Claudia (26 años) es la implacable CEO de Índigo Gastronómica, un imperio culinario de más de cien restaurantes. Para ella, el amor es una pésima inversión con retorno negativo; prefiere los negocios limpios y los encuentros carnales sin ataduras. Héctor (30 años) es el arrogante y codiciado líder de una constructora multimillonaria, un mujeriego empedernido convencido de que jamás sentará cabeza.
Ninguno imaginó que una fría traición familiar los encerraría en un crucero de lujo por las Bahamas. Tras una noche de alcohol, juego y choques de ego, despiertan con una resaca monumental y una farsa legal: están casados ante la ley internacional por un plan maquiavélico de sus padres.
Incomunicados en alta mar, firman una tregua para salvar sus acciones. Pero de regreso a la ciudad, la convivencia forzada en el ático, un rival desquiciado buscando venganza y un inesperado embarazo de esa noche salvaje destruirán todas sus reglas. ¿Podrá el orgullo resistir al deseo?
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CAPITULO 1. EL PRECIO DE UN IMPERIO
Dicen que el éxito tiene un sabor amargo cuando se saborea en soledad. Qué pedazo de estupidez. Quien haya escrito esa frase probablemente nunca ha visto su cuenta bancaria desbordarse con los beneficios netos de más de cien restaurantes repartidos por todo el país. El éxito sabe a un corte de carne wagyu perfectamente sellado, acompañado de un vino de reserva que cuesta más que el alquiler mensual de un mortal promedio. Lo sé porque ese es mi día a día. Me llamo Claudia, tengo veintiséis años, y soy la maldita reina de un imperio culinario que yo misma construí desde los cimientos.
Si le preguntas a las revistas de finanzas, te dirán que soy un prodigio de la Administración y Dirección de Empresas, una mente brillante nacida en cuna de oro que supo multiplicar el patrimonio familiar. Si me preguntas a mí, te diré que soy el resultado de demasiadas noches sin dormir, ojeras cubiertas con corrector de alta gama y un par de zapatos planos escondidos debajo de la barra de un restaurante universitario de mala muerte.
Porque no, las cosas no me cayeron del cielo. Bueno, técnicamente mi padre tiene dinero, mucho dinero, pero es de los que creen que el carácter se forja a base de golpes y sudor. Cuando entré a la universidad a estudiar ADE, me recortó la asignación a la mitad. "Para que aprendas el valor de un billete, Claudia", me dijo con su típica voz de patriarca que se cree un filósofo griego. Así que ahí estaba yo, una chica de diecinueve años con ropa de marca y las manos llenas de ampollas, trabajando a media jornada como camarera en un local del centro.
Al principio odiaba el olor a grasa, a clientes maleducados que te chasquean los dedos como si fueras un perro y a propinas miserables. Pero luego, algo cambió. Empecé a mirar el restaurante no como una tortura, sino como un engranaje. Analizaba el flujo de la cocina, el margen de ganancia de cada plato, el porqué un cliente elegía la mesa de la ventana y no la del pasillo. Me enamoré de la hostelería. Me obsesioné con la idea de que la comida no es solo alimento, es una experiencia por la que la gente está dispuesta a pagar una fortuna si sabes cómo vendérsela.
El día que me gradué, mientras mis compañeros celebraban emborrachándose con cerveza barata, yo estaba firmando el papeleo para abrir mi primer local: Indigo. El concepto era arriesgado, pero estudiado al milímetro. Quería alta cocina, pero sin la rigidez de los manteles largos; quería un ambiente donde los jóvenes ejecutivos quisieran ser vistos. Fue un éxito rotundo. Las mesas se reservaban con tres meses de anticipación. El dinero fluyó tan rápido que me asusté, pero en lugar de guardarlo bajo el colchón, lo aposté todo. Compré el local de al lado. Luego otro en la ciudad vecina. Hoy, siete años después, Indigo Gastronómica es una franquicia con ciento doce sucursales. Si quieres comer bien en este país, terminas en uno de mis establecimientos.
Sin embargo, el universo exige un equilibrio. Soy una máquina implacable en los negocios, capaz de hundir a un proveedor tramposo con una sola mirada, pero en el amor... digamos que mi currículum es un cementerio de desastres. Al principio lo intenté. Tuve el novio universitario que se sintió acomplejado cuando mi restaurante empezó a facturar más que toda su familia junta. Tuve el empresario maduro que intentó "explicarme" cómo manejar mis finanzas mientras se acostaba con su secretaria. Y tuve al artista bohemio que resultó ser un parásito adicto a mi tarjeta de crédito.
Después del tercer fiasco, me senté en mi oficina, miré el horizonte de la ciudad a través del ventanal y tomé una decisión ejecutiva: el amor es una pésima inversión. Tiene un retorno de inversión negativo, consume tiempo y drena la energía productiva. Así que lo taché de mi lista de prioridades. Ahora solo disfruto de la parte carnal. Si tengo una noche estresante, voy a un club exclusivo, elijo a un hombre lo suficientemente guapo y lo suficientemente inteligente como para entender que al amanecer no habrá desayuno en la cama, y listo. Sin dramas, sin mensajes de "buenos días", sin expectativas. Mi cuerpo obtiene lo que necesita y mi mente sigue enfocada en lo único que nunca me va a traicionar: mi empresa.
O eso pensaba hasta esta mañana.
—Señorita Claudia, los directores de la zona norte ya están en la sala de juntas. Solo esperan por usted —la voz de mi asistente, una chica eficiente llamada Marta, me saca de mis pensamientos a través del intercomunicador de mi escritorio de roble.
—Voy en dos minutos, Marta. Asegúrate de que tengan los informes financieros del último trimestre sobre la mesa. No quiero excusas sobre los retrasos en la distribución de carne —respondo, cerrando la laptop de un golpe.
Me pongo de pie, aliso las arrugas de mi traje de sastre color verde esmeralda y me miro en el espejo de pared completa de mi oficina. Cabello perfectamente recogido, labial rojo que grita autoridad y unos tacones de aguja de doce centímetros que uso como armas de guerra. Hoy no es una junta cualquiera. Voy a anunciar la expansión internacional de Indigo.
Camino por el pasillo del piso ejecutivo, escuchando el eco firme de mis pasos. Cuando entro a la sala, los doce hombres y tres mujeres que dirigen mis zonas se quedan en silencio de inmediato. Me siento en la cabecera. No sonrío. En este mundo de hombres, si sonríes demasiado, piensan que eres débil.
—Buenos días —digo, apoyando los codos en la mesa—. Vamos a ir al grano. El informe del norte muestra una caída del dos por ciento en el margen de beneficio en las sedes de la costa. Quiero saber quién se ha equivocado con los cálculos de la temporada de verano antes de que decida cambiar al director de área.
Un sudor frío parece recorrer el cuello de los presentes. Me fascina este poder. Controlar cada detalle, saber que mi palabra es la ley. La junta dura dos horas intensas donde desmonto cada argumento flojo y exijo la perfección que mis clientes merecen. Al terminar, me siento exhausta pero satisfecha. El deber está cumplido.
Justo cuando voy a regresar a mi despacho para planificar mi noche de soltería, mi teléfono personal vibra en mi bolsillo. Es un mensaje de mi padre.
“Claudia, hija. Tu madre y yo queremos celebrar tu éxito. Te hemos preparado una sorpresa. Un descanso merecido. Nos vemos esta noche en la cena familiar, no acepto un no por respuesta.”
Sonrío levemente, guardando el teléfono. Mi padre puede ser un viejo testarudo, pero sé que en el fondo está orgulloso de mí. Lo que menos me imagino, mientras camino de regreso a mi oficina saboreando el triunfo de la junta, es que ese mensaje es el primer hilo de la red que está a punto de asfixiarme. No tengo idea de que mi libertad tiene los días contados y que un billete de crucero está esperando para cambiar mi vida para siempre.