable vida. Cada mañana al despertar, cada noche al acostarse, cada segundo que respiren, desearán no haber nacido.
Marcela tembló al escucharlo. Este muchacho no hablaba por hablar. Lo decía en serio. Cada palabra era una promesa grabada en hierro y fuego, una sentencia que no tenía vuelta atrás.
—Se atrevieron a tocar a mi hermano —continuó él, y su voz se endureció por completo, cargada de una furia antigua que venía de siglos atrás, de antes de que el mundo fuera como lo conocemos—. Mi hermano, que no les hizo nada. Que nunca levantó la voz, que nunca pidió nada, que soportó todo en silencio. Lo único en lo que él se equivocó fue en haber tolerado que estas moscas, estos seres insignificantes, le faltaran el respeto. Pero eso se terminó. Yo, Pólux, dios de la destrucción y el caos, te lo juro por el Estigio: mi hermano y yo somos uno. Quien toca a mi hermano me está tocando a mí. Y no puedo permitir que esto quede así. No mientras tenga aliento.
Hizo una pausa, y la mirada se le suavizó apenas, con un rastro de dolor que atravesó su dureza.
—Pero… Cástor no hubiera querido esto —susurró ella, con voz temblorosa pero sincera, aferrándose a esa verdad—. Cástor era bueno. Era noble. Siempre decía que el odio solo destruye a quien lo siente. Él no quería dañar a nadie.
—Sí, no lo dudo —respondió Pólux, y su tono se volvió frío y cortante como el hielo—. Pero mira dónde terminó. En una cama de hospital, rodeado de un montón de aparatos que son los únicos que alargan su vida. —Se inclinó hacia adelante, y sus ojos brillaron con una luz dorada y terrible que iluminó la habitación en la penumbra—. Tan mal está esto, Marcela. Si no fuera porque soy un dios y mi sangre es divina, y le di a probar un poco de ella para mantener su corazón latiendo… hoy estaríamos velando a mi hermano. No estaríamos hablando. No estaríamos aquí. Él ya se habría ido.
Marcela se quedó sin aliento, helada, comprendiendo por primera vez la magnitud de lo que había estado a punto de perder.
—Este odio no lo podré calmar hasta que no vea a los que le hicieron daño —continuó él, con voz imparable, inevitable—. Uno a uno. Llorar lágrimas de sangre. Cada uno recibirá exactamente lo que merece. Ni más ni menos. Como se merecen.
—¿De verdad, Pólux? —susurró ella, asustada pero sin apartar la mirada—. ¿Entonces hacen honor a su nombre, al dios que eres? ¿Y… con quién empezarás? ¿Con sus padres? ¿Con Damián?
Pólux volvió a reír, una risa baja, segura, sin rastro de duda, una risa que ya tenía el futuro escrito.
—No te preocupes —dijo, recostándose con calma, como si todo ya estuviera decidido y en marcha—. Todo ya está arreglado. Nada es casualidad. Todo está en su lugar.